7 de julio de 2014

Capítulo 19

“Without pain, we couldn’t know joy”.
--John Green, The Fault in our stars.
Trey
Siempre me ha llamado la atención la frase “el tiempo pasa volando cuando te diviertes”. No tengo la mínima idea de por qué, pero creo que es debido a que en mi vida, la he aplicado en momentos pequeños. Ya sabes, como cuando estás pasándola bien con tus amigos y te das cuenta de que ya son las 9:00 de la noche. O como aquella vez en la que hice a mi tía Rita hacer ejercicio, llevándome su maleta por toda la casa como carrito…
Bueno, no es de extrañar que ahora no quiera volver tan seguido para vacaciones.
Mi punto es que nosotros como personas, nos encargamos de disfrutar pequeños y deliciosos instantes en la vida que luego mencionamos como favoritos o geniales, sin embargo, no nos concentramos en las etapas o en épocas en general. No es que esté criticando esto, sería un hipócrita porque yo tampoco lo hacía…
Hasta ahora.
Han pasado —y sé que si esto fuese una historia, alguien se caería de su silla al leer lo siguiente—, 3 meses desde que Elizabeth me contó la verdad sobre su padre y ella. Después de eso, pasamos por todo un proceso de recuperación para sus heridas, tanto físicas como emocionales y aún cuando las segundas no sanan del todo, vamos por un buen camino.
Los primeros días fueron algo difíciles, más para ella que para mí si debo admitir, porque se sentía intimidada por las miradas que recibía en el colegio. No creo que siquiera deba mencionar los muchos rumores que se esparcieron, los cuales llegaron inmediatamente a nuestros oídos. Según la gente, la protección que le proporciono a Elizabeth entre los pasillos es  una actuación para cubrir sus altos problemas mentales y, tal vez, los míos propios. Además, por si fuera poco, Liz tuvo que acostumbrarse a recibirme todas las mañanas en el porche de su casa, preparado para llevarla conmigo. Al principio protestaba, diciéndome que no era necesario, que su padre estaba bien, que no le haría nada, sin embargo no le hice caso. No me confiaba. Aún no lo hago. Creo que mi terquedad la frustraba, pero a la vez le gustaba. Lo vi en sus ojos.
Conforme pasó la primera semana —la peor de todas—, las cosas fueron acomodándose en su lugar. Como todas las situaciones en la vida, la gente fue apoderándose de los chismes como abejas necesitadas por miel, pero más tarde lo fueron olvidando. No puedo decir que no me siento observado mientras camino con Elizabeth en el colegio, aunque sí tengo la posibilidad de afirmar que con tan solo una ojeada detrás de mi espalda, tienen el respeto de tratar de verse normales, como si no hablaran de nosotros.
Antes no hacían eso, es un avance.
Liz y yo tratamos de seguir como si no pasase nada extraordinario. Después de clases, la he ayudado con filosofía y ella a mí en matemática. Me siento orgulloso al decir que ha mejorado en su escritura. El profesor la felicitó por su última tarea y hasta le dio un sólido A. Estaba saltando cuando me lo contó y aunque quise acompañarla en sus acciones, no lo hice, porque puede que me viese un poco afeminado brincando y no es la apariencia que busco dar.
Los lunes vamos a tenis y hemos estado trabajando duro para los próximos torneos nacionales. Ambos entramos en la categoría junior, donde solo van los jugadores menores o iguales a 18. Logramos encajar por poco, ya que la próxima categoría es la de “Absolutos” y ellos tienen 19, por lo que obviamente no clasificaríamos. Yo voy por individual masculino y ella por el femenino. Iríamos por dobles mixtos, pero nuestro profesor nos recomendó que por esta vez no lo hiciéramos, ya que nunca hemos jugado en dobles para algo tan grande y, sinceramente, tiene razón.
La mayoría de los días aproveché mi tiempo a solas con Liz para llevarla a comer o simplemente salir a caminar. Dejábamos el carro parqueado en algún lugar seguro y continuábamos a pie, sin la necesidad de una máquina para transportarnos, disfrutando de los grandiosos días que la primavera nos estaba trayendo. Había pasado más o menos una semana y media cuando decidí que tenía que sorprenderla con una cita especial, por lo que el viernes después de clases la llevé a las afueras del pueblo con la excusa de que necesitaba buscar “algo” —lo sé, soy muy ocurrente cuando nos referimos a conversar—. Sé que su mente comenzó a trabajar a mil por hora, algunas veces observando asustada por la ventana, ya que sabía que estábamos lejos de la civilización. Sus ojos iban de un lado a otro, casi temblando en inseguridad.
Suspiré, tomando su mano sobre la marcha y haciendo que su atención estuviese solo dirigida hacia mí.
—Ángel, necesitas dejar de preocuparte porque te vaya a llevar algún terreno baldío y matarte, en serio —acaricié sus nudillos, tratando de mirarla y a la carretera a la vez—. Jamás te haría daño.
Sus labios se curvaron hacia arriba mientras me analizaba de forma suave. Creo que algo en mi interior se derritió ese día cuando me miró de esa manera, como si finalmente pudiese ver mi alma y la sinceridad en mis palabras. El iris miel en el que he caído tantas veces parecía transformarse en algo luminoso cuando me veía y, solo después supe que lo que vi fue esperanza creciendo en su cuerpo.
—No estaba pensando en que me harías daño —susurró, una sonrisa completa arrastrándose por su boca—, estaba preocupándome por papá y qué tan lejos estamos de él. Ha pasado mucho tiempo como para que desconfíe de ti, Trey. Me siento segura cuando estoy contigo, más segura de lo que alguna vez he estado.
Sentí la alegría bullir en mí cuando escuché sus palabras y solo acaté besar sus nudillos con avidez. Mi sorpresa fue mayor cuando un beso cayó en mi mejilla rápidamente y observé que Lizzie se sonrojaba, apartando la mirada.
Me reí y apreté sus dedos, no porque estuviese divertido por su forma penosa de ser, sino por el hecho de que ella me ha estado demostrando pequeños cambios en todo este transcurso. Su rostro sigue poniéndose rojo con cada acto de afectuosidad, pero lo hace más segura y seguido. Si entramos a un restaurante no se joroba, sino que se mantiene firme y, las pocas veces que he visto a su padre en su casa, ha logado hablarle con más firmeza de lo que alguna vez imaginé oír en su voz. Aún en su borrachera, él lo notó y con disgusto se apartó, notando también el hecho de que un muchacho estaba al lado de su hija.
Aquella ocasión casi golpeo al Señor Sprout —indebido de mi parte, lo sé—, y sentí que si lo hubiese hecho no me habría arrepentido nunca. Este ataque de ira se dio porque el primer jueves que fui a dejar a Elizabeth, entré a su casa como se nos había habituado, pues yo estaba más tranquilo sabiendo que no pasaría sola —o mal acompañada—, durante al menos unas horas. Mi shock fue momentáneo al ver a su papá sentado en el sillón de la sala, con una cerveza en mano y su mirada perdida. Barba de días se acentuaba en su mandíbula y el cabello negro se iluminaba con pequeñas y pocas canas, pero supe que tenía que escapar de ahí cuando sus ojos se posaron en su hija y lo único que aprecié fue ira y desprecio. Algo gigantesco que nunca pensé ver en alguien quien se hace llamar “padre”.
—Mira lo que tenemos aquí —dijo, sus palabras se arrastraban como una serpiente entre arbustos. Sigilosas, pero torpes—, la pequeña idiota consiguió quién la mantenga.
Mi puño se apretó inmediatamente, mis venas corriendo con sangre caliente. ¿En serio acababa de hablarle así?
—Papá —susurró Elizabeth suavemente—, por favor, compórtate.
Una carcajada retumbó en la sala, grave y amarga.
—¿Para qué comportarme si el chico no me interesa en lo más mínimo? —su mirada penetrante se concentró en mí, casi muerta—. No es como que me importe  quién te fol…
—Señor Sprout —corté, avanzando inevitablemente hacia él, impulsado por la furia. Traté de respirar hondamente antes de actuar sin pensar—, creo que no nos han presentado. Mi nombre es Trey Petryfork. Es un gusto conocerlo.
Las palabras me supieron ácidas y asquerosas. ¿Era un gusto? No, más bien algo así como una desgracia. Y mientras mi mano flotaba en el aire extendida, esperando por su reconocimiento, supe que jamás tendría respeto por este hombre, ni ahora ni nunca.
—Dime, Trey, ¿no te has cansado aún? —su cabeza se giró hacia Liz con desprecio e ignoró mi gesto—. No hace más que desobedecer y molestar. Otra boca qué mantener.
—Según lo que me han dicho, el único estómago que usted se encarga de alimentar es el suyo, señor.
Su mandíbula se apretó y tomó un sorbo de cerveza. Eructó.
—¿Y quién te dijo eso? ¿Ella? —sus labios se alzaron en una sonrisa—. Es una mentirosa. Deberías dejarla ir, hijo. Es una carga con la que tendrás que vivir toda tu vida. No sabe hacer absolutamente nada y es tonta.
—No, señor. Acaba de definirse a usted mismo, no a su hija. Creo que debería darle gracias a Dios porque haya salido igual a su madre.
El padre de Liz se levantó del sillón, su rostro prácticamente encima del mío. No me moví ni un poco.
—No hables así de mi esposa —su aliento olía a alcohol y suciedad. Era repugnante—, jamás.
Mi mano voló a su camiseta, tomándolo por el cuello.
—No hablé así de mi novia —amenacé mientras apretaba lentamente su camisa—, jamás.
—¡Ya basta! —gritó Liz, alcanzándome con sus dedos suaves. Inmediatamente solté a su papá—. Estoy harta de oírlos hablar así. Cálmense ambos.
Me sorprendí al escuchar el dolor en su voz y ver las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Sollozos se escapaban de su boca. Me arrepentí de haberle dado todo un acto en lugar de consolarla y hacerla irse conmigo.
—Ángel, lo siento tanto —limpié su rostro con mis nudillos, queriendo besarla ahí mismo—. No pensé correctamente.
Meneó su cabeza, tranquilizándome. Pronto unos aplausos se oyeron en la habitación.
—Qué tiernos —dijo el señor Sprout, tan borracho como nunca había visto a alguien. Estrelló una botella contra nuestros pies, haciéndola reventar—. ¡Tanto que me dan asco! Váyanse.
Y antes de que pudiese voltearme y darle su merecido, sentí a Liz jalarme hacia la puerta. El viento nos azotó con fuerza, los árboles asimilando mi estado de ánimo y en cuestión de segundos me encontré en la parte trasera de su casa, decorada solo por un zacate bien cortado y una manta colocada metódicamente. Casi al instante ella cayó sobre la cobija, agarrando su cara mientras sus hombros se sacudían con desdicha. Eso hizo que pudiese calmarme y tragar la amargura que me sobreponía de volver a darle su merecido a aquel hombre, sentándome a su lado con delicadeza.
—Lo siento —volví a decir, arrepentido de oír sus sollozos con tanta avidez—, sé que te hice sentir mal. No pude controlarme. Lo lamento, Ángel.
Al no recibir una respuesta, coloqué mis brazos a su alrededor y la atraje hacia mí. Se enganchó a mi pecho como si necesitase un ancla que la mantuviese en el planeta Tierra, un soporte que no lograba hallar y aún cuando me moría por disculparme una y otra vez, callé, porque sentí que lo único que necesitaba era ser protegida y sentirse amada. No quería hablar o deseaba regañarme, simplemente quería hundirse en un lago donde las palabras que acababa de escuchar de su propio padre no la atormentaran más de lo que ya lograban hacerlo. Anhelaba estabilidad. Buscaba aferrarse.
Dos horas más tarde, Elizabeth empezó a dormirse sobre mí, su garganta prácticamente rasposa de tanto llorar. Cuando comprobé que su respiración era lenta y coordinada y sus latidos estaban más calmados, la envolví con mis brazos y la alcé, esperando no despertarla. Me debatí interiormente en si dejarla en el carro y llevarla conmigo o hacer que se quedase con el monstruo de su padre, pero supe que no estaría feliz de enterarse que no le di la oportunidad de decidir. Finalmente me adentré en su casa sin siquiera tocar —la puerta estaba abierta, tampoco soy un vándalo que sabe abrir cerraduras—, y subí hasta encontrar su cuarto, el cual solo consistía de una cama y pocos muebles. La deposité en el colchón con ternura, procurando que siguiera durmiendo y la cobijé suavemente. Gracias a Dios el señor Sprout había caído en un sueño profundo, por lo que no estaba muy preocupado porque dudé que fuera a abrir los ojos hasta la mañana siguiente, donde estaría más sobrio.
Le di un beso en la frente a mi Ángel antes de irme y apagué la luz, pero justo cuando iba a cerrar la puerta oí su voz, fuerte y clara.
—Te quiero, Trey —susurró Liz somnolientamente—. Te quiero.
Recuerdo ese día por muchas razones, tanto buenas como malas, pero la más importante fue la sensación que dos simples palabras lograron hacer en mí. La felicidad que me brindaron en un solo golpe y el brillo que, estoy seguro, comenzó a vivir en mis ojos.
Volviendo a la cita —lo siento, me desvié un poco allí—, conduje por al menos otra hora para llegar al punto donde deseaba arribar. En el transcurso de esta, Liz y yo jugamos a “veo veo”, reímos como idiotas y casi chocamos con un ciervo que se nos atravesó en el maldito camino. No lo negaré: grité como niña, pero eso es un secreto que pocos conocemos.
Cuando finalmente parqueé el carro en un terreno lleno de zacate oí a Elizabeth respirar fuertemente. Sus ojos se abrieron de maneras inimaginables al observar la vista que tenía al frente, la ciudad desplegándose solo para ella y el sol empezando a ocultarse. En menos de dos segundos ya estaba fuera, acercándose un poco demasiado al límite que hay entre un barranco y la belleza que se nos presentaba y aunque me tensé y corrí tras ella para evitar cualquier accidente, sentí una sonrisa orgullosa esparcirse por mi cara, porque en serio esperaba esa reacción por su parte.
—¡Trey! —gritó, alegría desplegándose de su voz—. ¡Esto es hermoso! ¡Dios!
¿Olvidé decir que también le contagié algunas de mis expresiones, como decir “Dios” a cada rato sin querer?
—Sí, lo es —dije, no mirando realmente a la vista sino a ella. La rodeé con mis brazos por su cintura, apoyando mi cabeza en el hueco que hay entre su cuello y hombro. Respiré hondamente su olor, la observé y supe en ese momento que eso debía ser a lo que llamaban paz. Alegría. Perfección.
—¿Crees que pueda ver mi casa desde aquí? —susurró casi como una niña pequeña. Me reí.
—A menos de que tengas vista biónica, lo dudo.
Se movió un poco, aligerándose.
—La tengo —se volteó para sacarme la lengua—. Te compadezco por no poseer mis poderes.
Reí más fuerte, divertido por sus comentarios. Con el tiempo, Liz me había ido mostrando estos pequeños pedazos de su personalidad, como el hecho de que detrás de su timidez hay una gran fase de perspicacia y amor por superhéroes. O más bien, sus súper poderes. El día en que vimos Superman casi muere, lo juro. ¿Y ya mencioné que es zurda y sabe tooodo sobre ellos?
O que si algo le gusta mucho, se obsesiona con ese tema como por décadas. Ajá, lo hace.
—Al menos yo tengo uno de los mejores —dije, pinchando un poco su cadera.
Sonrió, mirándome ligeramente.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es?
Me encogí de hombros, apretando mi agarre sobre su cuerpo.
—La súper fuerza.
Un grito y un levantamiento más tarde, Elizabeth se encontró volando por los aires hasta ser dominada sobre mi hombro, haciendo que quedara de cabeza. Pataleó y sollozó divertida para que la bajara, pero en ningún momento lo hice mas que para preparar el picnic que había planeado.
Para el momento en que ambos nos calmamos y nuestros estómagos dolían de tanta diversión, ya estábamos comiendo sobre el mantel había traído. El día anterior mi madre y Rachel me habían ayudado a realizar todo lo que era esencial para traer a un picnic, como sandwichs, puré de papa, refrescos, frutas, etcétera, etcétera, etcétera y blah blah blah. La cosa era que en serio fueron de gran ayuda.
Caímos en un silencio cómodo, donde el único sonido era la forma en que comíamos y los animales que andaban por allí. Liz parecía no poder despegar su mirada de la bella vista que le ofrecía la montaña y yo también, solo que no observaba lo mismo que ella.
—¿Habías ido a picnics antes? —me preguntó, su mirada aún perdida en el horizonte.
—Sí, bastantes creo —reí y me comí una fresa en el proceso—. Rach siempre fue partidaria de ir a algún lugar natural bonito y comer. Le encanta la naturaleza.
Asintió, desviando su atención para concentrarse en mí. Sonrío.
—Eso es lindo. Ella lo es.
Correspondí su sonrisa.
—Es una mocosa, pero el sentimiento hacia ti es mutuo —sus mejillas tomaron un color sonrosado, del tipo placentero—. ¿Tú has ido a picnics?
Mi error allí fue asumir que ella respondería con un “no, nunca”. Por ratos, se me olvida que no siempre fueron solo Elizabeth y su papá, sino que por un tiempo, su madre estuvo presente en su vida. A veces lo omito, porque el presente es algunas veces mucho más fácil de digerir que el pasado.
La curvatura de sus labios decayó.
—Fui solamente una vez —confesó y apoyó su rostro en sus rodillas, apretándolas contra ella—, tengo un sabor agridulce de ese recuerdo.
Me enderecé. Alcé una ceja con curiosidad.
—Explíquese, señorita Sprout.
Una risilla se le escapó, aunque no del todo sincera.
—¿Cómo es que en todas las citas que tenemos me haces hablar de algo serio?
Me encogí de hombros, inocente.
—¿Cómo es que en todas las citas que tenemos haces que sonría?
Rodó sus ojos, divertida.
—Adulador.
—No ignores mi pregunta —digo, atrapándola en el acto—. Háblame.
Su postura se tensa, acercándose un poco hacia mí, como si temiese que me fuera a escapar. Coloco mi mano en su otro hombro, reconfortándola con el roce de mi dedo pulgar sobre la tela de su ropa.
—Cuando tenía 5 años, fui con mis papás a un picnic —confiesa, sus ojos miel perdidos en el horizonte de nuevo—. Mamá preparó comida como la que tú trajiste y papá hizo todo un acto de invitación para anunciarme dónde iríamos. Conducimos por horas hasta llegar a un lugar específico en el cual había aparcar el carro y luego subir por la montaña hasta donde quisiésemos realizar el picnic. Aunque fue cansado, valió la pena, porque era precioso. El sol brillaba fuertemente y un montón de flores silvestres nos rodeaban.
Una sonrisa nostálgica se instala en su boca.
—Mamá me persiguió por el terreno y caímos rodando hasta encontrar el pequeño cuadro para instalarnos y comer. Papá puso todo y jugó con nosotras miles de estupideces, como charadas y eso —mi mirada incrédula debió haber sido muy notoria—. Sí, lo sé, parece imposible, pero mi padre fue un ser humano decente una vez. En fin, ese día me dijeron que salimos por una razón en específica y era porque me iban a dar un regalo y una noticia. El presente me lo iban a revelar cuando llegásemos al carro y el acontecimiento después de lo que me iban a regalar. Estaba tan emocionada que prácticamente chillaba para volver —su iris color miel se nubló con lágrimas no derramadas—, ahora me arrepiento de haber sido tan insistente.
Besé su sien, alentándola a que continúe.
—Cuando terminamos, bajamos en la montaña para dirigirnos al carro. Recuerdo que estaba tan cansada que les pedí a ambos que me cargaran. Después de un rato, llegamos al auto y mis papás tuvieron una discusión por ver quién iba por el coche, si ella o él y, al final, con los encantos de mi madre, logró ir —ira comenzó a llenar su voz—. Mamá encendió el carro, empezó a manejar y un señor ebrio, conductor de un furgón con contenido inflamable chocó con ella y en un abrir y cerrar de ojos, nuestro automóvil estaba en llamas.
Una solitaria gota de agua cayó por su mejilla, pero la limpió rápidamente.
—Lo que sigue es bastante borroso, si tengo que ser sincera. Habían gritos por parte de papá y shock momentáneo en mi cabeza. Lo único que podía ver eran las llamas apoderándose de todo lo que pudo haber sido mi vida —su cabeza se apoyó en el hueco de mi cuello acurrucándose, como si eso la ayudase a olvidar—, así que síp, esa es la razón por la cual mi primer picnic fue agridulce.
Hice una mueca, balanceando a Liz en mis regazos como si fuese una niña pequeña. Si tengo que confesarlo, un nudo se instaló en mi garganta por todo el camino de su viaje, como si me hubiese sucedido a mí. Jamás podría imaginar el trauma que un acontecimiento como ese puede causar en una persona, mucho más en una chiquita de 5 años.
Con delicadeza, alejo un cabello pelirrojo que se interpuso en su rostro.
—Y, ¿nunca te enteraste del regalo y la noticia importante? —pregunté suavemente. Me atormentaba la respuesta.
La sentí mover su cabeza de arriba hacia abajo, en una afirmación.
—Mamá estaba embarazada —susurró, casi inaudiblemente—, y me iban a regalar dos peluches, un puerquito grande y uno pequeño para que yo preguntase la razón por la cual me habían dado dos y ellos me dijesen que uno era mío y otro de mi próxima hermanita.
En ese momento, recuerdo que sentí a mi corazón partirse literalmente. Fue como si alguien hubiese arrojado algo extremadamente frío y asqueroso por todo mi cuerpo, un tipo de emoción que me hizo querer vomitar. No por repugnancia, sino del dolor que causó la confesión de Elizabeth. ¿En serio había perdido, no solo a su madre, sino también a un nuevo miembro de la familia?
—Lo lamento tanto, Liz —dije, cerrando los ojos contra su cara—. No tengo palabras qué decir para reconfortarte.
—Eso no importa, está bien. Superé eso hace algunos años —una sonrisa sardónica se instala en sus labios—, quien no lo superó nunca fue papá. Siempre he creído que la razón por la cual él se adentró en el mundo del alcohol no fue solo por mamá, sino también por la duda de qué habría sucedido si ese niño hubiera sobrevivido. Me culpa por lo que pasó ese día. Por eso me odia.
Oh vamos, no puede creer eso, ¿o sí?
—Elizabeth, espero que nunca haya pasado por tu cabeza la más mínima culpa de lo que le sucedió a tu madre. Eso no es verdad.
Su mano me detiene de seguir hablando, pues la coloca firmemente en mi pecho.
—No me culpo, Trey, sé que esas cosas pasan y que no hay manera de detenerlas, pero… —un relámpago de sufrimiento pasó por su mirada—, a veces es simplemente inevitable preguntarte qué habría pasado si no hubieras apresurado las cosas. ¿Cuál sería nuestra situación si yo no les hubiese rogado irnos tan rápidamente? Es imposible que eso no te atormente por las noches. Tienes que entenderlo.
No, no lo entendía, sin embargo deseé hacerlo por ella. Al menos un poco.
—Dicen que hay 4 tiempos en la vida, Ángel —dije, colocando mi mano en su barbilla para que me viese fijamente mientras hablaba—. Está el pasado, donde dices “fui e hice”. El presente, que te asegura cuando pronuncias “soy, hago”. El futuro, el cual te da esperanzas en el momento en el que afirmas “seré y haré”. Y está el cuarto tiempo. El más tonto y tormentoso de todos, donde te demanda preguntarte “¿qué hubiese sido?, y ¿qué hubiese hecho?”.
Acaricio sus mejillas como un tesoro preciado, tratando de reconfortarla con mi toque.
—No quiero que vivas en el tiempo estúpido, Liz, porque tú no lo eres. Necesito que te forjes a partir de esos 3 tiempos, los únicos que deberían existir. No te devuelvas cuestionándote qué habría sucedido si no hubiese pasado “x” cosa. Solo vive y deja lo que no pasó en el pasado. Te aseguro, preciosa, que te servirá muchísimo más de lo que crees.
Finalmente Elizabeth me dio una sonrisa sincera y acercó su rostro al mío para besarme con una ternura que me sorprendió. Puede que fuese la emoción tras lo que había dicho o todo lo que habíamos pasado, pero ese viernes, me di cuenta de que no había retorno en mi viaje. Estaba totalmente enamorado de ella y me pregunté si lograría hacerla sentir lo mismo.
En fin, si dijese todos los datos que he recolectado sobre Liz en estos tres meses creo que jamás terminaría. Han sido tantas cosas que me ha contado o mostrado que me siento prácticamente orgulloso de saberlas, al igual del hecho de que ella sabe la misma cantidad de elementos sobre mí. Fueron esos sucesos y días que me hicieron darme cuenta de lo afortunado que soy, porque he logrado tener lo que muchos desearían: una relación con la indicada. Con esa mujer.
Tal vez se preguntarán por qué me encargué de narrar específicamente esos momentos que pasamos en este tiempo transcurrido, pero tengo una razón muy justificable, debido a que si hubiese omitido algo, no entenderían lo que pasa hoy.
Hoy es 30 de mayo. Hace 13 años, la madre de Elizabeth murió y con ella, su futuro hermanito. Hoy, no es un día en el que podamos estar muy felices. Es más que todo la manera en que Liz puede recordar a su madre y venerar aquellos momentos en los que se hicieron compañía una a la otra y el amor que comparten aún hoy en día —sé que su mamá lo hace desde donde sea que esté—. Sin duda será angustioso para ella, pero por eso la llevaré al cementerio y pasaré el tiempo que tenga que pasar hasta asegurarme de que se siente calmada.
Mientras parqueo mi carro en frente de su casa, me pregunto si su padre vendrá, pero realmente lo dudo. Le dije que no me importaba que lo invitase, siempre y cuando estuviera sobrio, solo que ella descartó la idea como se elimina a una mosca de tu comida. Fácil y corto.
Camino respirando lentamente hasta la puerta, mis pasos inestables. No sé por qué rayos estoy nervioso, a lo mejor porque será la primera vez que la llevaré a un cementerio… Okay, no, no puede ser eso. Estaría raro. Agh.
Toco sobre la madera de la entrada dos veces, esperando que oiga. En cuestión de segundos, una apagada y triste Lizzie me recibe, sus labios curvados en ese tipo de sonrisas que no llegan a los ojos, aunque me alegra saber que se ilumina un tanto al verme. Atrayéndola hacía mí, beso sus labios rápidamente y la estabilizo contra mi cuerpo.
—Buenos días, Ángel. ¿Estás lista? —pregunto, acariciando su cabello.
Su mirada penetra en mi alma cuando me ve directamente a los ojos, con el iris miel prácticamente ardiendo en llamas de lamentación.

—En este día, nunca lo estoy.
Elizabeth
La primera vez que fui a un cementerio tenía 5 años y un poco más de tres cuartos. En mi vida había pisado terreno sagrado, donde miles de lápidas están separadas por pocos metros para venerar a aquellos que ya no están con nosotros. Los árboles dan sombra a los múltiples terrenos como si temiesen que les fuese a dar calor. El viento, extrañamente, nunca dejaba de soplar, aún si el día era extremadamente caluroso; personas que jamás conocí se encontraban a mí alrededor, acariciando con ternura memorias de seres amados que, por alguna u otra razón habían partido. Lo veía en sus ojos: el dolor de esa herida que no sanaba o el amor de los buenos momentos que pasaron. Lo sentía en el ambiente, ese aire de solemnidad.
Recuerdo muy poco del funeral o del entierro, porque sinceramente creo que estaba muy ocupada concentrándome en otras cosas, como las diferentes familias en otras partes del lugar en una situación similar a la nuestra. Me pregunté qué hacían ahí, ¿venían a ver a mamá como yo? ¿O no era la única sin madre? ¿Perdieron más bien un padre o un hijo? Confusa, solo seguía analizando lo que me rodeaba, esperando encontrar respuestas que nunca hallé.
Aun tras todos los cuestionamientos que realicé, ese día me sentí reconfortada. No por la mano de papá, que sostenía la mía con tanta fuerza que dudaba en si la sangre estaría circulando bien o por las palabras del predicador, que clamaba sobre cómo el cielo tenía un nuevo ángel. Me reconforté porque pensé que, si había más gente pasando por lo mismo que mi familia, eso significaba que yo no era la única sin madre. Que no solo yo estaba sufriendo y que si otros lo habían superado, también lograría avanzar.
Volviendo a este lugar todos los años me hace sentir igual que aquella ocasión. Ver a las personas venir y recordar a sus familiares logra emocionarme de maneras inimaginables y el ambiente que me rodea me calma como una pastilla para dormir. Es esto lo que me agrada: el aire solemne que invade el cementerio. Las flores brillando con belleza para decorar lápidas que poseen vida, aún si su interior dice lo contrario. El viento arrullador que pocos comprenden.
Sé que es un tanto extraño que me guste todo esto. Estoy consciente del hecho de que la gente odia venir aquí, por todas las remembranzas que trae de vuelta, sin embargo, no puedo evitarlo. Me siento cómoda aquí.
Con lo que no me siento cómoda es con ver a mi madre.
Todos los 30 de mayos son horribles en casa. Cuando estaba más pequeña, papá solía acompañarme para comprar flores y veníamos juntos, pero en la noche se emborrachaba. Así comenzó todo. Esos “diminutos” tragos que se permitía en nombre de ella, lo terminaron arruinando. Odiaba los 30 de mayo porque la noche era una agonía y la mañana siguiente, una mescolanza de amargura y alivio. Los odiaba porque era el recordatorio de que ya no estaba aquí.
Cuando tenía 13, él dejó de traerme, así que tomaba mis cosas y venía sola, sin poder  comprarle las flores que deseaba tanto darle. Y a los 14, me di cuenta de que mi padre dejó de pagar el mantenimiento de la lápida, por lo que estaba sucia y llena de pétalos marchitos. Ese año, me encargué de pagar por ello sola, vendiendo cosas viejas que obviamente ya no necesitaba. Y así continúo el sagrado día, atormentándome mientras se acercaba cada año, pero ahora…
Oh, ahora confío en que sea un poco diferente porque Trey está aquí a mi lado, ofreciéndome su apoyo.
Estos últimos 3 meses han sido un respiro de aire fresco con él a mí lado. Sus constantes chistes y tonterías me han hecho cambiar interiormente como nunca pensé hacerlo. No son transformaciones malas, sino del tipo en el que he ganado un poco más de seguridad en mí misma, pero no demasiada —pasos pequeños, según Trey—, pues sigo dudando de ciertas acciones, sin embargo sé que soy diferente y eso está bien, porque no puedo quedarme estancada en lo que pudo haber sido mi vida. Se encargó de enseñarme eso.
Las primeras semanas fueron difíciles, no por nuestra relación, sino porque estaba acostumbrándome a todo lo de “somos novios y la gente tiene que enterarse de ello”. Al principio estaba confusa porque no sabía qué éramos realmente y no podía asumir que era parte de una relación si Trey ni siquiera me lo había confirmado. No podía basarme en lo que su mejor amigo y madre me decían o la forma en que Rachel lo molestaba. Simplemente no me quedaba claro qué sucedía, por lo que eso llevó a que sin querer, se lo preguntase.
Sí, fue muy estúpido y vergonzoso de mi parte.
Resulta que, después de más o menos una semana de haberle dicho toda la verdad, Trey decidió llevarme a comer a McDonald’s tras una ardua sesión de estudio, donde los algoritmos le estaban dando problemas a su inteligente cabeza. Se quejaba una y otra vez sobre cómo estaba harto y que ya había entendido todo y que tenía hambre, así que, como “paga” por mi tutoría, me invitó a comer.
Cuando llegamos al restaurante, me dijo que consiguiera una mesa y que él traería la comida para nosotros. Sentí la necesidad de decirle lo que quería, pero a la vez supe que ya lo sabía, así que no me molesté y, tranquila, me dirigí a una de esas divertidas y coloridas mesas que están al lado de la ventana y que queda justamente con vista al “playground” —estoy segura de que así le dicen—, de los niños. Sé que es raro, pero amo ver sus sonrisas mientras se tiran y juegan como locos. A veces deseo volver a esa época donde yo era como ellos.
Mirando el tobogán, comencé a recordar la primera vez que vine a ese lugar con Trey y cómo me había envuelto en sus brazos para tirarnos como dos chiquillos de este. Oh y, ¿cómo olvidar la comida? Fue simplemente maravilloso. No podría pedir más de ese día. Y como estaba tan sumida en mis memorias, no me di cuenta del momento en que llegó y puso la bandeja frente a nosotros, con una sonrisa plegada a su cara que luego se desvaneció con consternación.
—¿Todo bien, Ángel? —me preguntó, su mano volando hacia la mía por instinto. Adoraba eso de él, esa necesidad de entrelazar sus dedos con los míos y sostenerlos como si yo ocupase algún tipo de soporte. No esperaba que lo pidiese, lo hacía por gusto.
En este tiempo he creado un claro concepto de tomarse las manos en mi cabeza. Para mí, es asegurar a tu pareja de que está a tu lado, sin importar qué o quién. Su manera de hacerte sentir que podrían vencer viento y marea si están juntos. Un simple gesto que encubre miles de significados y emociones. Amo eso y amo que podamos hacerlo con tanta libertad.
—Sí —respondí, sonriéndole cálidamente—, solo pensaba en la última vez que estuvimos aquí.
Alzó una ceja, divertido.
—¿Cuándo Rachel se presentó a ti como una lora embarrada de caca?
Oh Dios, esa expresión. Me mató de risa en el momento en que la dijo. No podía dejar de reírme, fue increíble. Mis mejillas se pusieron rojas al instante y mi estómago dolía. Antes esas situaciones de diversión se daban una vez perdida, pero con su compañía, me había acostumbrado a la risa. A la suya y a la mía sonando, resonantes.
—Algo así —confesé, limpiando una lágrima de mi ojo. Él también se había reído, aunque creo que fue más que todo por verme en ese estado—, realmente estaba recordando cuando nos tiramos del tobogán.
Una sonrisa pícara se esparció por su rostro y comenzó a menear sus cejas de arriba hacia abajo.
—Con que recordabas eso, ¿eh? —se acercó más a mí, su respiración me rozaba ligeramente—. Y no te has olvidado de tu sonrojo potente de aquella vez, ¿o sí?
Sin querer, me sonrojé muchísimo y se rió victoriosamente.
—Sigues siendo igual de directo.
Rodó sus ojos mientras separaba la orden en lo que era mío y suyo.
—Hablas como si hubiesen pasado años. Fue hace un mes, Liz —sus ojos verdes se concentraron en los míos por unos segundos—, aunque sí se siente como más tiempo.
Tenía razón, lo hacía. Nunca logré hacerme a la idea de que llevábamos poco tiempo conociéndonos. Como siempre fue tan abierto, yo poseía esta sensación de que éramos amigos de años que finalmente llegaron a este punto y, sin embargo, no es así.
—Pero tienes que admitir que esta vez es diferente —le dije, cogiendo mi hamburguesa y dándole un gran mordisco. Dios, es deliciosa—, al menos estoy menos nerviosa que antes.
Una pequeña risa se le escapa, viéndome comer.
—Con que te ponía nerviosa, ¿eh? —antes de que pudiese protestar alejó la idea con la mano, sabiendo mi respuesta—. Aunque tienes razón, es diferente. Ahora puedo tomar tu mano sin que te vuelvas loca.
Fruncí el ceño, sacándole la lengua.
—No puedes culparme. Pasé de tener cero contacto físico a tu constante demostración de afecto.
Apoyó su cabeza en mi hombro, acurrucándose como un gatito.
—Amas mis demostraciones de afecto. Oh, ¡y puedo besarte sin restricciones! —gritó, dándome un sorpresivo beso que casi me deja sin aire. Dijo eso muy alto, Dios—. Y puedo hacerlo porque eres mi novia. Mía y de nadie más.
Mi corazón se detuvo unos segundos en ese instante. Acababa de decirlo libremente, así que eso significaba que lo éramos, ¿no es así? Pero… pero, ¿qué pasaba si yo malinterpretaba todo? ¿Si mi nula experiencia me hacía revolver todo? No podía quedarme con la duda de esa manera.
—¿Lo somos? ­—susurré tan bajo que me sorprendí de que escuchara. Su cabeza voló rápidamente hacia una posición recta, lejos de mí. El iris verde de sus ojos resplandecía con confusión y alerta—. ¿Somos novios?
Un gemido se escapó de sus labios, frustrado. Pasó una mano por su cabello lentamente, tratando de pensar. Por experiencia sabía que ese gesto suyo era una forma de darse tiempo para analizar algo que lo había tomado con la guardia baja, pero no podía entender si esta vez era bueno o malo.
—Soy un idiota —sentenció, levantándose de la mesa con rapidez. ¿Lo era?—. Un completo y reverendo idiota.
Mi extrañeza solo crecía más y más.
—Trey, yo entiendo si…
Una mano voló a mi muñeca, sosteniéndome fuertemente. En cuestión de segundos, me encontré siendo llevada hacia el play lleno de niños y casi sufrí un deja vu del día en que vinimos. Su cuerpo me jaló por todo el parque de juegos y el edificio acolchonado como si fuese algo ligero de atraer, pero siempre mantuvo la delicadeza en su toque y sus constantes advertencias para que no me golpease. Chicos de 3 a 9 años nos observaban asqueados y temerosos, pues no entendían qué rayos hacían unos muchachos de 18 años en su lugar.
Sinceramente, yo tampoco lo comprendía.
Después de unos cuántos bajonazos, Trey se detuvo en el borde de la entrada al tobogán, agachado hasta estar a mi altura porque es demasiado alto como para caber bien. Mi mirada debía tener escritas miles de preguntas que él se encargó de responder con una fácil sonrisa y ojos sinceros.
—Sé que te estás cuestionando la razón de mi impulso de traernos aquí, pero no puedes culparme. Tienes que entender que acabo de darme cuenta de que soy un idiota que asumió que la chica que le gusta está de acuerdo con ser su novia y que no se lo pidió nunca adecuadamente —toma mi mano con la suya y la acaricia como si fuese algo preciado que no quiere soltar—. Además, soy tan idiota que te lo voy a pedir en McDonald’s, de todos los lugares posibles del mundo, pero temo que si espero, esa cabecita tuya va a empezar a rodar con engranajes y retorcerá todo.  Así que sí, lo único que se me ocurrió fue traerte este lugar que es especial para ambos y pedirte que —toma un respiro porque hablaba demasiado rápido—, ¿quieres, podrías, deseas hacerme el honor de ser mi novia?
Mis labios rompen en una sonrisa antes de que siquiera pueda pronunciar el “sí”, pero eso no es lo que me impide responder. Es él.
—Debes entender que me haces muy feliz, Liz —vi cómo tragaba fuertemente, temiendo una negativa—, que cada vez que te veo mi corazón hace esta pirueta de ninja que nunca nadie había logrado hacerme realizar. Mis manos sudan, aún si no lo notas y siempre estoy con esta constante necesidad de besarte porque eres tan linda que solo eso puedo hacer para calmar mi ansiedad por tenerte conmigo y adorarte y decirte tantas cosas cursis que parezco una tarjeta de aniversario barata comprada en Walmart. Y lo siento. Siento ser un idiota. Siento ser hombre. No, bueno, no siento eso, pero lamento…
Dios, hablaba demasiado, sin embargo era adorable. Lo único que acaté hacer fue callarlo con un beso, pasando mis brazos por su cuello para hacerle saber que mi respuesta era un obvio sí. Pude palpar su cuerpo aliviándose y escuchar un suspiro salir de quién sabe dónde, pero solo podía concentrarme en él y en el hecho de que me pidió ser su novia. Y fue perfecto.
Cinco minutos después fuimos sacados prácticamente a patadas de allí porque no éramos aptos para menores de 13 años, lo que causó un ataque de vergüenza por mi parte, pero lo demás es pasado. Ahora, ese recuerdo me hace sonreír como muchas cosas a su lado logran hacer.
—¿Liz? —un brazo me rodea por los hombros y me saca totalmente de mis pensamientos—, siento desconcentrarte, pero ya estamos aquí.
Observo a Trey unos segundos, desconcertada. Pienso en preguntarle dónde estamos, pero entonces recuerdo qué día es hoy y lo que memoraba hacía pocos minutos. El cementerio, claro. Vinimos a ver a mamá.
—Oh, sí, gracias —digo, sintiendo mis párpados pesados. En la mañana soñé algo sobre mamá y no pude dejar de llorar acerca de eso, por lo que estoy con esa sensación que da cuando has derramado demasiadas lágrimas y finalmente te detuviste. No es muy bonita—. Deberíamos ir caminando.
Él asiente, saliendo del carro con facilidad para abrir mi puerta. Me da su mano para apoyarme en ella y bajarme, pero sé que la mantendrá ahí por todo el camino.
El viento nos saluda cuando empezamos a dirigirnos hacia los negros portones del cementerio, adornados por tétricos ángeles que nunca me parecieron lindos. Son más como guardianes de la muerte y me perturban. No ayuda el hecho de que estén bastante oxidados y rechinen con cada movimiento que realizan.
A lo lejos, puedo apreciar los grandes y hermosos árboles llenos de hojas rosadas, que para esta época del año florecen con gran belleza. Se mueven como si bailasen para mí y vuelvo a sentir esa paz en mi corazón de que todo aquí está bien. Las lápidas se desplazan a lo largo de diferentes pasillos, muchas cuidadas, otras grises del uso; observo que hoy hay bastantes grupos de personas esparcidos alrededor. Está gente que conozco porque suelen venir en esta fecha, al igual que yo, sin embargo cada vez que veo un nuevo rostro sé que es una nueva vida que ya no pertenece al planeta Tierra.
A mi derecha, un predicador comienza su oración y siento mi garganta escocer. ¿Se me olvidó mencionar que me gusta el ambiente de este cementerio, pero que absolutamente odio ver todo el ritual que se realiza en un entierro? Bueno, ya lo dije. Lo detesto. Todo es negro y lúgubre y me hace sentir horrible. Trae a la superficie heridas que siguen sangrando, sin sanar.
Sin anticiparlo, siento unos labios apoyarse en mi sien, dándome un ligero y suave beso, sacándome del trance.
Levanto mi cabeza para ver a Trey sonriéndome tranquilamente, como si esperase algo. Oh, ¿me hizo una pregunta?
—Perdón, ¿qué dijiste? —digo, sonrojándome por no haber prestado atención. Él aprieta mi mano.
—Te pregunté hacia dónde debíamos ir ahora, ya que te detuviste de pronto.
Parpadeo y aprovecho para ver mis pies. Síp, no se están moviendo.
—Lo siento. Es por aquí —afirmo sin darle tiempo para pensar. Lo guío por un sendero por el cual ni siquiera tengo que dudar de si doblar hacia la izquierda o derecha, donde no tropiezo en mis decisiones. Simplemente camino porque sé de memoria a dónde hay que ir.
De reojo, veo los claveles amarillos que Trey compró para venir hoy y sonrío ligeramente, emocionada. Cuando entré a su coche y las descubrí, le pregunté por qué había traídos unas flores tan alegres para una lápida y desechó mi cuestionamiento con facilidad. Me dijo que él no creía que el día en que murió un ser amado deba ser un día lleno de remembranzas tristes y dolorosas, sino más bien un recuerdo de la felicidad que pasamos con ellos y lo importante que fue su sonrisa para nosotros. Por eso compró claveles amarillos, porque le recuerdan a la alegría y que cada vez que le hablo de mamá, ese es el único color que se le viene a la mente.
Observándolo de esta manera, con su perfil a la luz del sol y su calmado rostro viendo hacia delante, me pregunto qué rayos hice para merecerlo, pero sea lo que sea, en serio estoy agradecida de haberlo cumplido porque no sé qué haría si él si no estuviese en mi vida. Sin su sonrisa y gestos pícaros o su dulzura y apoyo. Ya no puedo imaginar mi vida sin Trey porque me enamoré profundamente y no estoy segura de si eso me asusta o no.
—Más vale que me estés mirando porque soy guapo y no porque tengo un bicho en la cara y has decidido no decírmelo —dice, sonando divertido. Me sonrojo porque se dio cuenta de mi escrutinio, pero no respondo porque no parece haber palabras necesarias. No ando muy ocurrente hoy.
Finalmente detengo mi caminata en la doceava lápida de la cuarta fila a la izquierda. Frente a mí se muestra un cuadrado de cemento prácticamente blanco, con el zacate pulcramente cortado a su alrededor. En ella, se encuentran grabadas letras que permanecerán allí por siempre. Se lee:
“Aquí yace
Jocelyn Sprout Freesoul
Amada hija, esposa y madre.
1974-1998”
Respiro inestablemente, tocando cada palabra como si fuesen a desaparecer. A mi lado, Trey se coloca sobre una rodilla y pone delicadamente el ramo de flores en el suelo, esparciéndolas para que de alguna manera se vean mejor. Dice unas palabras en un murmullo intangible y, cariñosamente, toca la tumba como si acariciase una pluma frágil. Sé que cree que no lo estoy viendo, pero lo hago y me siento mucho mejor al notar el respeto que tiene, no solo hacia mí, sino a mi madre, que aún estando muerta la mantiene presente. Amo eso.
Mientras él se levanta yo me siento sobre la tierra, queriendo quedarme así, observando el mármol por milenios. Antes solía venir horas y horas este día y comenzaba a hablarle a mamá acerca de cosas que me sucedían, como lo que me hacían en clases y eso. Algunas veces acusaba a papá, me quejaba de chicos malos, etc, etc. Todo con el fin de sentir que tenía alguien que me escuchara, aún si no estaba en cuerpo y alma conmigo. Estaba tan sola que deseaba convencerme a mí misma de que realmente oía lo que yo relataba, pero el tiempo es normalmente cruel y te hace caer en la realidad, te enseña con un golpe que puede que nadie te escuche y que aquella señora que tanto amaste, tal vez es solo un esqueleto que no existe más.
—¿Crees en el cielo, Trey? —pregunto, no muy segura de por qué ni cómo, sin embargo lo hago. Siempre siento la necesidad de charlar cuando estoy en la lápida de mamá.
Con un delicado sonido él cae a mi lado, mirando también la tumba. Pasan segundos en los que no responde, donde simplemente se queda callado pensando, deduzco. Sé que pasa una mano por su cabello para medir su respuesta y soy consciente de su suspiro.
—No creo en el cielo —confiesa, sorprendiéndome. Mis ojos vuelan hasta su rostro para ver si es verdad, pero él no me observa—, estoy bastante seguro de que el concepto de “cielo” está mal utilizado en ese contexto. Si me preguntas si soy creyente de la vida después de la muerte, sí, lo soy. Me gusta creer que hay un “continuará” después de cada “fin”. Que ese punto único en un final se convierte en puntos suspensivos después de la partición de un ser querido, pero no puedo confirmarlo.
Se encoge de hombros, una sonrisa de medio lado apareciendo en su rostro.
—No puedo asegurarte que hay un Dios, Liz, tampoco que no existe, pero hay algo en mi corazón que me hace creer en un paraíso, porque no hay forma de que haya un ser tan cruel que cree toda una humanidad para luego simplemente hacer que dejen de existir y se vayan en el vacío. Si hay un poder más allá de nosotros, sé que nos recompensará, de alguna u otra forma —finalmente se concentra en mí y besa mi mejilla, durando unos segundos más de lo normal—. Sé que tu mamá ya lo fue, al menos.
Mi garganta duele de retener mis lágrimas y mi labio tiembla como loco, pero me niego a llorar, porque odio que mi madre me vea llorar. Por ello, lo único que hago es escalar en los regazos de Trey y me aferro a su cuerpo como el ancla de un barco que necesita ser mantenido en su lugar. Y él lo hace, porque me quiere y porque, en estos momentos, es todo el soporte que necesito.
Mientras estoy así, mi boca comienza a pronunciar todo lo que he querido contarle a mamá del año. No me importa que él escuche todo, porque he llegado a un punto donde no deseo ocultarle nada. Le digo sobre papá, porque sé que a ella le importa y le confieso que algunas veces lo odio. Me rio en los recuerdos que rememoro y le presento a Trey como mi novio, asegurándole que sé que le agradó. En toda mi habladuría y divagaciones, se mantuvo en silencio, sonriendo en ocasiones por mi forma de decir las cosas y tensándose cuando tocaba algo muy profundo; lo acepté, porque eso era lo que yo anhelaba. La compañía de otro que escuchase y respetase mis confesiones.
Cuando siento mi garganta seca y que he sacado todo de mi sistema, dejo que Trey me lleve de vuelta al carro, no sin antes despedirme de mi madre, dándole un beso a la lápida —sí, sé lo extraño que puede ser—. Permito que cierre la puerta del auto y conduzca hasta donde me quiera llevar, porque no me importaba si vamos a una piscina o un parque. Lo único que me interesa es la paz que, como pocas veces, siento en mi interior.
Horas más tarde…
Está realmente oscuro cuando entro a casa, porque la verdad es un poco tarde. Son prácticamente las 10 de la noche y apenas Trey me acaba de dejar. Insistió en entrar y dejarme como un “caballero”, pero no se lo permití debido a que es seriamente tarde. Su madre se enojará con él.
Después de haber ido al cementerio fuimos al mall para comer algo. Obviamente no dejó que pagase por mi comida —y estoy agradecida, porque no tengo dinero con qué—, y se encargó de hacerme reír y borrar lo que supongo que fue una mirada triste de mi rostro, sin embargo lo que él no sabe es que por dentro estaba tranquila, más de lo que había estado hace mucho tiempo.
Debí habérselo dicho.
En fin, en todo caso ya estoy en mi “hogar” y sinceramente, estoy muriendo de sueño. Ni siquiera planeo arreglar porque estoy exhausta. Por ello, simplemente camino en línea recta hacia las escaleras, hasta que escucho un simple y pequeño “crash”.
Nunca he estado segura de cómo describir el sonido de un objeto quebrándose. Solía pasar horas tratando de averiguarlo, pero ahora, en mi sorpresa, le pondré “crash” porque suena adecuado. Y eso provino de la cocina.
Con pasos pequeños voy sigilosamente por la sala hasta donde veo la luz prendida. De espaldas, mi padre se encuentra rodeado de pequeños vidrios amarillentos, antes parte de una botella de cerveza. Su camisa está raída de tantas lavadas que le he dado porque ha derramado alcohol en ella y su cuerpo se encuentra prácticamente inmóvil, pareciendo no saber qué hacer. Estoy casi convencida de que está a punto de desmayarse cuando se tambalea hacia un lado y grita, logrando que yo salte del susto.
—Mierda —dice, pateando el mueble donde lavamos los platos. No me está dando la cara, por lo que no puedo ver sus expresiones, pero puedo imaginarlas—. ¡Maldita sea!
Corre hacia una silla cercana y la manda por la ventana, quebrando el vidrio. Una ráfaga helada de viento invade la habitación y eso lo hace enfadar más. Gruñe, queriendo desechar más cosas, por lo que va a lo primero que ve: los platos.
Uno tras otro, se encarga de tirarlos por el hueco sin vidrio que ha creado, haciendo que muchos se quiebren sin piedad. Sus manos sangran por las heridas que pedazos cortados de material le han causado y aun así no le importa, pues sigue destrozando todo a su alrededor. Quiero ser valiente. Deseo gritarle y decirle que se detenga, que eso no la traerá de vuelta, que nos está dejando caer en la ruina con sus acciones, pero no lo logro, pues el miedo me vence como siempre lo ha hecho y lo único que logro hacer es subir las escaleras con rapidez, sin interesarme si la madera rechina bajo mis pies y caigo en mi cuarto, cerrando con seguro y, para mayor seguridad, colocando un mueble para que nadie pueda entrar.
Si alguien me pidiese describir ahora el sonido de destrucción, les diría que se imaginen a un padre quebrando todo a su alcance en su propia casa, porque eso es lo que escucho y lo que deseo dejar de oír. Tratando de escapar de la agonía, coloco una almohada sobre mis orejas y espero, sin resultado, que se detenga.
Segundos más tarde, veo mi teléfono en la mesa de noche, quieto y llamativo, como si me dijese que lo use y sé, en ese momento sé qué debo hacer y por eso llamo a Trey, porque mi cerebro solo parece servir para eso.
Después de dos “bips”, contesta.
—Trey aquí al habla —dice, su voz grave y feliz porque llamé. Mi garganta pesa con lo que voy a decir.
—Trey —sollozo, sin poder decir demasiado—, ven a casa. Escala por detrás y entra a mi cuarto, pero no vayas por la entrada principal. Solo ven.
—Mierda —oigo cómo derrapa el carro, haciendo que de vuelta—, voy para allá.
En cuestión de minutos escucho cómo alguien llega al jardín, escalando y cayendo algunas veces. Corro hacia mi ventana, abriéndola rápidamente y dándole una mano a Trey, que esquiva graciosamente algunos restos de vajilla que están esparcidos en el exterior. Su mirada es cautelosa, pero sobretodo preocupada y cuando finalmente llega hacia mí, no dice nada. Simplemente me lleva hasta mi cama y me sostiene contra su pecho, susurrando “shh shh” mientras lloro y escucho a papá destrozar el lugar. Suaviza mi cabello con toques delicados y me arrulla con palabras hermosas. Me recuerda a la vez que fui a su casa y me dio un ataque de pánico, con él a mi lado para tranquilizarme.
Cuando mi corazón se ha estabilizado un poco me arriesgo a mirar hacia arriba y lo veo observándome, pero más que todo, penetrando en mi alma. Es ahí cuando me doy cuenta del tipo de mirada que me está dando, de esas en las cuales las personas ven algo que les gusta mucho y sus ojos se tornan en chocolate derritiéndose, como si estuviesen dolidos y alguien llegase y reparase la herida con amor y ternura. Es de la clase de miradas que son únicas y especiales y él me la está dando a mí, solamente a mí.
—Espero estar viéndote de la misma forma —susurro, acariciando su mandíbula y saltando al oír otro “boom”.
Él ignora el sonido, sonriéndome tiernamente.
—¿De qué forma, Ángel?
Suspiro, cerrando mis párpados para lograr caer dormida apenas diga las palabras.
—Como si fueses el único hombre existente para mí en el planeta —mi respiración se ralentiza y, mientras oigo un grito por parte de mi padre, digo finalmente:—, porque ahora, lo eres.
Y sin oír su respuesta, caigo dormida.
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¡Hola hola mis hermosos tenistas! ¿Cómo están en este hermooooso lunes? :3 (Oh Damn, es lunes. Okay, no muchos deben estar felices porque es lunes D:) ¡ESPERO QUE GENIAL! Aquí vine a dejarles el capítulo 19^^, en serio espero que les guste y recuerden, si realmente les agradó el capítulo, ¡comenten! Amo verlos opinando y comunicándose conmigo, trato de responder sus comentarios siempre<3 
Sé que se están preguntando por qué vengo a hablar tanto ¡malvados! ¡Solo me quieren por mi historia TT^TT! Jajajaja okno, sé que me aman :3, y es simple. ¡Me nominaron a un Liebster Award! (Es decir, a Trey y Lizzie) Y aunque no soy de responder estos premios porque se me va el tiempo, no pude negarme ante el pedido de mi querida Elle, quien es una seguidora fiel de la novela y me pidió algo muy especial. ¡Quiere que las preguntas las respondan Trey y Lizzie! Así que, ¿cómo decir que no, si Trey ha pasado empujándome para poder responder? -.- Por lo que sí, aquí vaaaaaaaaaaaaaaaaamos por el premio... Y yo me retiro para dejarlos con mis pequeñas creaciones (Dios, soné como Víctor Frankenstein). 

Trey: Um... ¿Hola? Dios, creo que estoy saludando a alguien. Espero seriamente estar saludando a alguien en este momento.

Liz: Trey, sí lo haces. No te distraigas. 

Trey: Oh, claro. ¡Hola! *sonrío* (okay, lo siento, imagínen que hacemos algo cuando lo ponemos entre asteriscos. No somos muy expertos en expresarnos por computadora en un blog). Bien, estamos aquí porque Meli nos dijo que necesitamos responder unas preguntas (por las cuales aún no me convence de que no sea una clase de cosa del FBI), y bueno, ya saben, es algo así como nuestra creadora, así que hay que hacerle caso. Por lo que primero, ¡queremos darle las gracias a Elle Raquele, de su blog Abracadabrantes

Lizzie: ¡Gracias Elle! *ve a Trey desde su lado de la silla frente a la computadora* ¿No te costó escribir ese nombre?

Trey: *Se rasca la nuca* Tuve que darle copiar y pegar. Es complicado... *Lizzie se ríe* ¡Hey!

Lizzie: ¡Lo siento! ¡Deja de distraerte y respondamos las preguntas! 

Trey: *le sonríe* Ajá, preguntas... ¡OH SÍ! ¡VAMOS!

1. Actor favorito.

Trey: Oh, eso es fácil. ¡Johnny Deep! El hombre es una leyenda. Desearía poder actuar de tantas personas como él.

Lizzie: ¡Superman!

Trey: *se ríe* No, Ángel. Superman no es el actor. Esa es la película. 

Lizzie: *se sonroja* *se acerca a Trey y susurra* ¿Cómo se llamaba el actor? *Susurra devuelta la respuesta* ¡Oh, Christopher Reeve!

2. Gran sueño.

Trey: Cumplir mi meta de ser maestro de filosofía en una gran Universidad y poder tener una hermosa familia.

Lizzie: Ser totalmente libre.

3. Mayor locura.

Trey: Um... ¿Esto se refiere a la mayor locura que he hecho? *se ríe maliciosamente* Dios, son muchas. Eh... OH, YA SÉ. Hubo esta vez en la que Jason y yo estábamos en el colegio y Jason tenía un gran enamoramiento por una chica, así que para llamar su atención, activamos la alarma de incendios del colegio, hicimos que todo el mundo saliera y, afuera, pusimos un gran cartel que decía "Sal a una cita conmigo". Fue una cosa tan cursi que, gracias a ello casi nos expulsan del colegio. Igual valió la pena.

Lizzie: *con su cabeza entre las manos* ¡Vamos, no hay forma de que venza eso! *hace una mueca* Supongo que la mayor locura que logré realizar fue escaparme de casa.

*Trey frunce el ceño ante eso*

4. Estación favorita del año.

Trey: Invierno.

Lizzie: Otoño.

5. Peli favorita.

Trey: Sin dudarlo, Hombres de Negro.

Lizzie: ¡SUPERMAN!

Trey: *se ríe* Todo el mundo está sorprendido por eso, Ángel. En serio.

*Se sonroja*

6. Canción que mejores recuerdos trae.

Trey: *sonrisa de medio lado* I'm bringing sexy back, Justin Timberlake.

Lizzie: ¡Oh, la mía es la canción de la radio! ¿Cómo se llamaba Trey? 

Trey: ¿Cuál? 

Lizzie: ¡La que pasas cantando a todo galillo en el auto!

Trey: *rosa colorea su rostro* Ah... ¿When I was your man? ¿La de Bruno Mars? ¿Es en serio? Es totalmente deprimente.

Lizzie: *sonríe* Es linda y me trae recuerdos de ti desafinando.

Trey: no desafino. Hago altos y bajos que pocos oídos humanos comprenden.

Lizzie: Claro.

7. Lo primero que piensas al despertarte.

Trey: Que Rocky no debería estar durmiendo en mi cama (es mi gato)

Lizzie: Que tengo que limpiar (o mi mente algunas veces dice: ducha ducha y ya)

8. ¿Alguna vez has hecho carreras con las gotas de lluvia que se pegan al cristal?

Trey: ¡Todo el tiempo!

Lizzie: Cuando era más pequeña, sí.

9. Película Disney favorita.

Trey: El rey León. No hay forma de que un ser humano no llore con la muerte de Mufasa.

Lizzie: ¿Quién es Mufasa?

Trey: ¿NO HAS VISTO EL REY LEÓN? *su cara se transforma en horror* Tenemos que verla. TENEMOS QUE VERLA.

Lizzie: *se ríe* Sí, señor. Um... supongo que me gusta ¿Tarzán? Es de las pocas que recuerdo. Y me gustaban los monos.

Trey: Yo, Tarzán. Tú, Jane.

*Lizzie explota en carcajadas*

10. Peor secuela a libro/ peli.

Trey: Odio la secuela de unos libros de amor juvenil que me hizo leer Rach. Era... ¿Oscuros? No lo recuerdo. Me gustó el primer libro, pero el segundo fue horrible.

Lizzie: Creo que no tengo respuesta a esta. 

11. Canción favorita de tu banda favorita.

Trey: Sin duda I don't love you, de My Chemical Romance (sé que es cliché elegir esa canción de ellos porque es de los mayores hits que han tenido, pero fue la primera que escuché y la adoro)

Lizzie: No tengo banda favorita, pero amo Little Bird, de Ed Sheeran. 

Trey: En fin, ¡creo que eso fue todo! ¡Esperamos que les haya gustado esta entrada rara y especial! Y saludos a Elle, quien nos nominó. Eres un encanto, chica.

Lizzie: Hola Elle *saluda tímidamente* Gracias por esto. ¡Me alegra que te guste nuestra historia y a todos los que leen el blog de Meli!

Trey: resumiendo, ¡saludos a todos! ¡ROCKEAN! 

Lizzie: ¡Eso!

Trey y Lizzie: y como Meli nos pidió que nos despidiéramos a su manera...

¡LEEEEEEEES MANDAMOS BESOS Y APAPACHOS A TODOS!

Trey Y Lizzie *caritas felices por todos lados*