28 de julio de 2013

Capitulo 14


“¿Me quiere o no me quiere?”. 


--Una niña con su flor. 


 Trey.

—Ay, alguien se puso colonia —dijo Jason, sonriendo pícaramente mientras acercaba su mano de entre las marchas para pegarme una pequeña cachetada. Se rió maliciosamente y yo rodé mis ojos. Este chico…

—Siempre me pongo colonia, Jase.

Pude sentir cómo movía sus cejas de arriba hacia abajo, pegándome un codazo.

—Ah, pero hoy te pusiste más. La fragancia me llega hasta aquí. Alguien quiere impresionar a su chica, ¿eh? —meneó su cabeza, juguetón.—No me lo niegues, chiquitín.

Sin querer, una sonrisa empezó a esparcirse por mi rostro.

—Bien, puede ser que me haya echado un poco más, ¡pero solo un poco, en serio!

Jason rodó sus ojos, posándolos directamente sobre mí.

—Síp y la Reina de Inglaterra ama correr desnuda por las calles, para que el mundo sepa que su ropa interior es de la mejor calidad. En serio, Trey, sé un reto más grande. Soy tu mejor amigo.

Quité mi vista de la carretera y le sonreí. Está bien, no podía negarlo, me había puesto mucha colonia, sin embargo, es por el simple hecho de que quiero impresionar a Liz hoy. Es un gran día: su cumpleaños. Y no solo eso, sino que será nuestra primera cita. Bueno, tal vez no “cita”, creo que no le gusta que use esa palabra. La asusta, pero yo lo veo como algo así. Finalmente saldremos juntos, en la noche, sin tener que preocuparnos por llegar a casa demasiado temprano y todo eso. Es genial, aunque atemorizante… Nunca me había sentido así por llevar a una chica a comer, mucho menos por todo el proceso que se realiza, pero Liz tiene algo… Algo que me hace sentir diferente a cómo ha sido con otras. Ella —y sonará benditamente cliché—, es diferente.

En estas últimas dos semanas, me he dado cuenta de todo eso. Desde aquel jueves en la noche, cuando la fui a dejar a su casa, las cosas cambiaron entre nosotros. Se abrió más hacia mí, sonríe con mucha frecuencia y ríe sin miedo. Sus ojos, que antes estaban más apagados que encendidos, ahora están llenos de vida, con el color miel fundiéndose junto a su melodiosa risa. No se toma todo tan apecho, ha aprendido a notar mi sarcasmo y hasta responderme de vuelta. ¡Su espalda está más recta! ¡Ya no se joroba! Mas sigue escondiéndose tras la manta de su pelo rojizo cuando los demás se acercan demasiado hacia ella y sé, inevitablemente, que el miedo que nuestros compañeros le impulsan no se ha ido. Sigue ahí, palpable tanto para Lizzie como para mí, pero está bien, no importa más, porque ya no le hacen nada. Al estar conmigo, la han ido dejando poco a poco. Está más relajada y yo también. Pareciera una mentira que, hace 3 semanas, cuando la conocí, casi no sonriera. Actualmente, jurarías que ha sonreído toda su vida. Eso me hace feliz, ella lo hace.

Ah, sin embargo, no puedo decir que todo es abejitas y miel. Sé que me oculta muchas cosas, cosas que seguramente me dirá hasta más adelante, pero lo dejo pasar. No me importa, le daré el tiempo que necesite, mientras siga así, siendo ella misma.

Derek trató de hacerle algo el otro día, ahora que lo recuerdo, porque estaba sola y no había mucho “público”, así que decidió que era tiempo de un poco de intimidación, solo para mantener “todo en claro”. La acorraló contra un maldito casillero y… Dios, no sé qué pasó ni que le dijo, solo sé que un minuto yo estaba caminando feliz de la vida hacia Lizzie y al otro, tenía mi mano directamente en su camiseta, diciéndole que se largara.

Digamos que no quedé demasiado alegre con la sonrisa que me regaló, como si supiera un secreto que yo no. Como si me tuviera en la palma de su mano. Comienzo a estremecerme y una mueca se forma en mis labios, memorándolo. Él no está bien, tiene algo en su interior que lo llena de odio y enojo. No es normal.

Debería ir a un psicólogo…

O tal vez no; mejor no.

La cosa es que en conclusión, todo ha ido muy bien. Claro, si exceptuamos que Liz no pudo ir a la fiesta de Rach —desgraciadamente—, porque su padre no la dejó o algo así. No me quiso dar mucho detalle. Realmente, si debo ser sincero, casi nunca habla de él. Presiento que tiene esos problemas en los que no hay buena comunicación con una de las personas que te dio la vida; tienen muchas peleas, sin embargo, en algún momento mejorará… O eso espero, porque ya tengo medida sus reacciones. Cuando pasó mal la tarde, llega al colegio triste y con los ojos gachos, mientras que si no hubo mucha actividad, está normal y alegre. Tímidamente alegre —porque aunque haya avanzado conmigo, no puede evitar serlo—, de esos que dan ternura.

Hablando de tierno, me pregunto si el regalo seguirá en…

—¡Hey, tú! Deja de vagar en esa mente retorcida y ponme atención —sentencia Jason, frunciéndome el ceño. Lo miro sorprendido. Parece que me habló y no escuché.

—Perdón, ¿qué?

Rueda sus ojos azules con desdén.

—Decía que quiero que le subas a la radio. Vamos a llegar en 8 minutos a mi colegio y voy a irme de este cacharro sin haber escuchado mi dosis de música diaria. ¿Qué quieres, que muera en el intento de enorgullecer a mis padres?

Ahora soy yo el que lo observa.

—Claro, porque eres un hijo ejemplar.

Sonríe, con un gesto que dice “sí, eso todos los sabemos”.

Suspirando, le subo el volumen a la música, para que él sea feliz. Aunque aparente que no le importa nada, sé muy bien que sí lo hace, sin embargo, no le gusta enseñarlo, porque debe tener esa estúpida fachada todos los días.

Mi mejor amigo es el típico chico que se hace el duro, cuando por dentro es más o menos como winnie the pooh —pero, por favor, nunca le digan que dije eso—, suave y romántico como la miel. Lo malo es que la coraza que ha creado es bastante resistente, porque lleva formándola por años. La culpa no es suya, ni siquiera estoy seguro de si él sabrá la pared que crea para el resto del mundo, pero si tuviésemos que recriminar a alguien, esos serían sus padres. Nunca presentes en su vida, siempre enfrascados en la suya, como si no tuvieran un hijo. Viajan a todos lados, ríen como millonarios y destellan por su ausencia. Nunca un “bien hecho” para Jason.

Jamás un “te quiero”, en su vida.

Mi corazón comienza a estrecharse de dolor y lo observo en silencio, analizando la forma en que silba contra la ventana, tratando de hacerle competencia a los pájaros. Sus dedos tamborilean con el ritmo de la música, mueve la cabeza tal títere manejado. Sonríe, con sus dientes destellando en la luz del sol. Parece estar bien —realmente espero que así sea.

—Si quieres confesarme que estás enamorado de mí, hazlo ahora, porque me pone los pelos de punta que me estés viendo de esa forma —dice, mientras me ve directamente. Alza una ceja, esperando.

Me encojo de hombros, restándole importancia. Sabe que tengo mis cosas raras, ya está acostumbrado.

—Lo mío no son los hombres, mucho menos los de pelo negro.

Me codea, moviendo sus cejas de forma divertida, para variar.

—No, lo tuyo son las pelirrojas pecosas.

Eh, pensé que ya habíamos dejado el tema.

—El día en que te guste una chica, querido amigo, te destrozaré el alma.

Espero su respuesta ingeniosa, maliciosa, idiota, pero no viene. En vez de eso, las comisuras de sus labios se elevan en un toque lento y melancólico, desviando su mirada.

—Apuesto a que sí. —susurra. Me quedo de piedra, medio confuso y justo cuando le voy a preguntar qué rayos fue eso, le sube todavía más a la canción.

Gimo, no puede ser justo esa…

Sus ojos se iluminan, perdiendo la tristeza que pasó ante ellos, casi como un flash. Voltea suavemente hacia mí, una sonrisa maliciosa formada en su rostro.

—Oh, no, Jase, ni lo pienses…

Asiente, al ritmo de la melodía. Ah, mierda, me va a hacer chocar.

—I’m bringing sexy back, yeah. ‘Them other boys don’t know how to aaaact, yeah —comienza, moviendo su espalda justo con la canción. Dios.—, I think your special what’s behind your baaack. So turn around and I’ll pick up the slack.

Me mira, entusiasmado, esperando que siga con la parte de la chica. La cosa es esta: en quinto grado, había un karaoke en la escuela y a este grandísimo genio se le ocurrió meternos. Como éramos niños, fuimos y nos tocó cantarla, ¡con coreografía incluida! Las chicas nos silbaban, los maestros reían y nuestros amigos nos humillaron como por toda una vida y lo que le sigue. Así que sí…

No me hagan decirles cómo terminó.

Me golpea ligeramente, donde sabe que aún tengo un morete por la pelea de hace semanas y hago una mueca. Qué más da.

—Dirty babe… You see these shackles, baby, I’m your slave… —comienzo, a regañadientes. Se ríe sonoramente por lo de “I’m your slave”, pero siempre lo hace—, I’ll let you whip me if I miss behave. You know that no one makes me feel this way.

Se carcajea todavía más. Ama que yo haya cantado la parte de la chica esa vez, porque suena como si me le estuviera insinuando a él. Así de inteligente es, para que se sepa.

Nos vemos mutuamente al oír que viene el coro. No puedo evitar sonreírle, siguiendo el juego. Esta parte quedó genial cuando bailamos.

Espero, de corazón, no chocar con una viejita.

—Come here, girl —canta, dándome la señal para que yo siga.

—Go ahead, be gone with it.

—Come to the back.

—Go ahead, be gone with it. —digo, moviéndome de un lado a otro. Es demasiado divertido como para no hacerlo.

—¡VIP! —grita, bajando la ventana para que todo el mundo nos escuche. Bajo la mía.

—Go ahead, be gone with it.

—Drinks on me —le guiña un ojo a una morena. La chica se ríe.

Creo que ya se puede suponer cómo seguimos, turnando la canción de “Sexy back”, por Justin Timberlake. A cada diálogo, hacíamos algo con las personas, que nos veían como si estuviéramos locos. Era imposible no mirarnos: dos muchachos en un carro destartalado, con la música a más no poder, cantando a todo galillo. Bailando, como si nadie los viese. Fue épico —no lo intenten en carros, niños. Sus mamás podrían enojarse.

Finalmente, sin poder terminar nuestro espectáculo, llegamos al colegio de Jason, quien se baja con una sonrisa en el rostro. Nos damos la mano y camina con toda la calma del mundo, a pesar de saber que la campana está sonando en ese instante. Las mujeres lo observan de arriba hacia abajo, algunas mordiéndose los labios, otras sonriendo seductoramente —o eso creo—, muchas, sonrojándose. Él solo les sonríe, guiñando ojos por doquier y bailando como tonto, seguramente con la canción aún en la parte trasera de su mente. Meneo mi cabeza y me voy, aguantando las molestas miradas de otra gente. Creo que no solo Jase tiene ese problema.
Es divertido pensar en esto, pero si nos tuviésemos que poner a ver quién atrae más miradas, él ganaría. Me refiero a que, Jase es el típico chico “malo” y “ligador”, que no deja de guiñar y coquetear a toda mujer bonita. Las muchachas mueren por él. Yo, del otro lado, simplemente sonrío y saludo, a ratos tímido, demasiado “buenazo”. Mamá siempre dice que es cómico vernos, que hasta le resulta incómodo.

Sí, bueno, que se espere a cuando Rach crezca.

Veo la hora y acelero un poco, sabiendo que debo llegar un más temprano de lo normal hoy a mi lugar de destino, de otro modo, me retrasaré y la perderé.

El carro corre por las calles, se salta semáforos —sí, el coche, no yo—, y, miren qué ironía, casi atropella a una viejita, sin embargo, logro llegar a donde quería: a la esquina del barrio donde vive Lizzie.

Sé que no me permite recogerla en su casa, pero jamás dijo algo sobre esperarla cerca de ella. Después de todo, es su cumpleaños, ¡día de consentir! O bueno, mamá siempre dice eso.

Mientras me concentro en distraerme contando los árboles sin hojas de alrededor, me topo con un destello rojizo al borde de mi vista. Me volteo rápidamente, tratando de ver si es a quien busco y en efecto, es así. Liz está caminando por la acera, con la vista totalmente gacha. Sus joyas color miel son tapadas injustamente por el cabello que la cubre, como una manta que la aparta de la sociedad. Volteo mis ojos instintivamente. Pensé que ya habíamos superado eso de caminar bien.

Salto del carro sin pensarlo y corro hacia ella, quien está bastante cerca de mi auto. Como no ha captado del todo mi presencia, sonrío y la abrazo por detrás, haciendo que pegue un brinco y chille.

Y entonces, hace lo impensable. No sé si he dejado claro que Liz es pequeña, vulnerable, con pecas tan visibles que pensarías que no hace daño ni a una mosca y, si fuese capaz, terminaría siendo GOLPEADA por el insecto. Sí, bueno, tendré que planteármelo de nuevo, porque me acaba de dar un codazo en el estómago. Literal. Justo cuando estaba por decir “Feeeeeeliz feliz sí cumpleaños”.

Voy-a-morir-sin-oxígeno —¿acaso eso no es un poco idiota? Me refiero a que, todos morimos y quedamos sin aire… Lo que sea.

Abre sus enormes ojos con asombro y cubre la boca con su mano. Toma aire —creo que dejé en claro que el que lo necesita aquí soy yo—, y se pone roja terriblemente. Bueno, por lo menos nunca la había hecho sonrojar así.

—¡Oh por Dios, Trey! ¡Lo siento tanto! —se acerca con pasos cortos y preocupados. Su pelo roza mi mejilla, ya que estoy agachado sobre mí mismo—. Pensé que eras un violador o un ladrón o, ya sabes, todo eso; perdóname. ¡No sabía que eras tú!

Mi mente grita algo como “Hey, no te preocupes, a todos nos pasa que somos confundidos con asaltantes de vez en cuando”, pero lo que sale es algo como “a… esto… aire. Más. Muerte. Feliz”. Sí, no muy bien.

—¡Trey, oh Dios! ¡No mueras, por favor! —siento sus brazos rodearme con ternura, haciéndome levantar de a pocos—. No puedes morir en San Valentín. Eso es horrible, en serio.

¿Se dieron cuenta cómo dijo “San Valentín” y no “mi cumpleaños”? Apuesto a que cree que lo olvidé o, espera que no lo recuerde. Ah, no, no, eso no pasará.

Tomando aire lentamente, siento cómo mis pulmones se llenan con el aire que me hace seguir viviendo. Poco a poco, esa sensación de pensar que no podrás recobrarlo se va perdiendo, trayendo con ello un poco de vitalidad a mí cuerpo. La espalda finalmente deja de dolerme como si me hubiesen apuñalado, haciendo que me enderece. Suspiro; esto está mucho mejor.

Y por eso, observo a Lizzie dolido. Su mirada está llena de pena, como si fuese imperdonable lo que me hizo. Casi quiero reír, pero no puedo, porque no tengo tanto oxígeno aún.

Le aprieto un brazo —porque sigue abrazándome—, sonriéndole para tranquilizarla.

—Recuérdame nunca rodearte con mis brazos en la cintura por detrás. Si le das un poco más abajo, me dejas sin ningún tipo de herencia, lo que sería una verdadera lástima. Ya sabes, los ojos Petryfork deben seguir la línea familiar.

Abre su boca para decir algo, sin embargo, en ese momento se percata de que aún me está abrazando, así que se aparta rápidamente, viendo hacia el piso. Sonríe, pensando seguramente que lo que dije es divertido y murmura otro “lo siento”, de forma casi inaudible.

Bueno, esto no nos llevará a ningún lado. Es hora de irnos; el día solo empieza.

Tomándola de la mano, la conduzco hasta mi carro, donde le abro la puerta —¡casi se zafa!—, y corro hasta la mía, para así no darle mucho tiempo de pensar. Justo cuando entro, me mira anonadada, confundida de que haya venido hasta aquí, sin avisarle.

O eso creo yo.

—¿Me… viniste a buscar? —pregunta, parpadeando con delicadeza. Se coloca el cinturón con familiaridad, soltando su cabello rojizo de él. Lo sigo con la mirada, sin querer.

—Bueno, considerando que es un día especial, creí que era lo menos que podía hacer.

Las comisuras de sus labios se alzan ligeramente, sentándose mejor mientras yo comienzo a conducir camino al colegio.

—¿Lo es?

Quito mi vista de la carretera y frunzo el ceño, alzando una ceja como si fuese obvio.

—Claro que sí, tú lo dijiste: hoy es San Valentín.

Ah, ahora me siento un poco mal por haberle mentido. La forma en que sus hombros caen, su boca baja y toda ella se desploma es algo  devastante. Su mirada se desvía hacia el paisaje de la ventana, los rayos del sol bañándola con su brillo, haciéndola ver sencillamente preciosa.

—Oh… —susurra, decepcionada.

Hago una mueca; se suponía que iba a ser más fácil para mí, porque ya sabría sobre mi sorpresa y todo lo haría mejor, pero aun así es doloroso ver lo mal que se pone. Me refiero a que, si alguien que no conoces mucho se olvida de tu cumpleaños, no es tan importante como una persona que ha estado bastante tiempo contigo a la semana, oyendo constantemente detalles pequeños de tu vida. Uno de ellos, la fecha en la que viniste al mundo. Además, ni siquiera quiero analizar lo que está pasando por esa cabecilla suya. Seguramente piensa que ya no habrá cita, porque era más que todo por su cumpleaños; no más diversión, no más sonrisas, no más expectativa.

Ruedo mis ojos internamente; sí, claro, como si me fuese a olvidar de esto, ¡no podría ni en un millón de años!

Lo que sigue del camino es un tanto silencioso. Liz se encarga de ver las casas al pasar y los verdes árboles adornando las carreteras, mientras que yo hago un esfuerzo inmenso de quedarme callado y no decir absolutamente nada de lo que me vaya a arrepentir y así, arruinar lo que he planeado. Las canciones en la radio avanzan sin parar, construyendo un ambiente menos tenso. Ella tararea algunas, recordándolas de veces pasadas en las que veníamos en el carro y yo no dejaba de cantarlas desafinadamente, logrando que riera por mis estupideces.

Supongo que en este instante no es un buen momento.

Apretando el volante con nerviosismo, paso el semáforo que en algún momento de ida me brinqué y volteó a la izquierda, llegando al colegio. Entramos con el auto, siendo bienvenidos por la frecuente aguja de seguridad para el parqueo y busco tranquilamente un buen lugar para parquear, considerando que llegamos como 10 minutos antes. Escucho un ligero dejo de aire por parte de Liz y sonrío; no se lo imagina. Y aun así, no puedo evitar estar un tanto tenso.

Cuando consigo un lugar que me guste para mi pequeño y hermoso coche, lo detengo con suavidad, haciendo que la música deje de sonar y las llaves tintineen en mis manos. La veo unos segundos, pensando en si debería decirle ya o hacer que espere un poco más, pero en el segundo en que se gira y me ve con esos grandes ojos miel, tengo que confesar.

—Ángel, ¿podrías ir a la cajuela y coger un libro que olvidé? Debo hacer algo rápido aquí.

Se muerde un labio, asintiendo. Juro que vi algo fruncido en su ceño y luego, estoy bastante seguro de que cerró la puerta un poco duro, aunque podría solo ser mi imaginación.

La escucho susurrar por debajo, abriendo la cajuela con brusquedad. Hay un pequeño momento de silencio, en el que decido salir casualmente, como si no me enterase de nada y entonces, oigo su grito. Pequeño, potente, sonoro grito. Uno lleno de sorpresa, incredulidad y felicidad. El tipo de grito que yo quería —y realmente esperaba—.

Camino calmadamente, llegando hasta Lizzie y apoyándome en la parte trasera del carro, viéndola tomar mi regalo de forma delicada, como si fuese hecho de vidrio. Veo que está temblando, casi sin creerlo.

—Esto es…

Sonrío, acercándome cada vez más a ella.

—Ah, un regalo, sí.

Bueno, es más que todo un regalo que contiene todo. Cuando fui a comprarlo, no sabía qué rayos traerle. Había osos de peluche, gatitos en muñeco, muchos globos, rosas, chocolates, etc. Y aunque me traje varias cosas —que no verá hasta más tarde—, quería darle algo en la mañana, sorprenderla y todo eso, solo que no me decidía por cuál. Deseaba llevarle globos, pero no cabrían muy bien y también un gran animal de felpa, sin embargo, era muy poco. Y ahí fue cuando llego mi salvación: un globo grande, con mini-globitos dentro y un lindo osito de peluche acompañándolos. El bichito tiene un letrerito que dice “Feliz FELIZ cumpleaños. Para ti, de mí”, y una carita feliz. Me pareció que le gustaría —y creo que es así—.

Tomando su silencio como algo bueno, llego hasta Lizzie y la abrazo incómodamente —no lo suelta—, mientras me las arreglo para susurrarle un “Feliz cumpleaños, ángel”, al oído. Un corto “ah” sale de ella y deja cuidadosamente el globo en el carro, devolviéndose y abrazándome fuertemente.

Se suponía que la sorprendida iba a ser ella, no yo, pero fue al revés. Sus brazos son decididos a mí alrededor y entierra su cabeza en mi pecho, riendo delicadamente. Varios “gracias” son pronunciados en mi camisa y sonrío, porque no pensé que le gustaría tanto. Después de todo, es lindo, pero no es la gran cosa. Lo mejor —creo—, vendría para después.

—Pensé que lo habías olvidado… —dice, mientras se aleja  de mí y ve al peluche con cariño. La carta brilla contra la luz de la mañana —el sol está potente hoy. Parece que será un buen día—.

Meneo mi cabeza, indignado. Jamás.

—Claro que no, tengo todo muy presente: tu cumpleaños, San Valentín, la cit… —me interrumpo con la palabra. Liz entrecierra sus ojos, viéndome atentamente—, salida de esta noche. Absolutamente todo; no podría olvidarlo, tonta.

Sonríe, sus blancos dientes mostrándose.

—Más te vale —alzo mi ceja ante sus palabras y se ríe. Es un sonido totalmente fluido ahora, muy bonito—, ¿puedo dejarlo en el carro? En la tarde lo recogeré.

Asiento, dándole una sonrisa de medio lado.

—Claro, ponlo allí y vamos a clases, cumpleañera.

Con eso, agarra cuidadosamente el bichito —deberíamos ponerle un nombre—, y cierra la puerta suavemente, como si temiese que fuese a explotar. Cuando se voltea, nuestras miradas se intercalan y, aunque hay un gran agradecimiento en su rostro y una ternura que no había notado que estaba allí, dirigida para mí, veo algo más que me confunde. El borde de sus hermosos ojos miel están rodeados de rojo, como si hubiese estado llorando. Trago fuertemente, tocándole el rostro, preocupado.

—Liz, ¿estuviste llorando?

La alegría desaparece de ella tan rápido como llegó, apartando la vista.

—¿Qué? ¡No! Es que en la mañana me desperté y tenía alergia, ya sabes, tus ojos lloran y todo eso. No te preocupes —dice, apartándose de mí y caminando a la entrada del colegio—, ¿vamos?

Dudo, dividiéndome entre ir o preguntar.

—Pero…

Suspira.

—Trey, es mi cumpleaños. ¿Qué te parece si por hoy, solo no nos preocupamos?

Hago una mueca. Prácticamente me acaba de confirmar que sí pasó algo, pero no insisto mucho, solo por la razón que tiene: es su cumpleaños. Día de consentir, diría mamá.

No muy convencido, la alcanzo, dirigiéndonos hasta las puertas. Entramos, siendo invadidos por los sonidos habituales: personas cerrando casilleros, novios besuqueándose en los pasillos, chicos riendo y hablando de la última fiesta y, ¿cómo faltaría en San Valentín? Un puesto lleno de rosas, chocolates, cartas para mandar y flechas para “conquistar” a tu pareja. Realmente nunca he creído mucho en todas esas cursilerías; si te gusta una chica, vas, la invitas a salir y que se den las cosas: no la tratas de enamorar con una tonta flecha, dejando que un tipo de último año vestido con un pañal vaya y se la clave en Dios sabe dónde. Si me lo preguntan, no lo veo tan romántico, pero, ¿qué podré hacer? Todos tenemos nuestras opiniones.

Ahora, las rosas es un tema diferente…

—¿Alguna vez te han mandado una de esas cosas para San Valentín? —me pregunta Lizzie, sacándome de mis pensamientos. Abre su casillero, sacando libros de ciencias y matemáticas. Aunque no me ve, espera mi respuesta, ansiosa.

Me apoyo en la pared de metal, viendo hacia el techo.

—Algunas veces, sí. Decían algo como “¿Serías mi Valentín?”, sin embargo, no acostumbro mandar nada. Se enfadaban por eso… —la observo con una sonrisa—, ¿y tú? ¿Cuántos admiradores?

Rueda sus ojos, equilibrándose en sus pies, tomando sus libros como una barrera en el mundo.

—Ninguno.

La veo con incredibilidad.

—¿Ni uno?

Frunce la nariz, recordando. Su cabeza se menea de un lado a otro, diciendo “más o menos”.

—Hubo uno…

Sonrío, despegándome de la pared y comenzando a caminar por el pasillo. La espero y avanzamos juntos, mientras le doy tiempo para que responda.

—¿Ajá?

Una comisura de sus labios se levanta con gracia.

—Cuando tenía como 5 o 4 años, en el kínder, antes de que mamá muriera, un chico me dio una rosa —río. Típico amor infantil—, pero nunca descubrí quién fue. Era anónimo.

—Elizabeth Sprout, conquistando corazones desde 1994.

Frunce el ceño, confundida, hasta que entiende y se ríe. Más que todo es una gran carcajada. Es bueno verla así, tan diferente a antes. Está tan relajada que pareciera que es otra Liz, pero con los mismos sonrojos, torpezas y manías. La timidez sigue ahí, sin embargo, cuando me habla, desaparece. Es como si hubiese rejuvenecido; se le veía un poco mayor antes. Ahora tiene esa chispa de vitalidad que todo adolescente debe tener. Es una Lizzie a la que me puedo acostumbrar, aunque la primera siempre me ha fascinado.

Nos detenemos en un cruce, porque vamos para diferentes aulas. De hecho, es divertido, porque ella va hacia el lado derecho y yo al izquierdo. Debe verse graciosísimo desde otra perspectiva. Tipo película o algo así. ¿No?

Bueno, tal vez no.

—Te veo más tarde, cumpleañera —le digo, besándole la mejilla. El rojo tiñe sus mejillas, mientras ve a otro lado para fijarse si alguien vio eso. Ah, en eso no cambia.

Abre la boca, nerviosa. Luego la cierra.

—A-adiós.

Camina rápido, evitando las miradas de otros. La veo irse, feliz, pero confuso a la vez. Puede que me haya dicho que deje el tema, sin embargo, no puedo dejar de darle vueltas. ¿Qué la hizo llorar el día de su cumpleaños, en la mañana? Tal vez una discusión en casa, aunque, de nuevo, ¿en su cumpleaños? No le veo el sentido. No habla mucho de su padre, así que no tengo demasiada opinión sobre eso, ya que si no lo menciona debe ser por algo, solo que… Hay una pieza que no encaja aún.

Sigo las baldosas con la mirada, tratando de distraerme. No puedo pisar la línea —ya me siento como un niño—, y cuando lo hago, maldigo por lo bajo. Alzo la vista, fijándome por dónde voy y veo que faltan 3 clases aún para llegar. Me tropiezo con otro puesto lleno de corazones y “Valentine’s Day”. Las chicas se ríen cuando paso y me pregunto si tengo alguna cosa divertida en la cara. A lo mejor Jason me puso un cartel en la espalda y ando con un “Patea mi trasero”, y Lizzie no me dijo como venganza por lo del regalo. O tal vez, no me peiné.

Quién sabe.

—¡Hey, Trey! ¿no quieres comprarnos algo para el día de los enamorados?

Giro para encontrarme con una chica castaña, de ojos cafés, observándome fijamente con su chicle a medio mascar. Me estremezco. Dios, la forma en que lo come da miedo. Es como si estuviese despedazando a la pobre goma de mascar sin piedad. Sonrío cordialmente; sé quién es, está en mi clase de inglés.

Meneo la cabeza, avanzando poco a poco.

—No soy ese tipo de chicos.

Suspira, haciendo chirriar su silla.

—¿Por qué no? Es un lindo gesto. Puedes consentir a tu chica.

Eso me hace detener. Mierda, caí.

—Además, ¡tenemos de todo! Mira —sin querer, me fijo cuidadosamente en las cosas que están encima de la mesa, sin nada que llame mi atención. Rosas, juguetes, flechas —¿ya dije que odio esas cosas?—, y papeles. Hago una mueca; nop, no es lo mío.

—No hay nada que llame mi atención, Lin. Pero gracias.

Me da una media sonrisa, un poco triste y asiente. En pocos segundos, en los cuales casi ni tengo tiempo de apartarme, sus ojos se encienden, buscando como loca algo en la mesa por debajo.

—¡Espera! —su grito sale amortiguado por el mantel—, creo que tengo algo que te fascinará. En serio, es genial.

Echo aire de mis pulmones y lo hago —la espero—, colocando mis manos en la mesa y deseando no llegar tarde a clases. La vez pasada pensé que el profesor me daría con la regla o algo así.

Reaparece con su cabello despeinado y una cara roja. Sus dientes brillan en mi dirección, haciéndome casi reír. Se ve bastante graciosa.

—¿Qué te parece esto?

Mi mirada cae hasta el objeto que me enseña y no puedo evitar tocarlo. Oh, al parecer tenía razón, es muy lindo, aunque no termino de entender qué hace eso en un puesto de San Valentín.

Ella lo presiente, porque sonríe triunfalmente.

—¿Los venden normalmente?

Hace una mueca.

—No exactamente. Son pocos, así que los damos a personas específicas. El año pasado solo vendimos 3, porque no quisimos dar más. Son colecciones ilimitadas de esta fecha.

Toco el objeto delicadamente; parece tan perfecto para ella.

—Es lindo, barato y perfecto para Elizabeth. —la veo con una cara de “¿cómo sabes qué es exactamente Lizzie?”, y me la devuelve con “¿de verdad preguntas eso?”—, además, no te veo como el tipo de chico al que le cueste pedir un Valentín.

Am… Okay, puede que me esté sonrojado un poco. ¿Debería avergonzarme por nunca haber querido un Valentín?

Lin se da cuenta de mi sonrojo, porque su mirada es realmente sorpresiva. Ríe silenciosamente.

—Vaya, vaya, ¿quién diría que tú jamás habrías pedido a una chica que fuese tu Valentín? —chasquea su lengua, amigablemente—. Eres una cosa rara, Trey Petryfork.

Mi sonrojo se hace un poco más potente.

—Nunca he querido uno, que es diferente. No creo mucho en estas tradiciones…

Nos analizamos fijamente, con una pregunta rondando por su rostro. Aprieto mi mandíbula, sabiendo la respuesta a lo que desea decirme.

Nunca he deseado pedirle a alguien ser mi Valentín… Hasta ahora.

 Elizabeth.

—Y así, las células llegan a cumplir su función. Pero no solo son éstas las que nos hacen vivir, sino también…

Suspiro, viendo hacia la ventana. Las palabras del profesor pasan por mis oídos como dos pequeños silbidos perdidos en el viento. No sé cuántas veces ha dicho lo mismo, sin embargo sí estoy segura de que he llegado a aprendérmelo con tan solo escucharlo. Una hoja se cae de un árbol junto al colegio, haciéndome seguirlo. La pareja que había visto hace un rato escapándose de clases está allí, besándose desde hace bastantes minutos. Me pregunto cómo rayos no se cansan, ¿acaso no les duele la boca?

Cierro mis ojos, viendo hacia la pizarra. No debería pensar en esas cosas, el solo pensamiento me hace sonrojar. No soy la más adecuada para criticarlos, mucho menos cuando he estado deseando hacerlo con otra persona; supongo que a veces hacemos eso a propósito, criticamos lo que los demás pueden —y tienen la valentía—, de hacer, por el simple hecho de que tú no tienes el coraje y la posibilidad de hacerlo. Es bastante irónico.

Un olor a chocolate me saca de mis pensamientos. Las muchachas que reparten mensajes deben estar cerca, con el chico en pañal en su lugar. Muevo la nariz, incómoda. Amo la esencia, pero odio San Valentín por eso: el chocolate. Todo mundo come y se atraganta con él y yo, con costos como uno en 2 años. Apuesto que los dejan votados y, sin embargo, no comparten. Muchas veces me quejo de mi cumpleaños por ese simple hecho: la fecha. Baja tu autoestima de a pocos ver cómo cada año todos reciben algo y tú nada, pero… como todo, te acostumbras. Te mentalizas para no poner mucha atención —y no recibirla—.

Después de todo, ¿qué hay de especial en recibir una chuchería de esas por el 14 de febrero? Son puras cosas materiales que en algún momento llegarán a desaparecer, ya sea entre tu habitación o tu estómago, en caso de que sea comestible. Y, ¿para qué lo hacen? ¿Una excusa para que los novios gasten todavía más dinero en sus enamoradas? ¿Un truco comercial para que adolescentes como nosotros compremos mercancía que tal vez, muchos rechacen? ¿Otra manera de salir con un corazón roto? ¿O recibir una rosa que terminará marchitándose? Si lo ves desde una perspectiva tan negativa como la mía, es una idiotez confiarle tu amor a un bebé con pañal, que anda flechando a todo el mundo. Simplemente una estupidez.

Claro, jamás diría eso en público. Puedo imaginar claramente cómo las personas comenzarían a abuchearme y a decir que soy una amargada. Dirían que es un día para mostrar el cariño a tus amigos, a tu amor, a consentirlos, ¡una fecha importante!

Y mi respuesta seguiría siendo la misma: todo es una farsa. ¿Por qué mostrar tus sentimientos exactamente ese día? ¿Y los otros 363 del año? ¿Cuál es la excusa de que sea solo 24 horas en específico? Si quieres a alguien, se lo demuestras poco a poco cada día de tu vida —o lo que duren juntos—, no de esa forma. Es lo que mi mente ha formado desde hace ya mucho tiempo, es mi manera de ver las cosas, en un día como este.

Y tal vez se pueda culpar un poco al hecho de que nunca he recibido un Valentín, así que no sé mucho de la sensación y todo eso. Tampoco espero que me llegue uno, Trey dejó en claro que no está dentro de eso, como yo. Y, no es como que tenga que ser Trey, no tiene que hacerlo, aunque le gustase, ¿o sí? Ya me dio mi regalo, que fue precioso y mucho mejor que el grito borracho de mi papá por la mañana, diciendo entre sueños lo mucho que odiaba el día de los enamorados. Apuesto a que no odia solo eso, también el hecho de que…

—¡Buenos días, compañeros! —una voz chillona me saca de mi cabeza, haciéndome mirar hacia la puerta. Un chico en pañal —¡se los dije!—, nos ve sonrientes, con su diente frontal ligeramente torcido. Lo hace ver divertido, Todd Bowler siempre me ha agradado. Es de los pocos que nunca ha sido cruel conmigo y que, por lo general, me saluda, porque nos conocemos desde pequeños y esas cosas de la vida. Nuestras miradas se cruzan y asiente su cabeza hacía mí, en reconocimiento. Alzo las comisuras de mis labios como respuesta: en ningún momento he logrado hablarle, a menos de que se cuente cuando teníamos 6 y compartimos galletas en el recreo. Eran buenos tiempos, antes de que Derek llegara.

—Bowler, más vale que sea rápido. Queda poco tiempo de clase —el profesor Larousse le mira, reprendiéndolo con sus ojos. Todd hace una mueca.

—No sé si pueda prometerle eso, señor, tengo varios pedidos —revisa el aula cuidadosamente, moviendo su cabeza lado a lado—, más bien casi que todos.

Su mandíbula se aprieta, poniendo las manos en puños. A veces creo que en algún instante de su vida tuvo problemas de ira, porque suele hacerlo constantemente. Suspirando, se sienta en su silla, alzando la mano al aire, restándole importancia.

—Cómo sea, siempre me divierte ver las reacciones de todos.

Sonriendo, la clase aplaude, esperando ansiosos. Aunque desearía decir que me entretuve viendo hacia la pared, contando sus grietas porque nunca me intereso por esto, no puedo, ya que sería una mentira.  Siempre me fijo disimuladamente, para ver quién —quiénes, más bien—, recibe algo.

—¡Bien, entonces empecemos con…. Los flechazos! —mis compañeros gritan sin cesar—. ¿A quién flecharemos hoy?

Todd apunta a Lydia Willson, una linda chica de cabello negro, muy blanca y de rostro de porcelana. La risita que da es tímida, aunque no sorprendida, como si lo esperase. Cupido tira la flecha y le pega suavemente en el hombro, con una gran puntería. Ella mira desesperada el nombre escrito en la punta y sonríe; sí, lo esperaba.

Así sigue con todos los flechados, algunos felices, otros haciendo muecas de horror por descubrir quién les mandó su esperado conquiste y así sigue, hasta que se acaba. Calculo que por lo menos 10 de mis 30 compañeros fueron pinchados. Después pasan a las pequeñeces: rosas, cartas, chocolates —¿tal vez pueda pedírselo a Diana Ferguson, que es alérgica? —, y, como especialidad del día, entregan un gran y hermoso ramo de flores a Rachel, quien grita con alegría y las huele. Logro ver que la tarjeta dice “Derek”, y algo más, pero no voy a leer lo que le pone. Eso sería altamente inapropiado.

En conclusión, todos reciben algo —excepto algunos chicos, que, o no tienen novia, o no están muy dentro de eso—, y terminan con sonrisas en sus rostros. Yo también sonrío, porque aunque crea que es una pérdida de tiempo, la ilusión y el amor que brilla en los ojos de los demás es algo digno de ver, una cosa a la que yo desearía tomarle foto y guardarla para un futuro. San Valentín, en cierta forma, logra dar eso: minutos de felicidad.

—Bueeeno, creo que eso sería todo, señor Larousse —Todd ajusta su pañal, yéndose rápidamente en dirección a otro pasillo—, ¡y feliz San Valentín!

El profesor rueda sus ojos, centrándose de nuevo en la materia. Caigo en cuenta de que alguien me está viendo, porque lo siento en la piel y me volteo suavemente, descubriendo a Rachel mirándome, con una sonrisa falsa y una ceja pintada levantada a más no poder. Parpadeo, tratando de hacerme la despistada porque siento algo venir, pero el tiempo no es mi compañero este día, ya que, cuando estoy maquinando para girarme, comienza a hablar.

—¿Otra vez sin nada, pequeña sucia? —me recorre con desprecio, como si fuese una babosa recogida del suelo para su simple disfrute. Me estremezco—, no me extraña. ¿Quién querría a una cosa tan fea como tú?

Mi corazón se aprieta, haciéndome colocar bien en el pupitre.

Alguien con un poco de dignidad, que no sea como Derek… susurro para mis adentros, tratando de dejarlo pasar. Apenas dejo de decir eso en mi cabeza, escucho un “Uhhhh” por parte de la clase. Cierro mis ojos.

Díganme que no dije eso en voz alta. No lo dije, no lo dije, no lo dije.

—¿Qué dijiste, perra?

Mierda, lo dije.

Y también una mala palabra. Eso es culpa de Trey.

—Nada. Déjalo.

Unos brazos bronceados aparecen frente a mí, apuntando al pupitre. Me cruzo con unos ojos llameantes azules y una cara tan enfadada que me recuerda a papá. Dios, esto no está bien. Busco al profesor con la mirada; él detendrá esto, siempre lo hacen —bueno, a veces—, no hay razón para parar su clase y, sin embargo, no está allí. ¿Dónde rayos se fue?

La mano de Rachel toma mi rostro, queriendo que la vea, arañándolo con sus uñas acrílicas. Auch, eso es filoso.

Las comisuras de sus labios se levantan felinamente. La clase ve todo como si fuese una función, en silencio, con las palomitas como única cosa faltante.

—¿Te crees mejor que yo, eh? —se acerca a mí, nuestras narices casi chocan—, ¿piensas que me superas? Tú eres solo una simple pobretona que no ha conseguido novio en años. ¿Qué te dice eso? ¿Crees que significa que por eso tienes dignidad? Lo único que demuestra es que no puedes atraer a un chico pero ni porque esté ciego. Seguramente te olería, qué horror.

Aprieta su mano, clavándome sus garfios todavía más. Mi piel sangra, lo siento. Trago las lágrimas; no dejaré que me vea llorar. Jamás.

—Me sorprende cómo el chico nuevo te aguanta… ¿Trey, se llama? Ah, te has conseguido uno guapo. ¿No has pensado que tal vez te tiene simple lástima? —se ríe, la clase también lo hace. Y yo que pensé que esto había cambiado—. ¡Oh, ya te imagino, haciéndote ilusiones con que te ama y vivirán felices para siempre! Já. ¿Sabes cómo terminarás tú? Muerta, sola, horrible. Así será tu final.

Trato de tomar aire para calmarme. Mis manos han empezado a temblar fuertemente, mis piernas se encogen, mi corazón parece haber dejado de latir. ¿Por qué es tan mala? ¿Por qué no hacen nada?

¿Qué hice yo?

—Solo robas aire al mundo.

Mi boca cae abierta, como puedo sentir lo hacen los otros. Necesito… Respira, Liz, respira. Dios, por favor, no dejes que me vean así. No hoy, no en mi cumpleaños.

¿Es que acaso ni en este día puede salir algo bien?

—Um… ¿Llego en un mal momento? —Todd Bowler está en el marco de la puerta, viendo todo. Entrecierra sus ojos hacia mí y quito la mirada. No soportaré ver otra entrega, no así—, olvidé un último pedido.

Rachel se aleja, dándome un último vistazo, casi diciendo “esto no queda así”. Cuando ve a Todd, le sonríe con dulzura, echando una mano al aire, restando importancia.

—Entrégalo, el profesor salió de todos modos.

Él asiente, carraspeando con su voz. Desvío mi concentración hacia la ventana, observando cómo el Sol brilla hoy. Por lo menos hace un buen clima.

—Am, ¿Elizabeth?

Parpadeo, observando atentamente al chico con ese gran pañal, que lo acomoda cada dos por tres. Debe quedarle grande, después de todo, él es delgado a comparación con esa cosa.

—¿Sí? —mi voz sale quebrada. Él camina en dirección a mi escritorio, dejando un pequeño regalo.

Me sonríe dulcemente, guiñándome uno de sus ojos negros.

—Feliz San Valentín.

Lo observo irse, incrédula. ¿Es en serio? Tuvo que haberse equivocado. No puede… no… yo…

Miro hacia abajo, analizando lo que está ante toda la clase —porque están viendo—, una pequeña y hermosa pulsera color rosa, con un atrapasueños como dije. Le doy la vuelta, asombrada. La muñeca tiene palabras grabadas, según lo que puedo ver y tengo que enfocar bien para creérmelo, dice....

Will you be my Valentine?

Muerdo mi labio, reteniéndome de saltar y enseñárselo a todos. Lo sé, lo sé, declaré que odiaba todo lo relacionado, solo que, no sabía la sensación que se tiene el recibir una preciosura así. El sentimiento que recorre tu cuerpo: una descarga de energía, felicidad y halagos. Los pelos se te ponen de punta, el corazón parece salirse de tu pecho y una sonrisa se sale de ti sin que quieras que sea así. Llevo una mano a mi boca, sin creerlo. ¿Cómo es que me dio esto? ¿Acaso no lo detestaba? ¿Por qué…?

—He vuelto. Ahora, ¿en qué estábamos?

Observo al profesor primero, tratando de captar sus palabras. No sé nada ya, creo que estoy en shock. Sin querer, me volteó hacia mi lado, donde unos ojos azules me ven con un odio gigantesco. Al parecer, de alguna extraña forma vencí a Rachel y no me di ni cuenta.

Aunque desearía no haberlo hecho, porque la mirada en su rostro es mucho peor de la que alguna vez he recibido.

Más tarde, al comienzo del almuerzo.

El ambiente en la habitación está como siempre, ruidoso y sofocante. Estudiantes ríen, hacen bromas, se empujan unos a otros y comen como desaforados. Grupos de personas llenan las mesas, algunos aficionados a la ciencia, otros amantes de la música, populares, que adoran basquetbol, chicos solos, como yo, que no logran salir de su zona de des-confort. El olor es insoportable hasta para mí, que el hambre me ataca constantemente. Lo único lindo son las ventanas, que brillan como casi siempre.

Me siento en la mesa de la cafetería, dejando algunos libros a mi lado. Toco mi mejilla, que traté de sanar con el alcohol de la enfermería, para ver si cicatrizaba un poco. La señora me dijo que tardaría, pero que claramente no dejaría marca. No me preocupa eso, lo que me estresa es que Trey lo verá y se enojará y preguntará qué pasó y tendré que decirle porque odio mentirle. Lo más probable es que reclame la razón por la cual no lo vi ni en el segundo o tercer recreo, pero fue porque estaba esperando a que esto sanará.

Cosa que no hizo.

Tontas células en la piel que no trabajan más rápido.

¡Já y luego dicen que no presto atención en clase!

—¿Debería preocuparme porque no me has hablado desde que te pedí ser mi Valentín? ¿O es un sútil “no” a mi pobre pulsera? —unos ojos verdes aparecen ante mí, con dos bandejas de comida para ambos—, dime que no seré tu próximo corazón roto. En serio, ángel, no creo que mi ego pueda soportarlo.

Sonrío, enseñando mi pulsera. Todo está mejor cuando me sonríe de esa manera tan dulce, enseñando esos hoyuelos sutiles.

—Creo que usarla es un sí definitivo. —grita algo como “genial” y aprieto mi mano. Debería hacerlo ahora, sí, es el momento. —Gracias, es… pr-precioso.

Rápidamente, doy un salto a su lado y beso su mejilla, volviendo a la velocidad de la luz en mi propio asiento. Su sorpresa es instantánea, porque abre su boca ligeramente. Toca su cachete, sin creerlo aún.

—¿Me besaste?

Observo mi comida como la cosa más interesante del mundo.

—Fue un piquito en la mejilla.

Una sonrisa se esparce por su rostro, tan grande que abarca todo su cuerpo —como si eso fuese posible—, y hasta hace subir sus cejas al ras de su cabello.

—Elizabeth Sprout, eres una atrevida, besando muchachos de esa manera en San Valentín.

Siento cómo comienzo a ponerme roja.

—¡No te besé así! Es más, eso ni se considera beso.

Frunce el ceño en mi dirección.

—Oh, pusiste tus lindos labios en mi cara, si eso no es un beso, entonces no sé qué lo es.

Hago un puchero, tirándole un pedazo de carne mechada a la camisa. Un “no lo hiciste” sale de él, tirándome lechuga al pantalón. Me rio, creando una mini-pelea de comida entre nosotros. Justo cuando estoy por echarle salsa de tomate al pelo, se detiene, mirándome fijamente. La sonrisa desaparece, algo confuso en él y entonces, sus manos ya están en mi mandíbula, observando lo que había logrado esconder hasta ahora.

—¿Qué rayos te pasó, Liz? —toca la cicatriz, haciéndome chillar. Pueden haber pasado horas, pero aún duele.—, ¿quién hizo eso?

No tartamudees ahora, Elizabeth, no lo hagas.

—Ya lo tenía en la mañana, un gato me aruñó de camino a la tienda ayer.

Oh, me estoy haciendo buena en eso de mentir. Creo que no debería enorgullecerme de eso.

Entrecierra su vista, tensándose.

—No es verdad, esta mañana estabas más que bien. No me mientas, Lizzie. Saldrás perdiendo.

Suspiro, apartándome de su delicado toque. No hay manera de decirle algo falso, de alguna forma terminará sabiéndolo.

—Fue algo tonto, Trey. Rachel dijo algo en clases y sin pensarlo respondí, lo que la enojó e hizo… bueno, esto. No me dañó mucho.

Físicamente no.

—¿Duele?

Meneo mi cabeza hacia ambos lados.

—Poco, lo reparé en la enfermería.

Vuelve a acariciarme, haciéndome estremecer. Ni siquiera parece darse cuenta de lo que hace.

—¿Por eso no te vi en los recreos?

Me encojo de hombros.

—Ajá…

Su espalda se tensa, suspirando. Cuando está así, enfadado, es como ver a otro Trey, diferente al que estoy acostumbrada. No son los mismos ojos cálidos que te atrapan al sonreír, tampoco la esencia divertida y amigable que sale de él, mucho menos la suavidad en sus movimientos. Es alguien duro, tosco, que haría cualquier cosa sin pensar. Impulsivo si no lo detienes; un Trey que, de cierta forma, podría llegar a verse rudo y vulnerable a la vez —aunque eso solo sería si lo ves muy de cerca—.

—No es nada —le aseguro, evitando cruzar miradas con él—, fue un accidente.

Una carcajada sardónica sale de su garganta.

—No, Liz, sabes que no lo fue —lo siento analizarme—, ¿sabes que está mal? ¿Qué eso tiene un nombre?

Frunzo el ceño. ¿Qué tiene nombre? ¿El maltrato, el dolor, las palabras que te atacan día a día? ¿La necesidad de pensar que todo está bien, cuando sabes que no lo está? ¿Esa cosa extraña de tener en claro que tu vida no va a cambiar de un día a otro? ¿De saber que el futuro no es tan prometedor como lo es para otros? No, eso no puede tener nombre; una palabra no puede describir algo tan raro.

—Yo…

—Este tipo de cosas se dicen, ángel. Solo te hacen mal. Si le decimos a un maestro o a tu padre, tú…

Mi corazón se aprieta, mientras que mis manos se cierran en puños. Me levanto, lista para irme a la clase.

—¿Yo qué, Trey? ¿Qué pasará si digo algo? ¿Cambiarán? ¿Dejarán de molestar? ¿Se calmarán? —lo veo, suplicante. El dolor en él es casi igual al mío—. Sabes que solo empeorará. Por favor, no lo hagas. Tan solo… quédate a mi lado y ayúdame. Contigo puedo sobrevivir lo que queda del año, no insistas.

La vacilación en su cuerpo es increíble. Puedo imaginar cómo su mente se debate en si ir conmigo o gritarle al mundo lo que sucede. Traga duro, se aferra a la mesa y luego mira mi muñeca. Las comisuras de sus labios se levantan levemente, como sus pies, que me siguen y toma mi mano, suspirando.

—Por ahora, te lo prometo, pero en un futuro, no podré decir lo mismo.

Aprieto su mano.

—En este instante, es todo lo que necesito.

Bastantes horas después, por ahí de las 6:50 pm.

Cierro la puerta de mi cuarto silenciosamente, fijándome una última vez en que el osito de Trey esté dentro, rezando porque papá no decida justamente hoy entrar a él y ver todo. Sería un desastre total. Más si se da cuenta de que escapé —o bueno, hasta ahora ese es el plan—.

Déjenme decirles, no es fácil escaparse de casa. Tienes que asegurarte de que no te oigan alistarte o tropezar con las cosas en tu habitación, o sino, simplemente tener el cuidado de que no te vean con cara sospechosa. No es algo difícil si tu “protector” está borracho, cantando rancheras medio inentendibles abajo. Digamos que amortigua el sonido, sin embargo, ahí está la sensación horrible de ser descubierta y no saber qué rayos hacer. Gracias a Dios, hasta ahora la operación Salir-con-Trey-por-cumpleaños va de maravilla. Nada delator que me haga morir. O por lo menos la madera no ha chirriado en mi camino por debajo de las escaleras.

Me fijo en la sala, donde papá está sentado, viendo hacia la pared. Corro a la puerta, observando triunfante como ni siquiera nota mi presencia. Es la primera vez que agradezco que esté borracho.

Saliendo al frío aire de la noche, me cubro con mis propias mangas. Conseguí un hermoso vestido hace dos días en una tienda muy barata, usando pocos ahorros que aún tenía de un trabajo de hace mucho tiempo. Es de color rosado salmón, corto y con mangas largas para tapar algunas… cosas indebidas. Me gustó cómo me quedó y creo que es perfecto para la ocasión, aunque debí haber conseguido un suéter.

Bueno, no se puede tener todo en esta vida.

Escucho el motor del carro de Trey desde aquí, así que salgo corriendo en su dirección, apresurándome en entrar apenas parquea y sonriéndole de forma apresurada. Viene realmente guapo, con un traje color negro y una corbata color verde, que resalta con sus ojos. Me alegra tener esta ropa, porque debe ser un lugar muy caro.

La confusión es clara en él.

—Um, quería presentarme con tu papá para que me diera una hora de qued…

Mis ojos lo bombardean con advertencias. Oh, eso está mal.

—¡Eh, no! Papá… Él está fuera esta noche y me dijo que estaba bien. Puedo volver antes de las 12:00.

Me observa inseguro.

—¿Segura? Porque no me importa que…

Lo tomo de la mano, sonriéndole de lo que espero sea una forma reconfortante.

—Todo está bien, Trey. Podemos irnos.

Nuestros ojos se encuentran y juro que algo hace clic ahí. Pareciera que el hielo que ha estado en mi corazón hace años se ha derretido del todo, haciéndome brincar. Las mariposas no son más mariposas, sino… algo mucho más potente. Me sonrojo, sin saber por qué.

Él suspira.

—Bueno, entonces vamos, porque a un ángel tan hermoso no se le hace esperar.

Sonrío. Sin duda será una noche especial. 




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