9 de febrero de 2014

Capítulo 17

“It’s hard to dance with the devil on your back, so shake him off. Shake it out.”

--Shake it out.

Trey

Hay pocos, pero determinados momentos en la vida de las personas que llegan a sorprender o, por lo menos en mi caso, es así. Podría contar con la mano las veces en las que mi mente se ha quedado en blanco ante algo, como cuando papá se fue de casa y mamá tuvo que explicarme, y observé la mesa fijamente durante 1 hora, tratando de pensar en alguna cosa, sin éxito. O ese instante cuando vi a Rachel por primera vez, tan pequeña y bonita que tuve que darle 3 toques para saber si era real, si era nuestra. Si esa cosita de pestañas alargadas y cabello rubio era mi hermana —y vaya que sí terminó siéndolo—.

Tengo recuerdos como esos, tanto buenos como malos a lo largo de mis 18 años, cada uno con reacciones diferentes que aún no comprendo bien. Es mi cuerpo el que responde antes de que yo lo haga, mi boca la que se mueve sin que yo se lo pida a mis labios y mis piernas las que avanzan, sin que yo quiera seguir caminando. Y podría decirse que es todo eso y más lo que sucede cuando Elizabeth abre la puerta de su casa y lo que observo no es la Lizzie normal a la que me he acostumbrado. Quien me recibe hablando es una chica pelirroja de ojos miel iguales a los que me estoy enamorando, con otro rostro: uno repleto de moretes y hematomas de tantos colores que me llego a preguntar si el arcoíris se asemeja a ellos. Sus párpados son prácticamente morados y los lados de sus mejillas tienen marcas rojas, con algunos rasguños. La barbilla tiene un círculo verde y bueno, su frente es casi de la misma tonalidad que una ciruela.

Una tormentosa ciruela.

—Elizabeth —digo, casi sin darme cuenta. Sé que mi voz está rasposa y prácticamente quebrándose, pero no me importa. Lo único que quiero es llegar hasta ella.

Avanzo dos pasos rápidamente, pero Liz se hace hacia atrás, sus manos temblando. Es ahí cuando lo veo: el miedo en sus ojos, la sorpresa en sus facciones. Todo su cuerpo me indica “aléjate”, porque está en guardia; no quiere que esté aquí. Mi corazón se aprieta ante un simple vistazo suyo. Es raro, sin embargo me duele verla así. Me parte en dos.

—Trey, vete —me encuentro anonadado ante la firmeza de sus palabras, pero también a mi terquedad.

—No —digo, mi mandíbula apretándose. Toda esta semana me ha dicho que me vaya, que me aleje, que no me quiere ver y ahora estoy aquí, analizando la razón por la cual dijo esas cosas y lo comprendo: simplemente no cree que necesite de sus secretos. Ella está aterrada por la decepción y tal vez, un corazón roto. De que la traicione como otros se han esforzado en hacerlo. Me acerco con agilidad, subiendo los escalones de su porche—, déjame entrar, Liz. No iré a ningún lado.

Entrecierra sus ojos hacia mí, llevando su mano hasta la puerta para cerrármela en la cara. Sé que captó mi doble sentido, yo sé que es lo suficientemente inteligente como para entender que quiero ser parte de su vida: toda ella. Sin embargo, allí me encuentro, poniendo un pie entre la cerradura para que no pueda dejarme fuera. Su jadeo es ruidoso y la separo de la entrada, para que me deje pasar.

Se encoge, abrazándose a sí misma, viéndome directamente —por fin—, y ahí está la respuesta a todas las preguntas que le hice. Me lo grita con su mirada: “no te apartes, no me dejes sola”.

—Ángel —susurro, acariciando su rostro con cuidado y ternura. Temo lastimarla y que se aleje, pero no lo hace. Se reconforta ante mi toque. Mi brazo vuela hasta su cintura, listo para abrazarla—, ¿quién te hizo esto, preciosa? ¿Quién?

Dios, no me había dado cuenta de la ira que tengo contenida hasta que dije eso. Es ese tipo de enojo que comienza a bullir lentamente en ti hasta que explota, como una olla que se calienta y pronto avisa que llegó a su punto. Es la furia que lleva al odio, un odio infundamentado hacia alguien a quien no conozco, pero estoy seguro no me agradaría en lo más mínimo: no si le hizo esto a ella.

—Vete —me dice, bajando su cabeza para no observarme—, no te quiero aquí.

Inmediatamente hago que me mire, para que pueda ver la sinceridad en mí. Sus brazos caen flácidos a su lado, sin resistencia y, por las bolsas debajo de sus ojos puedo deducir que no ha dormido muy bien. Se cambió de ropa, ya que la piel de sus muñecas está visible y hay cicatrices en cada una. La siento tensarse, dando un paso hacia atrás, mientras mi mente canaliza todo. ¿Cómo se hizo tanto daño? ¿Quién? ¿Cuándo?

—¿Quién, Elizabeth? —demando, sin poder contenerme. Nunca había sentido deseos de golpear tanto a alguien en mi vida, hasta ahora.

Ella alza su barbilla en un gesto de terquedad, de resistencia. El cambio en su actitud es tan palpable que me detengo para ver qué hará. Mierda, esto no será fácil, pero si quiere jugar, jugaré.

—No fue un quién, Trey. Fue un qué —comienza a caminar hacia la sala de la izquierda, sus pies deslizándose con tanta facilidad y su voz sin titubeos que cualquiera diría que está segura de sí misma. No está la chica tímida esta vez: está la decidida—. Hace una semana me dejaste en casa y subí a mi cuarto, pero bajé porque quería un poco de agua. Había dejado un zapato atravesado y me hizo caer, por lo que rodé y, por ende, caí sobre mi rostro.

Una sonrisa sardónica me invade. ¿En serio cree que caeré tan fácilmente?

—¿Y las cicatrices de tus muñecas?

Liz se encoge de hombros, desplomándose en un sillón un poco dañado. Despide mi pregunta con su mano.

—Tengo severos problemas de autoestima, me corto algunas veces.

Asiento, yendo lentamente hacia donde se encuentra, obligándome a relajarme aunque quiera sacudirla y gritarle que deje de mentirme, que jamás creería esto, porque es absurdo.

—Ya veo —poso una mano en mi cadera, la luz del sol filtrándose en las ventanas y encandilándome un poco. Pronto atardecerá—, así que, obviamente los rumores son ciertos, ¿no es así? Ya sabes, que eres un tanto masoquista y todo eso.

—Exactamente —afirma, observándome directamente a los ojos, el miel de su iris resplandeciendo con fuerza—, es bueno saber que no se equivocan tanto, ¿huh? No creo que te convenga estar con una chica tan… rara, como yo. Y con tantos problemas.

Okay, eso es demasiado. Ya no lo soporto.

—¿¡Tan rara, dices!? —grito, agarrando mi cabello con furia. No puedo contenerlo más—, ¿quién rayos piensas que soy, Elizabeth? ¿Un idiota que conociste hace pocas horas? ¡Sé que no me estás diciendo la verdad! ¡Sé que tienes secretos, pero jamás te pedí que me los dijeras, porque pensé que en algún momento me los dirías! Y malditamente sé que tú no te cortas y que cada rumor en ese maldito colegio es tan falso como yo siendo calvo.

Se estremece ante mi uso de palabras y me arrepiento, suspirando con suavidad. Me arrodillo justo en frente de ella, tomando sus manos entre las mías, entrelazándolas y mirándola con tanto enojo y sinceridad que lastima, pero tiene que oírme.

—Me gustas, Liz. Muchísimo. Jamás me había gustado una chica tanto como tú. La verdad es que yo… —me detengo, no seguro de lo que iba a decir. Okay, cálmate, voy a asustarla más de lo que ya está. Beso sus nudillos, un nudo formándose en mi garganta ante la visión de su cara—, yo te quiero, Liz. Y no te quiero sin fundamentos, sino porque me has enseñado tanto de ti en tan poco tiempo que se me hizo imposible no hacerlo. Aparte de la atracción que siento hacia ti, eres mi amiga, me haces reír, me haces feliz y confío en ti y sé que tú lo haces en mí, así que, ¿por qué no puedes decirme la verdad?

Una lágrima se resbala en su mejilla, pero la aparta rápidamente. Me mira con dolor, mordiéndose su labio inferior, mientras un sollozo se le escapa. Suspira inestablemente.

—No necesitas esto, Trey —susurra, haciendo fuerza en nuestros dedos unidos—. No hay campo en tu vida para una chica tan llena de drama como yo. Debí haberte alejado desde el principio, pero no pude. Sé que en cierta forma te acercaste a mí por lástima, sin embargo eras tan dulce que simplemente no tuve la voluntad. Ahora sí la tengo. Aléjate antes de que te frustres. Apártate y sigue tu camino como cualquier otra persona cuerda lo haría. Mis secretos no son lindos. No son lo que ocupas.

—Liz —la interrumpo, todo mi cuerpo protestando. Esto no puede estar pasando, en serio.

—Espera —pide, acariciando mi cabello para callarme—, escúchame. Hay chicas más lindas allá afuera que yo. Más alegres, más divertidas, más de todo. Debes alejarte antes de que te apegues demasiado. No somos si quiera novios, Trey, eso lo hace más fácil. Podemos cruzarnos en el colegio, pero si tú prometes no hablarme, yo no hablaré contigo. Es sencillo, es lo mejor, porque mi historia no tiene un final feliz. Y la tuya sí lo tendrá.

—¡Pero yo no quiero lo mejor! —exploto, sacudiéndola ligeramente. Odié cada palabra que salió de sus labios: cada una—. Yo te quiero a ti: con todos tus malditos problemas y tus dificultades, Liz. ¿Por qué rayos crees que te defendí ante cualquiera que te llamara “basura” en el colegio? ¿No crees que para ahora, ni siquiera deberíamos hablar porque ya me habría ido? ¡Dios, esa es una clara señal de que quiero protegerte!

La acerco hacia mí, nuestros rostros cada vez más juntos.

—¿Esos silencios que me dabas cuando te preguntaba cosas muy personales? Los respeté. ¿Las cosas que dejabas pasar? No las pregunté. ¿Y sabes por qué es eso, Liz? Porque sabía, sé y sabré siempre que hay algo especial en ti, que cualquier carga en tu vida que llevaras me incumbía a mí. Nunca he sentido lástima, ni un ápice. Lo único que ha sido es curiosidad. Cuestionarme una y otra vez por esa hermosa chica pelirroja cuyos ojos no dejan entrar a cualquiera. Por esa linda muchacha que es fuerte en la cancha pero tan débil en un pasillo.

Limpio sus lágrimas con mis dedos, besando sus párpados dulcemente.

—No hay chica más bonita que tú, Elizabeth. No a mis ojos —le susurro al oído, para que lo que diga le quede grabado—. Y no me importa si contigo voy a meterme en un camino lleno de piedras, porque después de todo eso es lo que quiero. No me interesa si crees que eres fea, pobre, loca o rara porque yo no lo creo y mientras sea así, me encargaré de recordártelo todos los días. Y discúlpame si no supe hacerte ver que no soy como los otros, pero ahora te lo aclaro: no lo soy. Perdón si no te di las suficientes razones para confiar en mí, sin embargo, tienes que hacerlo. Prometo no decirle a nadie si es lo que deseas, pero confía, Liz. Confía. Déjame protegerte. Permítete ser protegida, aunque sea una vez en tu vida. No le hagas esto a algo que podría ser realmente hermoso, duradero. No nos hagas esto a nosotros.

Antes de que siquiera pueda responderme o protestar, coloco mis labios sobre los suyos delicadamente. Mis brazos envuelven su cintura con naturalidad, abrazándola fuerte para que sepa que no la dejaré ir. Siento cómo exhala, con algo que aún no puedo decidir si es alivio o rendición, pero ella me devuelve el beso tiernamente. Nuestros labios se mueven con calma y a la vez fiereza, porque he esperado tanto por volver a hacer esto que no me puedo controlar. Su nariz roza la mía y sonrío contra ella, alegre de que me esté dejando entrar. Rodea mi cuello y lo acaricia con sus dedos, separándose unos segundos de mí. Su mirada brilla cuando me mira. Mi corazón salta cuando lo hace.

—Confiaré Trey —dice, sus labios cerca—, solo por esta vez, lo haré.

Vuelvo a besarla, alzándola en mis brazos para poder cambiar de lugar en el sillón, así ella queda en mis regazos y yo sentado. Pronto me encuentro besando cada morete existente en su rostro, diciéndole una y otra vez lo hermosa que es. Algún día tendrá que creérmelo. En ocasiones se estremece y hace una mueca, pero todo el tiempo sonríe, lo que me tranquiliza. La hago feliz. Realmente la hago feliz.

Es ahí donde me doy cuenta de que me he desviado totalmente de lo que quería saber, así que, muy a mi dolor, me aparto de ella, no sin dejar de abrazarla para que sienta que la apoyo.

—Muy bien, ángel, aquí viene lo difícil —le digo, palmeando sus piernas para que me entienda—. Quiero que respondas a mi pregunta y lo hagas con la verdad, sin importar qué tan duro sea, quiero oírlo.

Asiente, acomodándose para estar más preparada. Tomo un respiro y finalmente, pregunto.

—¿Fue tu papá el que te hizo esto?

Se estremece, mientras me mira con un gran shock. Pensó que no lo había deducido hasta ahora, pero cuando entré a la sala, había por lo menos 4 cervezas tiradas en el piso, claro indicio de que, o su padre toma demasiado o es un alcohólico. Además, mentiría si no confesase que hubieron días en el colegio en que la veía magullada, pero lo ignoré, convenciéndome a mí mismo de que era mi imaginación.

No es hasta que te muestran algo tan obvio que te das cuenta de que, después de todo, no estabas tan mal.

—Sí —afirma, tensándose con su respuesta. Mierda, mierda, mierda.

—¿Lo ha hecho antes?

—Sí —dice, temblando poco a poco. La sujeto contra mí y hago que coloque su cabeza en mi pecho para que se tranquilice.

—¿Cuántas veces?

Agarra fuertemente mi camisa, haciéndola un puño. Esconde su rostro en ella, como si el simple hecho de seguir con esto la fuese a destrozar. Sé que es así, le duele, lo teme. Y me fascinaría decirle que la entiendo, pero jamás seré capaz de entenderla, porque aunque todos creamos que si pasamos por situaciones similares seremos capaces de comprender a otra persona, eso es imposible, ya que nunca sentiremos igual que otro. Siempre habrá algo que nos hará procesar diferente: ya sea peor o mejor.

—Liz —susurro, besando su frente con ternura antes de proseguir—, ¿cuántas veces?

Un sollozo se escapa de sus labios, sacudiendo la cabeza con desesperación.

—No lo sé, Trey. Ya no lo sé —aprieta su agarre, casi lastimándome—, perdí la cuenta cuando cumplí los 10 años.

Cierro los ojos, tratando de no llorar. Sé que se supone que los hombres somos “machos” y debemos “aguantar”, pero también somos seres humanos, con ganas de explotar y sacar tantas lágrimas de nuestro organismo para aliviar el dolor. El nudo de mi garganta crece con cada confesión que hace. ¿Cómo alguien podría hacerle tanto daño a ella? ¿En qué mente cabe llegar y golpear a su propia hija, desde pequeña, solo por borracheras o rencor? ¿Cómo podrían hacerle esto a alguien tan… dulce?

¿Cómo?

—Quiero que respondas dos preguntas más y terminamos, ¿está bien?

Me mira con aprobación, tragando fuertemente. Yo también lo hago.

—¿Cuántas veces te ha dejado tan mal como ésta?

Inmediatamente niega con la cabeza, con convicción.

—Esta es la primera vez, Trey. Lo juro. Fue en parte mi culpa —evita mi mirada, observando fijamente la pared—, me escapé de casa para salir contigo y cuando volví, se dio cuenta. Había tomado demás y estaba tan enojado que… Bueno, no se contuvo.

El aire sale de mis pulmones, la sorpresa invadiéndome. ¿Se escapó de su casa por mí?

—Lizzie, ¿te escapaste?

Sus facciones están llenas de remordimiento, culpable.

—¡Lo siento! Yo realmente quería salir contigo y si le decía no me dejaría, así que me escapé. En serio lo lamento, Trey, yo…

La detengo con mi dedo, posándolo directamente en su boca para que me escuche.

—No, Liz, yo lo lamento —alza su cabeza rápidamente, confundida. Apoyo mi frente contra la suya, la inquietud carcomiéndome—. Mierda, fue mi culpa: yo te presioné. Lo siento, Liz, en serio. Lo siento tanto.

Frunce el ceño, acomodándose mejor en mí. Coloca ambas manos en los lados de mi cara para que tenga que verla y veo casi enojo en ella.

—No vuelvas a disculparte por eso, ¿me oíste? —menea mi cabeza de un lado a otro, decidida en lo que dice—. Fue la mejor noche de toda mi vida y si tuviera que mentirle a papá otra vez, lo haría. No digas eso nunca más.

—Está bien —murmuro, asintiendo y esperando que suelte mis mejillas, porque las aprieta muy fuerte. Debo parecer un pescado. Cuando lo hace sonrío, deslizando mis dedos por su pelo—, pero te daré muchos días más como ese. Lo prometo… Aunque, sería bueno que después de las citas no dejaras de hablarme por una semana. No sé, ayudaría a nuestra relación.

Ella se ríe, relajándose de nuevo contra mi cuerpo. Siento mi pecho apretarse con el sonido de su risa. No me había dado cuenta de lo mucho que la extrañaba hasta que la volví a escuchar, sin embargo, se nota que no ha reído últimamente. No ha sucedido durante 7 días.

Suspiro, cerrando mis ojos.

—Okay, vamos con la última pregunta, ¿sí? —siento cómo sube y baja la cabeza, afirmándolo. La abrazo más fuerte, preparándome a mí mismo también—. ¿Él… te ha tocado?

Parpadea varias veces, ladeando su cara confundida.

—¿Tocarme cómo? —se rasca la barbilla, pensándolo—. ¿Te refieres a abrazarme? Porque con costos lo hace. Solo cuando se pone en modo borracho-lastimero-arrepentido.

Trago, apartando mi mirada de su atrayente iris miel. Es demasiado inocente, ingenua.

—Me refiero a —carraspeo, porque mi voz salió totalmente ronca. Mierda, lo estoy perdiendo—, si alguna vez te ha acariciado en la manera en que un padre no debería tocar a su hija. Como si fueras su… amante.

Un silencio extremadamente horrible y tenso se distribuye por la sala, logrando que prácticamente sude del nerviosismo. Elizabeth tiene una mirada perturbada, como si lo que acabase de decir nunca se le hubiera pasado en la cabeza hasta hoy. Se pierde en el vacío de una oscuridad desconocida, sin dejarme tener acceso y lo único que puedo pensar es, ¿el silencio es porque piensa que soy un imbécil al siquiera haber preguntado? ¿O acaso es porque no quiere admitirlo?

O tal vez simplemente no quiere contestar.

—No —hay firmeza en su voz, la palabra bien dicha—. Él nunca me ha hecho eso, Trey. No es de esa forma.

Arrastro una basura que cayó encima de su nariz, con el hecho de distraerme. ¿Cómo es que si lo afirma tan fuertemente, sigue existiendo esa incomodidad en mi pecho, no creyéndole? ¿Por qué no puedo confiar en eso?

—Ángel —intento protestar, pero hay algo en ella que me dice que no lo haga. Que no presione. Es como si una barrera de paredes se estuviese alzando con el solo tono de lo que digo, permitiéndome ver el levantamiento de cada una. Me obligo a relajarme para que no se dé cuenta—, vamos a salir de aquí. Toma tus cosas.

Antes de que si quiera terminara de decir “cosas” ya se estaba apartando, saltando de mí como si tuviese llamas en mi cuerpo. Ahora el que está confundido soy yo, porque me observa como si fuese un alienígena que le acaba de ofrecer una abducción gratis. Comienza a menear la cabeza, su dedo volando de un lado a otro.

—¿Tomar mis cosas? —empieza a caminar con rapidez, yendo y viniendo—. ¿Para qué quieres que lo haga?

Coloco mis brazos en las rodillas, aflojándome para mantener la calma.

—Para que vengas conmigo, Elizabeth. Vas a coger tu ropa, joyería, lo que sea que tengas y te irás de esta casa por siempre. Mi madre permitirá que te quedes unos días con nosotros. Te conseguiremos un lugar para ti sola, donde estés segura; después de todo ya tienes 18 —me levanto lentamente, nunca rompiendo el contacto visual—, ambos podemos trabajar y ahorrar para ello, pero si piensas que dejaré que te quedes aquí, sabiendo lo que este idiota te hace estás muy equivocada. Él no volverá a poner una mano sobre ti, aún si tengo que matarlo a golpes antes de que lo haga.

—¡No! —sus manos tiemblan, abrazándose a sí misma para detenerlas—. No, Trey. No puedo dejar esta casa: es imposible. ¡No podría dejarlo de un día para otro! Sé que lo que hace está mal y no es correcto, pero es mi padre y lo quiero, ¡y esta es mi casa! ¡Es mi hogar! Por más pobre y desgarbado que esté —se encoge, cayendo al suelo de una sentada mientras respira para tranquilizarse—. No me iré, incluso si debes arrastrarme, no lo dejaré.

Voy hasta ella, arrodillándome justo al lado. Dios, ¿cómo quiere quedarse aquí? ¡Lo único que hace es lastimarla! Eso no es un padre: es un monstruo. Tengo que sacarla de aquí.

—Liz, ¿cómo rayos quieres quedarte aquí? Él te golpea, te maltrata, abusa de ti —acaricio su rostro, la ira bullendo en mí—, podría llegar a matarte. ¿Has pensado en eso? ¿No te has puesto a analizar que si un día toma demasiado, podría enloquecer, tomar un cuchillo y asesinarte? —sus ojos se salen de órbita, claramente sin haberlo imaginado—. Irá empeorando. Esto no mejorará; ya no puedes salvarle, ángel.

Muerde su labio inferior, apretando sus puños con convicción. Oh, mierda.

—Sé eso, no quiero salvarlo. Solo… —vacila, mirando hacia otro lado, como si tuviese que pensarlo bien. Finalmente se vuelve, con una decisión tomada—, déjame aquí hasta noviembre, Trey. Para prepararlo, por favor. Prometo que me iré ese mes.

Niego, levantándome y caminando como ella lo hizo por toda la habitación.

—¡No, Liz! ¡No hay manera que te deje aquí, sola! —agarro mi cabello con frustración, exhalando. Es en extremo complicado—. No podría soportar que él pusiese otra mano encima de ti. Vendría aquí y lo llevaría a la cárcel a rastras, lo prometo. Simplemente no.

—Pero… —protesta, formando un puchero. ¡Ah, no, pucheros no! No servirá.

—No, Liz, n… —y entonces, viene la idea. Aunque no me convence del todo, podría funcionar por estos meses. Solo porque ella lo pide—, está bien, te dejaré.

Su cara se ilumina, corriendo para estar casi a mi lado. Por poco y choca.

—¿En serio? —una sonrisa se esparce en su rostro. Ja.

—Ajá, pero hay una condición.

Ahora se aleja, entrecerrando sus ojos hacia mí. Coloca sus brazos en jarras, a la defensiva.

—¿Cuál?

Carraspeo, como si fuese alguna clase de militar que no toma un “no” por respuesta. Debería funcionar.

—Dejarás que venga aquí todos los días. Permitirás que te recoja en las mañanas antes de ir al colegio y te dejaré en tu casa sana y salva. Te llevaré a las clases de tenis y permitirás que esté aquí el mayor tiempo posible —me detengo para oír lo que dije y lo reconsidero un poco—, bueno, no todos los días, porque sería sofocante tenerme a diario, pero te conseguiré un teléfono celular para que puedas llamarme ante cualquier cosa.

Liz me mira perpleja por unos segundos, sin reaccionar. Este es uno de esos momentos en los que adoraría poder leer las mentes, porque no sé qué rayos esté analizando. Me refiero a que, ni siquiera somos novios oficialmente y ya estoy en un modo medio-mandón. En serio, no la culparía si me echa.

—Está bien —susurra, parpadeando en maneras incalculables. Wow, ¿por qué hace eso?—, aunque no dejaré que me des un celular.

Frunzo mi ceño, apretando la quijada.

—¿Y por qué no?

Suspira, exasperada.

—Porque, primero —levanta un dedo, para enfatizar en el tema—, son muy caros.

Trato de protestar, pero me calla con un “sh sh”.

—Segundo: nunca he tenido uno. Con costos uso cosas tecnológicas, por lo que sería un dolor de cabeza. Y tercero: SON CAROS.

—Claro, entiendo; es tu forma linda de decirme que soy pobre.

Rueda sus ojos, haciendo un divertido ademán con la mano.

—Es mi forma de decirte que es demasiado, Trey. Me las puedo arreglar sola: ha sido así durante muchos años.

Me acerco hacia ella, mientras tomo su brazo con delicadeza, observando deliberadamente las cicatrices que hay en él.

—Claro —susurro, el dolor en mi voz inocultable—, y mira dónde te ha llevado eso.

Trata de quitarlo de mi toque, pero lo sostengo allí, besándolo suavemente. Se relaja, aunque me aseguro de eso proporcionándole un último beso en la frente, un poco para calmarme a mí mismo también.

—Eres demasiado bueno… —dice bajo su aliento. La vulnerabilidad que hay en ella me asusta, como algo frágil que está a punto de romperse, algo así al igual que un vidrio a centímetros de caer. Decido que ha sido demasiado intenso para Liz este día y que lo mejor será cambiar de tema, o sino tendrá un ataque aquí.

 —Muy bien —digo, dando un mínimo brinco para sacarla de ese trance—, vamos a sacarte a pasear por un rato, a ver si sanamos esas heridas.

Ladea su cabeza hacia un lado, confundida.

—No me llevarás a un doctor, ¿o sí? —el pánico comienza a formarse en su mirada—, porque no puedes, no debemos…

Coloco un dedo en sus labios, tranquilizándola.

—Vamos a mi casa —lo tenso se desvanece de sus hombros, dejando sus párpados caer en paz—, mamá seguro nos ayudará. Es enfermera.

Inmediatamente abre los ojos, observándome curiosamente.

—¿No es tu mamá la que te puso una chuleta encima cuando tuviste la pelea con Derek?

Alzo una ceja mientras camino hacia la puerta, tomando las llaves del carro donde las había dejado.

—Dije que mamá era enfermera, no que era una buena —la forma en la que sus facciones cambian hace que me muera de risa, por lo que meneo mi cabeza con diversión—. Vamos Ángel, o se nos hará tarde.

Asiente, siguiéndome con una sonrisa en sus labios. Voy hasta ella para tomarle la mano y es así cuando me detengo, pensando las cosas mejor.

—Espera.

Se detiene conmigo, sin entender qué sucede.

—¿Qué?

Cruzo mis brazos con terquedad, señalando hacia afuera y al día ventoso en el que este viernes se ha convertido.

—Es un día tremendamente helado, Liz. Ten —me quito la chaqueta que había olvidado andar y se la pongo por encima de los hombros, reconfortándola—, solo me falta que te enfermes. Ahí sí que no prometo cura.

Ella ríe, abrazándose a sí misma, sus ojos brillando con felicidad.

—¿Quién eres? ¿Mi padre?

Bufo, haciendo a la vez que vaya caminando hacia la salida.

—No, soy demasiado joven y guapo para eso. En todo caso sería tu hermano mayor… —arrugo la cara, el viento burlándose de ambos en cuanto cerramos la puerta de su hogar—, pero eso sería incesto. Oh Dios, dejemos de hablar de esto.

La veo contonearse, conteniendo la risa que seguramente desea bullir de su garganta. Me encuentro sonriendo también, ante la vista de eso. Es extraño cómo siempre me ha gustado provocar alegría en otras personas —desde pequeño me encargaba de contarle chistes a la tía Rita que la hacían rebotar en su asiento—, pero la calidez que se forma en mi pecho cuando ella lo hace es diferente… Es única.

En unos segundos fáciles y rápidos le abro la puerta del coche a Liz, haciendo que entre y cerrándola delicadamente. Casi me tropiezo en mi camino veloz hacia el lado del conductor, porque cuando digo que está helando no es broma: lo está. Más sin mi suéter, pero bueno, ¿qué podría hacer? ¿No dársela? ¡Imposible! El otro día leí en un anuncio algo como “El hombre al cual su novia le haya dicho “tengo frío” y haya respondido “yo también”, fracasó como hombre”, y ¡vaya que es verdad! Casi beso a esa publicidad.

Pero obviamente no lo hice.

—¿Y esto? —pregunta Elizabeth cuando caigo en mi sitio, mirando con suma atención a su derecha—. Me parece recordar que se había ido.

Gruño, recordando el gran enredo que tuve que resolver para poder conseguir una puerta de repuesto para mi carro. Después de la cita con Liz, llegué a mi casa y cuando mamá vio el auto… Bueno, se los resumiré diciéndoles que no le agradó mucho. Su feliz rostro se transformó en uno fúrico en minisegundos. Claramente tuve que arreglármelas para prometerle que lo solucionaría en poco tiempo y, gracias a Dios, Jason conoce a un chico mecánico que tenía una machacada, pero con salvación. Me hicieron un gran descuento, así que no salió tan mal, sin embargo las vueltas que tuve que dar para poder conseguirla fueron agonizantes.

Aunque es una larga historia.

—¿Me creerías si te digo que apareció mágicamente en mi puerta, porque la cigüeña quería darme un hijo y se equivocó de pedido?

Su sonrisa se ensancha, rodando sus ojos.

—Eso es, literalmente lo más loco y estúpido que has dicho en el tiempo que llevamos de conocernos, Trey.

Me encojo de hombros, mientras arranco el carro y nos saco de la acera frente a su casa, la oscuridad apoderándose del sol. Cuando noto que cree que no responderé, la observo y es ahí donde le guiño un ojo.

—No me creas entonces, pero luego no digas que no te advertí cuando veas a la cigüeña parqueada en mi casa.


Y es ahí cuando ríe, haciéndome confirmar lo obvio: no hay risa existente que se parezca a la de Elizabeth.
 Elizabeth.

—Necesito que me hagas un favor, niña. Es pequeño, es fácil —un hombre susurró en las cercanías de un porche. Su barba incipiente daba indicaciones de que no se había rasurado en días y sus ojeras, notables contra la luz del sol, gritaban el insomnio que lo consumía noche tras noche—, no te costará nada.

La pequeña de 9 años —y casi tres cuartos, agregaría ella con orgullo—, lo observó, curiosa. Si bien su idea de salir no era más que ir al parque a correr o saltar con niños que no fuesen de su escuela, le gustaba también salir a pasear. Tal vez comer un helado, algo que la sacara del sofoque que era su hogar. Ir al exterior era igual a viento, a sol, a sonreír: era libertad y eso, a su corta edad, era lo que más deseaba en su vida.

—¿Y qué ganaré a cambio? —preguntó, ladeando la cabeza. Sabía que tenía recompensas; todos los favores eran así. Tú lo cumples, pero se te devuelve. Una fácil lógica que había metido en su mente, algo que la hacía feliz.

El adulto le sonrío, un hoyuela escondido en sus mejillas apareció. Tomó una de sus manos, colocando unos billetes.

—¿Recuerdas esa tienda a la que fuimos la semana pasada? ¿La del señor parecido a Santa Claus? —la chica asintió, segura. Claro que lo recordaba, apenas puso un pie allí le dieron escalofríos. Era un lugar tétrico—. Quiero que vayas ahí y compres la botella grande que me viste llevar el otro día. La de líquido café. A cambio, puedes pedir unas golosinas.

Su ceño se frunció, confundida.

—¿Y por qué no puedes ir tú?

Él apretó su mano, la ansiedad recorriendo sus facciones. Trataba de mantener la calma, pero era difícil en su estado.

—Porque hay gente en los alrededores que no quiere verme, linda. Para eso te tengo a ti, para que me cubras, ¿no? —tocó su barbilla en un gesto cariñoso, o eso parecía—. No te preocupes, él sabrá qué darte. Solo dile que es para mí.

La niña mordió su labio inferior, algo que hacía con frecuencia cuando se encontraba insegura. Varias veces parpadeó para aclarar su mente, pero le resultaba difícil con la mirada penetrante del hombre.

—¿Y debo ir sola? —susurró, temerosa. Las calles oscuras del barrio al que debía ir se mostraron en su mente, vívidas. Eran feas, daban miedo. No aptas para alguien de esa edad.

—Sí, pero no te pasará nada. Es seguro.

Miró el suelo distraída, sin saber qué decir.

—Realmente no quiero…

—¡Maldita sea, niña! ¡VAS A IR TE GUSTE O NO! —los gritos del señor resonaron en las cercanías, pero no había nadie. En el calor del momento, la había tomado por los hombros, sacudiéndola, haciéndola temblar. Inmediatamente se dio cuenta del error cometido, cambiando su actitud a una más dulce, más… generosa—. Lo siento, pequeña, solo… ocupo que vayas. Por favor, te lo recompensaré.

Con lágrimas en los ojos, la chica terminó asintiendo, zafándose del agarre de aquel hombre que cada día cambiaba más. Y mientras corría en busca de aquella tienda tan macabra, ella lloró, porque quería a su padre de vuelta. Al bueno, al que la sacaba a jugar: al que la amaba. Y no a ese monstruo, que últimamente gritaba más de lo que la abrazaba.

Pero lo que no sabía la chiquilla es que él nunca volvería.

Lo que yo no sabía, era que simplemente empeoraría, llevándose consigo mi libertad. La deseada, pero tan inalcanzable, libertad.

—Dios mamá, ¿qué rayos le pusiste? ¡Está totalmente noqueada! —la voz de Trey se filtró en mis oídos mientras trataba de despertar. Todo en mí se sentía pesado y lento, como si hubiese dormido por días—. Te dije que le dieras algo para aliviar el dolor, ¡no para ponerla en un maldito coma!

Algo como un golpe y un “auch” se escuchaban en la lejanía. ¿Estoy en un túnel? ¿Por qué todo tiene eco?

—No maldigas enfrente de tu madre, Trey Petryfork. Le tuve que dar un poco de medicina; había que inyectarla y no se dejaba.

Un suspiro exasperado sale de los labios él. Puedo imaginarlo perfectamente.

—Pues eso seguro es como marihuana, porque parecía que estaba alucinando —otro manotazo resonó en el aire, aunque creo que esta vez no se inmutó—, por lo menos ya curaste algunas heridas.

Un rasguño penetró en la habitación. ¡Quiero abrir mis ojos! No entiendo por qué no puedo.

—Las de sus piernas sí, pero la piel de su estómago durará más tiempo en sanar —una mano se cierra sobre la mía, apretándola. ¿Acaso estoy acostada?—, aún no comprendo cómo se hizo tanto daño.

El silencio se extendió en el lugar —eso o ahora no pudo oír—, tenso como un hilo fuerte. Los dedos que se entrelazan con los míos me acarician, pero pronto en lo único que puedo fijarme es en un picor que hay en mi rostro. ¿Qué rayos tengo en la cara? ¡Arde!

—Ella te dijo que se cayó, mamá.

¿Lo hice?

—Sí, pero… ¿desde dónde? ¿Un doceavo piso? Está toda machacada.

¿Lo estoy?

—No lo sé, eso fue lo que dijo.

Yo… No, no es verdad. Espera, mierda. Todos los recuerdos están arremolinándose de nuevo en mi cabeza. No puede ser, le conté a Trey. Lo sabe todo: papá, golpes, el viernes. Y él… Él no huyó. Y está mintiéndole a su madre por mí.

Aunque creo que fue difícil. Ahora todo está más claro desde que salimos de mi casa. Cuando llegamos hasta aquí, no había nadie más que la señora Petryfork, sentada en la cocina, leyendo un periódico. Al levantar la vista sonrío hacia su hijo, pero entonces me vio y estoy bastante segura de que casi muere del susto.

Sí, no soy una imagen muy bonita de ver ahora mismo.

Inmediatamente corrió hacia mí y comenzó a hacer preguntas: ¿Qué pasó? ¿Cómo sucedió? ¿Te duele aquí? Disculpa, voy a levantar tu blusa. ¿Y aquí?

Ajá, fue horrible. No podía dejar de moverme con incomodidad —un tanto abusada de mi privacidad por mantener mi piel cubierta de ropa—, y luego trajo una aguja para inyectarme; podría decirse que entré en pánico. No soy muy amiga de esas filosas y frías cosas. Trey trató de tranquilizarme, pero como estaba temblando tuvo que agarrarme de los brazos y abrazarme, cosa que funcionó, porque cuando me di cuenta ya estaba llena de medicina en mis venas.

Y luego prácticamente caí dormida. Así que sí: heme aquí. Mi vida debería ser un libro.

No, creo que sería un poco triste.

—Creo que está despertando —susurra él, observando cómo trato de abrir mis párpados en un lamentable intento. Al menos ya puedo mover mis manos con más fuerza y la luz ya está filtrándose ante mí. Estiro un poco las piernas —están tiesas—, y finalmente logro ver borrosamente, pues en serio dormí bastante.

Lo primero que se muestran son manchas de colores, por lo que es un tanto divertido. Luego, ya con más enfoque, me encuentro segura de que estoy en el cuarto de Trey, porque nunca había visitado esta parte de la casa. Él está a mi lado, sus verdes y resplandecientes ojos mirándome con atención y cariño, mientras que su madre me analiza desde lejos, sonriéndome ligeramente. Solo que hay algo nuevo en su mirar… Una de las cosas que más detesto de otra persona: lástima.

¿Qué es lo que ella sabe?

—¿Cómo te sientes, Elizabeth? —pregunta, envolviéndose a sí misma con algo que parece frío—. Tal vez un poco entumida, inyecté relajantes en ti para que te calmaras.

Parpadeo, acostumbrándome a todo. Hago intentos de sentarme, aunque inmediatamente Trey me ayuda, sosteniéndome. Me estremezco; su toque me reconforta.

—Adolorida, tiesa —es lo único coherente que puedo decir. Ella asiente, posando su mirada en otro lado.

—Pronto te sentirás mejor. Nos encargamos de sanar bastantes heridas —sus labios se curvan hacia arriba levemente, con cuidado—. Fuiste un hueso duro de roer. Te movías mucho mientras dormías.

Siento mis mejillas volverse rosadas, con pena. Ya no hay dudas: me muevo al dormir.

—Lo siento muchísimo —le digo, sintiéndolo en serio. Es algo que me apena de sobremanera.

—No te disculpes por eso, Liz —dice Trey, sonriéndome mientras roza mi mejilla con sus nudillos—. Por lo menos logramos controlarte.

Hago un intento de responderle de la misma forma, sin embargo soy interrumpida por la voz perspicaz de su madre, quien —hasta ahora me doy cuenta—, observa a su hijo detenidamente.

—Amor, Jason está abajo esperándote. ¿Podrías ir con él un rato? —al ver la poca disposición de Trey le sonríe tiernamente, con encanto—. No te preocupes, solo quiero revisar algunas cosas con Lizzie.

Al final asiente, levantándose y plantando un beso en mi frente. Vuelvo a sonrojarme, más que todo porque su mamá está allí, frente a nosotros, viendo todo. Él se ríe notando mi incomodidad pero simplemente se va, cerrando la puerta detrás de sí, dejándonos solas.

Dios, esto me da miedo.

—No voy a matarte, linda. No pongas esa cara —dice, mientras camina por la habitación relajadamente, acercándose poco a poco hacia mí. Sus ojos brillan con suspicacia.

—No creía eso, señora.

Ella se ríe, volteándose con agilidad hacia mí, dando una pirueta extraña como de película. Me señala con un dedo.

—Eso es algo que me gusta de ti, ¿lo sabías? —confiesa, ladeando su cabeza con simpatía. La forma en que su piel se estrecha alrededor de sus ojos le hace ver un tanto mayor, pero no demasiado. De la forma bonita—. Que me llames “señora”. La primera muchacha que conocí por parte de Trey me dijo “suegra” a la media hora de conocernos y quise simplemente… —hace gestos de ahorcar a alguien con la mano, suspirando para tranquilizarse­—, echarla.

Medio me rio, aunque es extraño verla desde mi posición. Estoy prácticamente acostada, escuchándola hablar, mientras que ella camina y salta y… No sé, parece como si yo en serio estuviese muriendo. Algo así como si la adulta fuese yo y la mamá de Trey fuese la joven. O parece tener más energía.

Y aún así tengo demasiada curiosidad como para quedarme callada.

—Disculpe mi pregunta indiscreta, señora Petryfork, pero, creo que ambas sabemos que si quería tenerme a solas no es porque simplemente le caiga bien.

Sus labios se levantan graciosamente, asintiendo.

—Eso es muy acertado.

Meneo mi cabeza, insegura. ¿Ahora qué viene? ¿La charla de “no te metas con mi hijo”? El típico “no eres buena para él”. Tal vez un “desaparece de su vida o...”

Realmente no sé qué sigue después del “o”, pero sería interesante averiguarlo.

—¿Entonces? —pregunto, con la voz temblorosa. Un dolor en mi estómago me hace sisear, por lo que me agarro ahí, lastimada. En dos segundos la mamá de Trey está a mi lado, observando las heridas y colocando alcohol que arde, pero sana.

Wow, había olvidado las cortadas de allí.

—Sabes Elizabeth, cuando te conocí me recordaste a alguien de hace muchos años —dice ella, al mismo tiempo que pulsa suavemente algodón encima de mí, relajadamente. Su mirada me atrapa cuando me ve, seria—, tantos que pareciera que pasó una eternidad.

Bufa, negando.

—Ese día en McDonalds recuerdo que te vi mucho antes de que tú me vieras a mí. Rachel llegó después —está sumida en sus pensamientos, contando una historia que, si no lo supiera, diría que es viejísima—, y estabas charlando con Trey, tan atrapados en su pequeño mundo, que noté algo peculiar.

Mi ceja se dispara hacia arriba.

—¿Peculiar? Suena mal.

Ríe, despidiendo la idea con la mano.

—No, no es la forma en la que lo piensas —unta algo de dudosa procedencia en su mano, preparándose para ponérmelo—. Tú siempre estás analizando lo que está a tu alrededor en público. Miras cada persona que entra por una puerta y… le temes. En especial si es un hombre.

Frunzo mi ceño, lista para protestar, pero es ahí cuando decide echarme un tipo de gel frío que hace que me retuerza. ¿Qué rayos es esto?

—No deberías discutir conmigo, pequeña. Sé de lo que hablo —su voz se torna distante, fría—, alguien llegaba y tú entrecerrabas los ojos. Te escondías. Pero, ah, gran sorpresa, si Trey te tomaba de la mano, olvidabas todo. Ya no había distracción.

Estoy segura de que si no estuviese muriendo del dolor me habría sonrojado.

—Y la pregunta que me invadió no fue por qué, si tu mirada estaba llena de paredes que bloqueaban a los demás, dejabas entrar justamente a mi hijo. Lo que me cuestioné fue: ¿por qué existen esas paredes? Sin embargo, sabía la respuesta. ¿Te imaginas cómo lo sé?

En ese momento ella decide mirarme fijamente, lo que, aparte de sobresaltarme, me hace evitar verla. Siento como si pudiese descifrarme con una sola palabra. Es igual a estar desnuda frente a otra persona, pero peor, porque en este caso es el interior lo que está siendo descubierto.

Y sin mi permiso.

—Señora —digo cuidadosamente, tragando—, si esto es por los golpes estoy segura de que Trey ya le dijo la razón. Me caí en mi casa, no es la gran co…

—Déjame contarte una historia, Elizabeth —interrumpe, colocando una mano sobre la mía, sus ojos tan penetrantes que te atraen como un imán—, una que ni mi propio hijo sabe.

Asiento, no muy segura de lo que viene. Ella es sin duda demasiado inteligente para su propio bien y no quiero recibir una charla que sé que un adulto debe dar ante una situación como la mía. Me aterroriza ese simple hecho, sin embargo no veo una escapatoria porque prácticamente estoy encerrada, así que sí, esto no suena a que será bonito.

Un apretón recorre mis dedos, obligándome a observarla fijamente. Me sonríe, pero no llega a sus ojos.

—Hace un tiempo, existió una muchacha de 15 años con una familia feliz. Mamá, papá, 3 hijas y un perro. Un hogar confortable y buen ambiente. Eran perfectos —un frío recorre mi espalda, por lo que me estremezco. Una historia con un comienzo tan feliz, no puede ser agradable—. Hasta que, con las vueltas de la vida, ambos padres deciden hacer un viaje íntimo y en el camino al aeropuerto, mueren.

Un suspiro tembloroso se escucha en la habitación, pero no estoy muy segura de si salió de mí o de ella. Tal vez ambas.

—Como las 3 hijas eran menores de edad —pero muy seguidas—, y no tenían otro familiar con quien ir, las colocaron a todas en casas de acogida, separadas. Esta chica de 15 de la que te hablo era la mayor, por lo que, obviamente le prometió a sus hermanas que volvería por ellas en cuanto pudiera, para llevárselas de ahí. Sin embargo, jamás imaginó lo que su futuro le deparaba —sus labios se levantan con tristeza, recordando—. La familia que le tocó no era buena como con la que nació, Elizabeth. Esta vez, se encontraba conformada por 3 personas: 2 padres alcohólicos y una hija desamparada. Sin perros, sin hermanos, sin sonrisas o comodidad.

—Al principio la joven era valiente y matona, con aires de grandeza. Se plantaba ante la madre cuando le insultaba y escapa de su “padre” cada vez que podía, con la excusa de que podía por sí sola, porque era fuerte y grande —una risa amarga escapa de su boca, sus ojos cristalinos—, pero era ingenua y tonta si pensaba que podría escapar de la fuerza de un hombre y de la ira de una mujer inestable y borracha. Era idiota si pensaba que no le pasaría nada.

—No hay que ser muy inteligente para averiguar qué es lo que sigue, Liz. Cualquier persona que haya visto una película de mala calidad sabe qué sucede. La chica es abusada por el señor cuántas veces es posible y cuando se quejaba, la madre aclamaba que mentía y simplemente estaba necesitada de atención —se encoge de hombros, quitándole importancia, pero yo no puedo hacerlo. Ya estoy nadando en lágrimas sin darme cuenta—, así una y otra vez hasta cumplir los 18. Perdiendo confianza, creando paredes y consiguiendo la mirada que hoy en día, tú posees. Con temor e inseguridad. Con golpes día y noche. Llena de moretones cada semana. Llorándole a una almohada que no ayudó en nada.

Un sollozo se me escapa y la mamá de Trey parece salir de su trance, dándome un pañuelo con delicadeza. Odio esto.

—No podía escapar, tuvo que aguantar. Pero cuando cumplió 18 años lo primero que hizo fue irse de allí y salir en busca de sus hermanas, aún con terror de los otros, aunque nunca mirando atrás —una lágrima resbala en su mejilla, pero la quita rápidamente, sonriéndome con calidez—. No quiero perder el punto de todo esto, Elizabeth, así que resumiendo, la chica tuvo problemas en confiar en alguien otra vez. Mucho más si era un hombre y cuando volvió a hacerlo, la defraudaron de nuevo. No encontró a su príncipe azul. No fue como en las películas o libros, que para encontrar el amor verdadero necesitaba tener una vida dura. Simplemente siguió adelante, a cómo el destino así lo quiso. Y consiguió más que un simple “chico de sangre azul”. Obtuvo una princesa y un príncipe para ella sola. Se superó: confío y cayó, pero se levantó. Y veo parte de esa historia aquí —señala mis ojos, con seriedad—, en tu mirar.

Inmediatamente estoy negando, aún con el nudo en mi garganta y mi voz temblorosa.

—No, señora Petryfork. Se equivoca: no es igual.

Me detiene con un dedo, silenciándome suavemente.

—No estoy diciendo que lo sea, Elizabeth. No creo que tu historia sea igual a la mía —mi pecho se aprieta al escucharla admitir que ella pasó por todo eso, porque había una pequeña parte de mí que deseó que no fuese así. Claramente no me equivoqué—, pero te cuento esto para que entiendas que no haré nada que tú no quieras. No sé qué escondes: no sé ni siquiera si estoy en lo correcto, pero sea lo que sea, estaré aquí para cuando estés lista, porque obviamente mi hijo ya se enteró y debes haberle dado una gran excusa para que no hiciera lo que él piensa que es “lo correcto” —palmea mi pierna cuidadosamente, riendo a la vez—. Aunque por la forma en que te mira seguramente le sonreíste y dijo que sí, pero bueno.

Me rio a través de las lágrimas, negando con mi cabeza. Esta mujer es simplemente impresionante.

—¿Es por eso que es tan insistente con Trey en que sea un caballero? —pregunto, más que todo para calmarme—. Porque su experiencia no fue muy buena.

Ella asiente, levantándose a su vez.

—Exactamente, chica astuta. Me prometí que si tenía un hijo él sería todo lo que yo no conseguí en un hombre y mira lo bien que me ha salido, modestia aparte —dice, quitándose un polvo imaginario de sus hombros—, esperemos que Rachel se case con Jason y no me tenga que preocupar por ella.

Mis ojos se abren gigantescamente y rueda sus ojos, bufando.

—Oh, linda, no es ningún secreto que esos dos se aman. El único ingenuo aquí es tu novio —se lleva una mano a la boca, pareciendo avergonzada—, oh, perdona. No sé si son novios aún. ¿Ya son novios?

Me sonrojo, insegura.

—No lo sé, no es como que lo hayamos dicho oficialmente —y es la verdad. A menos de que también haya olvidado ciertos sucesos del día, que, hasta ahora, ha sido demasiado para mí.

Frunce su boca, pareciendo molesta. Cada vez está más cerca de la puerta, lista para irse.

—Bueno, más vale que se apresure o tendré que hacerlo yo —toma el picaporte dorado, dándole la vuelta para salir—, en fin, te dejaré descansar, Elizabeth. Es tarde, dormirás hoy aquí. Trey puede irse al sillón de abajo.

—¿¡Tarde!? —salto, buscando un reloj—. Oh, señora Petryfork, no puedo quedarme. No, no, no. Es tarde, debo irme.

Hago ademán de levantarme, pero cuando cruzo miradas con ella, me quedo en donde estoy, porque sus ojos indican que lo haga.

Dios, ella tiene poderes sobrenaturales.

—Te quedarás esta noche aquí, Liz. No puedes irte: estás llena de vendajes y necesito inyectarte en unas horas. No hay manera en el cielo en que te deje salir de esta casa, sin saber lo que ocultas —me hundo en la cama, escuchando la compasión en su voz—, respeto que no quieras contarme nada y tus decisiones, pero tienes que saber que me siento responsable por ti. Es como si me viera a mí misma joven a un espejo y…

Suspira, arrastrando una mano por su pelo, un gesto tan característico de Trey que podría haberme reído si no fuese por mí confusión y temor.

—Solo… quédate. Estarás bien mañana en la mañana y Trey estará encantado de llevarte a casa, sin embargo, hoy me harás caso —finalmente abre del todo la puerta, colocando un pie fuera—, y el día en que vengas a mí Elizabeth, ese día vas a tener que hacerme caso también.

Y con eso se va, dejándome sumida en la oscuridad, con miles de pensamientos arremolinándose en mi mente. No puede ser cierto lo que me acaba de contar: ¿cómo es posible que haya salido tan bien después de tantas cosas? ¿Y cómo seré yo capaz de hacerlo?

Me acomodo en las cobijas, tratando de no herirme en el intento. Un frío se extiende por mi corazón, apretando. Las lágrimas caen ahora libres y fáciles, haciéndome temblar. Trey sabe, su madre sospecha. Debo irme en meses de mi hogar y dejar a papá solo. Necesito planear un futuro, debo… debo…

Voy a tener una crisis nerviosa si sigo así. No puedo pensar en esto ahora mismo. Pero, ¿en qué otra cosa puedo concentrarme? ¿Qué voy a hacer en unos días, si Trey va a ir a casa en las tardes? ¿Y si papá lo ve y lo golpea? ¿Si me golpea a mí? Yo no puedo hacerlo. Jamás.

Y hasta tengo que hacer trabajos extracurriculares e ir a tenis; el torneo se aproxima. Y si él sabe, entonces todo será más complicado y… y…

—No —un chillido sale de mis labios, extremadamente agonizante. Siento que voy a ahogarme en mis propias gotas de agua y el cuarto es demasiado pequeño. En exceso. ¿Es esto ser claustrofóbico? ¿Es así lo que es cuando no hay un escape a lo difícil? Debe ser normal que el corazón lata tan rápido, pero, ¡ya no quiero escucharlo! Que alguien lo detenga. No más.

—¿Ángel? —la luz se filtra por una rendija, sin conseguir alumbrarme. Esa voz debería tranquilizarme, sin embargo parece que no quiere funcionar esta vez—. ¿Estás despierta? Bueno, qué pregunta más estúpida. Obviamente no responderás si estás dormida.

Ahí es donde yo rio, pero, ¿por qué quiero reír? No hay aire. No puedo respirar.

—¿Lizzie? —los ojos de Trey aparecen en la oscuridad como un gato, preocupados. Su cuerpo alto y ágil está a mi lado en dos segundos, sentándose a mi lado—. ¡Dios, Elizabeth! Respira, ¡respira!

¿No lo estoy haciendo? Mierda, ¿qué hago?

—Yo —trato de decir, pero no puedo. Nada tiene sentido.

De pronto, unos brazos me rodean completamente, colocándome contra su pecho. Todo es lúcido, pero estoy consciente de los labios cercanos a mí oído y de la respiración calmada contra mi espalda.

—Respira, Ángel. Conmigo. Shh —sus manos se deslizan en mi cintura, sosteniéndome. Eso es lo que necesito: estabilidad. Algo que me tranquilice. El calor de alguien que me mantenga aquí—. Todo saldrá bien.

Me concentro en sus latidos, en el sonido de un “boom” completo. En la sensación de sus nudillos apartando mi cabello de mi rostro, porque se pega debido al rastro de lágrimas y me dejo llevar por lo que parecen besos en mi sien.

—No hay nada que no tenga solución, Liz —susurra contra la oscuridad, relajándome—. La muerte es la única cosa imposible de combatir.

Asiento, sollozos silenciosos en mi garganta. Me encuentro siendo meneada de un lado a otro, casi como un bebé arrullado y es ahí cuando Trey decide tararear canciones extrañas que resultan casi hipnotizantes.

 —No dejaré que nadie te haga daño. Lo prometo.

Y es así que, con esas palabras y una voz reconfortante mis párpados empiezan a cerrarse, porque mi cuerpo se siente seguro. Y mi mente me obliga a cerrarse para olvidar por un rato. Mientras parpadeo para combatir con el sueño y los brazos de Morfeo, observo cómo su mano encaja con la mía y la oscuridad que nos rodea parece no poder ganarle a nuestra unión. Sus latidos son calmados, tranquilos y constantes y entonces, con la imagen de cierto tipo de perfección que nunca pensé ver en mí, voy cayendo dormida, escuchando como última cosa la palabra “ángel” disolviéndose en la habitación, con la promesa de buenas cosas viniendo…

Pero otras duras compitiendo a su vez.