25 de diciembre de 2013

Capítulo 16 (¡FELIZ NAVIDAD! Este es mi regalo :3)

“There was a time when man were kind and their voices were soft, and their words inviting…”

--I dreamed a dream, Les Miserables.

                                         Trey

Así que… Esto es realmente extraño y tal vez ni siquiera mi mente entiende lo que está pasando, pero ahora mismo, es viernes. Y no me refiero a viernes de “¡hey, mi cita con Lizzie acaba de pasar y nos besamos y hay pajaritos cantando aunque sea de noche!”. No. Estoy hablando de un día en el que yo, Trey Petryfork, aún me pregunto qué rayos hice mal, porque Liz no está hablándome.

Como, nada, en serio. ¡Ni una sola sílaba!

¡Mi ángel NO se digna ni a mirarme! Y, aceptémoslo, tal vez caí muy muy duro por ella. Demasiado rápido, no muy saludable, sin embargo, me duele. Jodidamente duele. No es algo pequeño, que sabes que pasará conforme la semana: no. Es una liga que se ha adaptado a mi corazón y que cada vez que late, lastima; no por mí, sino por el simple hecho de que ella no desea estar conmigo. Algo así como una aguja, pinchando constantemente con el recuerdo y la alarma de que algo no va bien —y disculpen, pero que una chica no te hable en toda la semana después de haberla besado por primera vez destruye tu ego… Y algo más que no quiero admitir—.

Todo comenzó el lunes, 3 días después de nuestra cita —la mejor de mi corta y adolescente vida—, cuando llegué a clases y a mi casillero, esperando encontrarla allí, pero ¡hey! Ella no estaba. No la vi recogiendo sus libros como de costumbre, con la nariz tan metida en el agujero que cualquiera podría llegar y meter su cabeza ahí. Por ende, yo no pude abrazarla por detrás, mucho menos besarla como planeaba hacerlo desde hacía días —porque sí gente, los hombres también fantaseamos, aunque no nos guste admitirlo—, así que simplemente supuse que había llegado temprano, a lo mejor ya estaba en el aula que le correspondía y yo, tranquilo, saqué mis cosas y me fui.

Pero Liz no estaba en el almuerzo, mucho menos en nuestra clase de matemáticas.
Tampoco llegó a la tutoría que se suponía que tendríamos después del día, para luego irnos juntos al entrenamiento en tenis, porque nos preparábamos para el torneo del año, que como era mixto, seguramente jugaríamos en alguna eliminatoria.

Y por más que deseé verla en la cancha, tampoco se encontraba dentro, sonriéndome con esas dulces mejillas sonrojadas por la emoción. En cambio, me recibió ese calvo profesor que, si me permiten decirlo, mató totalmente la ilusión de ver a Lizzie.

Y jugué, diciéndome a mí mismo que llegaría.

Solo que ella no llegó.

Sentía este pequeño punzón en la parte izquierda de mi cerebro gritándome que algo estaba mal. ¿Ese sexto sentido que se nos enciende cuando presentimos que las cosas no están tan bien como creemos? Sí, el mismo, sin embargo, me repetí una y otra vez que seguramente se había enfermado —lo que me hizo crear un sentimiento de culpabilidad, porque después de todo salió conmigo el viernes y sin duda algo le afectó—, y que el martes la volvería a ver.

Sinceramente, algunas veces me sorprendo a mí mismo de lo malo que soy “prediciendo el futuro”, porque, ¿la verdad? Soy un asco. Si fuese vidente, me muero de hambre. Ni un indigente tendría compasión de mí. ¡Hasta los niños se burlarían! Porque no, al día siguiente Liz no estaba tampoco, iluminando mi día con esos ojos color miel que derriten la piel de cualquier ser humano cuerdo. No fue a clases, desviando mi atención hacia ella. Mucho menos pude llevarla a su casa —o más bien a la esquina—, porque no vino al colegio. Y fue ahí cuando mis manos empezaron a picar, susurrando, tal vez gritando que algo andaba mal, que debería ir a su casa a verla. Pero entonces recordé lo mucho que odia que vea la fachada de su hogar, así que, ¿cómo reaccionaría si me aparecía de pronto, a las tantas de la tarde, con un paquete de medicinas?

Nop. No muy bien, no la culparía si pusiese una orden de restricción contra mí, por lo que, gracias a mi cobardía, no fui…

Y si adivinan lo que les diré a continuación, se ganan un premio.

Ajá, el miércoles no se presentó. Ni un cabello rojizo se asomó por los pasillos, animándome a perseguirla. Nada: no había rastro de Elizabeth Sprout.

Por lo que sí, llámenme paranoico, pero estaba al borde: me prometí que si no la veía en su casillero el jueves, faltaría a clases y la buscaría en su casa, le gustase o no, porque no podía quitarme ese mal presentimiento del corazón. Ese ruido de “BÚSCALA” que caía en mi cabeza una y otra y otra vez, pesado como un yunque que cae sobre una construcción. Tan ruidoso pero sordo, que nunca llegué a sentir. Y me pregunté en ese instante si esto a era a lo que se enfrentaban las parejas separadas: a esta clase de locura. E inmediatamente los compadecí, porque siempre me burlé de las idioteces que ponen en esos libros románticos de ahora, sin saber que en algún momento, estaría sintiéndolo también.

Y que lo describían malditamente mal, o puede que excelente…

En fin, pasando mis divagaciones empalagosas, el jueves llegó, tal y como lo había esperado, pero un poco diferente, porque Liz estaba allí, su nariz metida en el casillero como siempre, y suspiré aliviado porque no estaba muerta y se veía bastante bien. Por lo menos desde atrás.

Espero que eso no haya sonado tan mal como se oyó en mi cabeza.

La cosa es que hice lo que había planeado durante casi una semana ya y me planté justo detrás de ella, rodeando su cintura con mis brazos en un abrazo grande y completo, oliendo esa esencia de vainilla a la que tanto me acostumbré.

Estoy seguro de que la escuché suspirar y relajarse por un segundo, descansando su espalda contra mi pecho, haciéndome sentir en paz. Todo estaba normal, nada había pasado. Mis presentimientos eran tan malos como mis premoniciones, mucho peores tal vez.

—Pensé que alguien te había secuestrado. Hoy iba a ir a tu casa, te gustase o no —sonreí contra su cabello, besando con delicadeza su coronilla—. Realmente me preocupaste.

Y entonces Liz hizo algo que no pensé que haría: se separó. Quitó mis manos de su cuerpo con suavidad, tomando unos centímetros para ella misma y cerró decididamente la puerta del casillero, apoyándose en él como si fuese el sostén que necesitaba para hablar conmigo. Un soporte que no parecía tener en sí misma.

Ahí supe que a lo mejor mis presentimientos no son tan apestosos después de todo.

—Trey, yo estoy bien. No hay de qué preocuparse, solo… —estrujó sus dedos con fuerza, comenzando a caminar en dirección a su clase próxima. Su voz estaba ronca, pero no pude identificar si era por la emoción o algo más doloroso—, no podemos estar juntos. Quiero que te alejes de mí.

El aire salió de mis pulmones, como un pequeño silbato que es cogido por un niño de cinco años, el cual sopla tan fuerte y alto que lo hace quedarse exhausto, sin fuerza. La observé irse por unos segundos, en un estado de shock, casi todo sucediendo en cámara lenta, analizando la forma en que la chica a la que estaba considerando una mejor amiga en mi vida escapaba de mí, de nuestra amistad: de lo que teníamos. Y me pregunté si podría hacer eso, dejar que se fuera, olvidar todos esos sentimientos que ella había causado en mí en cuestión de 1 mes. Lo que habíamos formado en tan poco tiempo.

Y supe que la respuesta era negativa en cuanto salí disparado detrás suyo, alcanzándola y dándole la vuelta. Inmediatamente bajó la cabeza, su pelo cubriendo su rostro, buscando cualquier parte que ver menos a mí. Quería gritarle, pellizcar su espalda, ¡obligarla a que me observara!

Pero no lo hice.

—Lizzie, ¿de qué hablas? —me acerqué a ella, esperando a que sus ojos se encontraran con los míos. No fue así—. El viernes… ¿Hice algo mal? Pensé que todo había salido bien. No entiendo, ¿no te gustó? ¿No sientes lo mismo? Porque podemos seguir siendo amigos… yo…

Sentí su mano en mi pecho, de alguna forma deteniéndome de seguir.

—Trey, no es nada de lo que piensas. Eres increíble. Este mes ha sido el mejor de mi vida, pero… Solo aléjate de mí. Es lo mejor para ti, créeme —susurró, una lágrima cayendo de su mejilla al suelo, indicándome que ella no estaba bien. Traté de abrazarla, de analizar la verdad en sus ojos, pero entonces se zafó, corriendo a través del pasillo, dejándome medio anonadado y con algo que nunca pensé que tendría el honor de conocer.

A un corazón roto. Y créanme, ustedes no quieren tener el placer de sentirlo, porque se siente como la mierda —y ese es un suave nombre que podría darle—. Así que sí, aquí estoy, viernes por la mañana, llegando a tal punto de desesperación en el que me vi casi obligado a correr a los brazos de mi madre cuando llegué ayer por la tarde del colegio. No del tipo “MAMÁ, abrázame, ¡una chica me rechazó y ahora lloro del dolor!”, sino como…

—Mamá —me rasqué la nuca incómodo—, ¿podemos hablar?

Ajá, exactamente eso. Y luego pasar por todo el procedimiento de la mirada conocedora de la señora que manda en la casa, esa revisión de arriba hacia abajo que suele darte cuando sabe que algo andaba mal y solo esperaba a que vinieras a ella, como sabia madre que es. Era como si yo hubiese cometido un crimen y esperase para interrogarme, palmeando el lado del sillón en el que había estado sentada, haciéndose a un lado. Sonrío con dulzura, pero yo podría ver detrás de toda esa fachada: oh sí, había maldad pura.

Y a maldad pura me refiero a la maldad que pueden tener las mamás: ya sabes, molestarte con la chica que te gusta, patear tu trasero cuando chocas su carro en la práctica de manejo —cosa que obviamente no hice—, y amenazarte con matar al gato que vive contigo cuando se meó en la cocina.

—Dime Trey, ¿qué está pasando en esa cabecilla tuya? —preguntó, mientras golpeaba ligeramente con un dedo mi frente. Me tambaleé exageradamente hacia atrás, haciendo que se riera, mostrando sus dientes ligeramente torcidos, pero lindos—. La pelirroja ataca, ¿eh?

Sonreí suavemente y bajé mi mirada hasta el piso alfombrado de la sala, viendo cómo Rocky —ya mucho más crecido y saludable, por cierto—, se acercaba hacia mí, donde se subió al sillón con comodidad, pidiéndome que lo acariciara.

Mamá frunció el ceño.

—Baja esa bola de pelos de mi sillón, Trey.

La miré con ojos de cachorro, acunándolo más en mis brazos. Maulló, pidiendo clemencia también, sus grandes ojos verdes suplicándole que lo dejara quedarse.

Suspiró.

—Está bien, pero si hace una cochinada, no se vuelve a subir, ¿oyen?

Asentí y dejé mis dedos vagar por el delicado pelaje de mi gatito, quien se relajó contra mis regazos. Todo el mundo lo amaba, hasta mamá, aunque no lo admitiera.

—A ver, nos estamos desviando del tema, hijo —palmeó mi rodilla con cariño, analizándome, casi desnudando mi alma—. ¿Me contarás qué pasó?

Obviamente lo iba a hacer, sino me iba a quedar calvo antes de tiempo de tanto pensar.

La miré durante unos segundos, tratando de formar las palabras para contarle todo, pues parecía demasiado complicado.

Suspiré.

—Muy bien, má… ¿Recuerdas que el viernes pasado salí con Lizzie por su cumpleaños? —asintió, su mirada brillando con el recuerdo. Se había emocionado de verme todo arreglado—. Am, bueno, la cena fue muy buena, hablamos mucho, ella se divirtió y yo también. La gente nos veía raro porque éramos demasiado jóvenes para estar en un restaurante así, pero los ignoramos. La hice reír.

—¿La dejaste pasar primero? ¿Y le abriste la puerta de tu coche? —interrumpió y se preparó para regañarme.

En ese momento rodé mis ojos, como mucho.

—Y ordenó primero, pagué por la comida, le dije lo hermosa que se veía. Todo, mamá.

—Bien, bien. Así me gusta.

Y luego dicen que no es estricta.

—La cosa es —seguí, dándole a entender que por favor, escuchara—, que al final de la noche la llevé a la parte trasera del lugar, a una piscina y comenzamos a hablar. Y la besé y, bueno, fue bastante increíble.

Su ceja salió disparada hacia arriba, una mirada conocedora se extendió en su rostro. Juro que me sentí sonrojar, por lo que desvié la mirada, porque no soy del tipo que se ponen rojos, pero decirle esto a tu mamá… Puede llegar a ser incómodo. Incluso con la confianza que le tengo.

—Luego la dejé en su casa y podría asegurar que todo estaba bien, ¿sabes? —mordí mi labio inferior, mis manos se revolvían en Rocky como si tuvieran polvo pica pica. Hasta chilló el pobre—. Así que vine a casa tranquilo, pasé el fin de semana esperando verla el lunes en clases y, ¡oh! No estaba. No llegó ningún día hasta hoy.

Se encogió de hombros, no entendiendo.

—Pero, ¿cuál es el problema? Simplemente no fue al colegio, no es como si estuviera evitándote, amor.

Tragué y meneé mi cabeza de un lado a otro.

—Sí, pero cuando fui a saludarla hoy, me apartó… dijo que quería que me alejase de ella. Que era lo mejor para mí —mi voz se volvió ronca; apreté la mandíbula—. Ni siquiera me vio a los ojos, mamá.

Un silencio ensordecedor se oyó en la sala —¿se puede oír un silencio?—, mientras analizaba toda la situación, siempre recta y firme en el sillón, concentrada en sus propios pensamientos. Era por eso que yo recurría a pedirle consejos: porque nunca los tomaba como algo ligero, por más estúpido que fuera. Se encargaba de escuchar atentamente, de sacar conclusiones que tal vez yo no podría tener porque no pensaba con la mente fría. Jamás flaqueando en lo que podría decirme.
Finalmente, se acomodó en su asiento, por lo que yo supe que estaba lista para hablar.

—¿Ella se veía mal o muy relajada con todo?

Negué inmediatamente. No, Lizzie no era así.

—Antes de que escapara vi una lágrima cayendo.

Mamá frunció el entrecejo, confusa.

—¿Hablaste más con ella? ¿Discutieron algún momento el viernes? ¿Algo?

Volví a negar, porque yo sabía tan poco como mi madre.

—Nada, má. Ese día solo reímos, nos contamos cosas, nunca discutimos o peleamos. No pude hablar más con ella hoy, cualquier momento que tuviera para acercarme se desvanecía porque salía corriendo —pensé por un segundo, concentrándome en el pelaje naranja de Rocky—. Ahora que lo pienso, no podía verme a la cara. Siempre se tapaba con su cabello.

—Bueno, eso es extraño —dijo. Colocó sus manos en su regazo, clara señal de que estaba llegando a respuestas a las que yo no podía arribar—. ¿Me dijiste que es retraída? ¿Y que no vino durante días al colegio?

Asentí, no queriendo interrumpirla.

—Si agregamos el hecho de que no te ve a la cara… —me observó por unos segundos, su cabello café cayendo sobre sus ojos en pequeñas capas. Las sopló, incómoda, nunca perdiendo el contacto visual.

Había algo en su mirada… Conocimiento, pero confusión. Y yo ahí, medio idiota, todo ignorante. Gah.

—¿Cuál es el resultado de su evaluación, doctora?

Sonrío ligeramente, acercándose un poco más a mí, tomando mi mano entre la suya mientras la estrujaba con fuerza. Me vio con intensidad, pero ternura a la vez, calmándome de alguna forma.

—No sé si estoy bien o mal, Trey, puede que esté saltando a conclusiones que no son más que locuras, pero tú me has contado tanto de ella. Sobre cómo es tímida, no sabe defenderse, que la tratan mal en el colegio —mordió su labio, insegura—, que llega mal algunas veces de su hogar. Y hasta yo la he visto, lo sabes, la conocí. Pude observar con mis propios ojos su lindo rostro.

Sonreí. Era precioso en verdad.

—Y, aunque sin duda es una chica adorable, hay algo en su mirada que tú no tienes —la vi sin comprender. Elevó las comisuras de sus labios, lista para explicar—: temor.

Rodé mis ojos. Dime algo que no sepa.

—Eso ya lo sé mamá. En el colegio le hacían la vida imposible.

Vuelve a negar, su iris brillando.

—No, Trey. No lo entiendes. Es más que eso. Elizabeth… No es igual alrededor de todos. Mucho menos los hombres —debí tener una cara muy estúpida, porque no captaba nada. Suspiró exasperada—. Escucha, ¿recuerdas el día en que ustedes dos estaban en McDonald’s? ¿Cuándo la conocí?

—Sí, lo recuerdo —afirmé, muy seguro. En ese momento Rocky seguramente se hartó, porque se levantó y se fue. Maldito gato.

—Bueno, después de que me la presentaste, hubo un momento en el que se quedó sola mientras hablábamos y yo pude verla —su pie comenzó a moverse, ansiosa—. Sus ojos nunca se mantuvieron tranquilos, cariño. Siempre veía de un lado hacia otro, con miedo. Si un chico se acercaba o la miraba, ella se apartaba inmediatamente, lejos de él. Diría que es todo un privilegio que siquiera te haya dejado acercarte.

Acarició mi hombro.

—No sé lo que Elizabeth piensa o por lo que ha pasado, pero tengo una conclusión en la que deseo errar, sin embargo, no te la diré, porque estoy segura de que te darás cuenta por ti mismo o que ella te contará. De cualquier forma, estaré aquí para ustedes, no importa lo que pase —se levantó, dándome a entender que estaba terminando—, pero por ahora, lo único que puedo aconsejarte es que no la dejes sola. amor, por más que te pida que te alejes, porque no debería estarlo. Nadie como ella tendría que pasar por eso sin alguien a su lado.

—Pero, entonces…

Alzó su mano, casi callándome con un solo gesto. Dios, no entendía nada.

—Hazme caso, Trey Petryfork. Por ahora no puedo hacer nada, pero tú sí, así que deja de hacerte bolita en ti mismo y búscala como loco mañana, porque estoy segura de que te necesita. Convéncela de ello. Deja que lo admita.

Asentí, aún inseguro de lo que mamá había llegado a concluir, sin poder pensar en qué podría ser y así, mientras la veía salir hacia la cocina, supe que tenía a la mejor madre del mundo…

Aun si me hacía embolias en la cabeza.

Así que sí: ese es un resumen de mi grandiosa semana, auspiciada por el “Destino” que hace de tu vida miserable cada tanto. La mejor publicidad que puedes tener. Y es por eso que ahora me encuentro aquí, en el casillero, 10 minutos antes de que la campa suene para empezar clases, golpeteando con mis dedos el metal, mi mente repitiendo una y otra vez las palabras de mi mamá.

“Nadie como ella tendría que pasar por eso sin alguien a su lado”.

¿Qué rayos significa eso? ¿Pasar por qué? ¿El maltrato en el colegio? Pero he estado con ella todo este mes, así que no puede ser eso. Mierda, odio estar ignorante. Debería ir a una mujer a que me lea las cartas.

Y también dejar de pensar tanto en cosas de predecir el futuro, no sé qué me pasa.
Muevo los pies, nervioso, esperando con ansias a que finalmente llegue. Necesito verla por unos segundos, saber que está bien, entera, que pudo venir a clases y que por lo menos anda por los pasillos caminando. Tener la oportunidad de buscarla cada que pueda para que hable conmigo, para hacerle saber que aunque me diga que me vaya, no lo haré, porque los Petryfork somos testarudos y orgullosos y si tengo que insistirle cada día de la otra semana lo haré, con tal de que me vea a los ojos y me diga que todo está bien.

Pero no un “claro-que-estoy-bien-¿no-ves-mi-sonrisa-fingida?” Sino un “estoy-tan-bien-que-saltaría-vallas-de-la-felicidad” Ese mismo. No estaré satisfecho hasta no recibir uno así.

Y si no pasaba, pues que se acostumbrara al constante zumbido de mi voz, buscándola hasta que se digne a hablar.

Mi corazón da un vuelco cuando ella entra por las puertas principales, su rostro cubierto de cualquiera que desee verla con su cabello rojizo, haciéndola resaltar. Lleva una gran sudadera —lo que es raro, porque yo medio muero de calor—, y pantalones largos, con botas también. No puedo evitar preguntarme si realmente está enferma, porque debe de tener frío para estar tan envuelta en sí. A lo mejor por eso sonaba tan ronca.

Se dirige directamente hacia el casillero sin hacer contacto visual con nadie más que con el piso, cargando unos libros en sus manos. Cuando llega, abre la puerta sin ni siquiera dirigirme una mirada, la combinación siendo destrabada sin necesidad de que se fije en ello. Guarda todo con rapidez, sacando —otra vez—, sin ver sus libros de ciencias e historia, casi lista para irse con la velocidad de flash.

Inmediatamente la detengo.

—Ángel —susurro, tocando su brazo con suavidad. Para ligeramente, apretando las manos contra lo que lleva—, tenemos que hablar. Por favor.

Pasan unos segundos en silencio, el único sonido existente son los alumnos caminando a nuestro lado, sin saber lo que está pasando entre nosotros ahora mismo. Puedo escuchar la campana sonar, indicando que es hora de entrar, sin embargo no la suelto y ella tampoco se aparta. Me acerco todavía más, la conexión entre nosotros fuerte y potente, como siempre sucede cuando la tengo al frente. Sé que se impulsa ligeramente a mi lado, pero hay resistencia, mucha más de la que alguna vez existió.

—No puedo, Trey. No quiero —habla temblorosa—. Te dije que te alejaras de mí: hazlo. Te lo pido.

Niego con la cabeza, aún si no me está viendo hacerlo y aprieto mi agarre, acariciando sobre la tela.

—Liz, no voy a alejarme. Yo sé que no quieres esto,  lo siento en ti —me agacho lentamente, queriendo llegar a la altura de su rostro—. Mírame a los ojos, Elizabeth y dime que no sientes nada. Que lo que ambos sentimos constantemente no existe. Que cuando te besé, no te gustó. Que es demasiado pronto. ¡Dios, grítame que es mentira si es así! Pero hazlo viéndome directamente, sin tapujos.

—Trey… —su voz se quiebra, comenzando a temblar como un pequeño cordero asustado. Trato de abrazarla, pero vuelve a irse, jamás dirigiéndome ni una sola mirada—, no puedo, es verdad, pero tú no necesitas esto. Nadie lo necesita.

—Elizabeth —digo, esforzándome por volver a alcanzarla, solo que es rápida y ya no está, desapareciendo por los pasillos del colegio, llegando tal vez tarde a clases. Y es así cómo me quedo, queriendo arrancarme el pelo, porque ahora no solo trato de descifrar lo que mi madre dijo, sino también el “nadie lo necesita” en el que cree tan fervientemente.

¿Qué no necesito? ¿A ella? ¿Su risa, sus labios, su olor? ¿La manera en que su nariz se estruja cuando algo no le gusta? ¿Su irónico sentido del humor? Qué es lo que necesito, sería una mejor pregunta, porque está clara su respuesta: es a ella la que ocupo.

Confundido más que nunca me desvío a las aulas, sin ganas de prestar atención. Y es así como realmente no me importa cuando me regañan porque llegué tarde o sobre cómo dejo pasar las palabras y apuntes dichos por los profesores una y otra vez conforme avanza el día. Me quedo analizando las cosas mientras observo la ventana con sumo interés, sin llegar a poder tener algo en claro y me desespero, porque quiero saberlo todo de ella, pero no me dejará saber nada hasta que esté lista para hacerlo —o que mi mamá me diga, pero cualquier persona inteligente sabe que no me dirá nada, por lo que llego a la conclusión de que debo salir de esa habitación monótona con colores que solo logran darte sueño o hambre, aún si me pierdo de la interesante lección de química en el que mi profesor se ha inspirado esta semana. Después de todo, faltan como 20 minutos para el almuerzo y si lo convenzo de que me comí muchos “panqueques” con “miel” de maple para el desayuno, seguramente haré una salida limpia y con clase de este maldito reformatorio.

Síp, no debería llamarse colegio, sino cárcel. Tal vez peor.

—Disculpe, ¿profesor? —inmediatamente detiene su escritura de la pizarra con su pilot, volviéndose con un poco de molestia. El hombre puede dar miedo si se lo propone. Está en sus 50, canas rozando su cabello negro y ojos del mismo color. Como es alto y siempre viene con traje da un aire de “soy mejor que tú”, pero te acostumbras con el tiempo, aunque nunca recuerdo su nombre o apellido.

Era algo como Pipet o Pipleton. Sonaba a manzana, y creo que rimaba.

—¿Sí, señor Petryfork?

Odio la manera en la que pronuncia eso. Casi escupiéndolo; creo que no le caigo muy bien —y con “creo” me refiero a que estoy seguro de ello.

—¿Podría ir al baño?

Observo bien cómo se contiene de rodar sus ojos, bufando con irritación. Ya sé lo que piensa: estamos a mitad de la lección y a mí se me ocurre salir a hacer mis necesidades diarias, cuando te repiten una y otra vez que tienes que acostumbrar  a tu cuerpo a ir al baño cuando se le permita.

Bueno, ¿qué quiere que haga? ¿Bajar mi cabeza y hablarle con dulzura a mi vejiga, diciendo que hay que expulsar lo que tenga que sacar a una hora específica? Noup. No creo que lo haga.

De todas formas no tengo que ir, es solo una excusa, pero igual.

—Está bien, sin embargo no me hago responsable de explicarle lo que hayamos visto.

Claro, ¿por qué se tomaría la molestia de hacerlo?

—Gracias, señor —digo, saliendo por la puerta con todas las miradas picando en mi espalda. He estado consiente de los rumores que han pasado por cada oído de los alumnos de este lugar. Como han visto que Liz no vino durante algunos días y que los que sí vino ni siquiera se dignó a verme, se han inventado alguno que otro chisme por diversión. Después de todo como que no tenían ninguno fresco y Liz y yo les dimos uno. Algunos dicen que tuvimos sexo, la dejé embarazada y la abandoné. Otros lo mismo, pero que abortó. La leyenda más tenebrosa cuenta que le quité su virginidad y luego pasé a otra más nueva y moderna —y que ambas terminaron igual, con un hijo en sus vientres—. Si me lo preguntan, tienen una extraña obsesión con los embarazos, lo que es raro.

Suspiro. Últimamente suspiro demasiado.

Mientras camino con lentitud por los pasillos en dirección al baño —bueno, tengo que hacer algo en este tiempo libre—, analizo con intensidad cada marca en el piso, pared o ventana. La luz del sol se filtra entre las rendijas, haciendo que tenga que entrecerrar los ojos. Lo que siempre me ha gustado de aquí es que hay mucha vegetación: árboles por doquier, pájaros en sus nidos, flores brotando en arbustos de fuera. Es muy decente para un colegio, de hecho.

Medio distraído, dejo pasar unos sonidos que provienen de lejos, callados por la distancia. Aunque planeo no concentrarme en ellos, hay algo que me detiene, porque primero pensé que eran gritos de una pareja peleándose por x razón, pero ahora que escucho mejor estoy un poco dudoso, ya que suena como si una chica hablase y otro la callase con una mano. Más que eso, suena un poco mal.

Jum, sospechoso.

Cambio de rumbo hacia el murmullo de voces, guiándome por el último rezago de instinto que me queda. Ni siquiera me apresuro a propósito, solo siento cómo mis pies se mueven cada vez más, ansiosos, como si supiesen lo que sucede, aún si no lo hacen. Cuando doy la vuelta en la esquina hacia la izquierda, me detengo por un segundo, porque tengo que meter lo que veo lentamente en mi cabeza, la rabia instalándose poco a poco. No, esa palabra no calza: enojo sí.

Podría describir la escena que se desarrolla ante mí de miles de maneras que nadie podría imaginar. Despotricaría con odio cada una de ellas, maldiciendo una y otra vez, furioso, casi echando humo. No puedo si quiera tratar de decir con palabras lo que hay ante mí.

Intentemos imaginar esto: digamos que los casilleros se encuentran a mi izquierda, una pareja allí, apoyándose en él. La espalda de la chica está contra uno y el muchacho se cierne sobre ella, muy cerca de su rostro. Ahora, cualquier persona normal pensaría —deduciría—, que están en media escena romántica, a punto de besarse, excepto por dos grandes peros: uno, la señorita tiene la cabeza agachada, todo su cabello cubriéndole el rostro y dos, casi está temblando. Puedo verlo desde donde estoy.

Y agreguemos un tercero: la joven es Elizabeth, con su rojizo pelo brillando y el idiota es Derek, porque su estúpido rubio cabello lo delata.

Y bueno, aquí es donde yo entro en escena, porque ambos brazos están encarcelando a Liz entre él, sin darle salida alguna. Ella se revuelve, chilla, trata de irse, pero no la deja, sino que se ríe amargamente y, con una pierna, la astilla más contra sí.

—¿Qué pensaste? ¿Qué por no venir unos días te salvarías de todo? ¿Qué me olvidaría de ti? —su voz es grave y amenazante mientras me acerco a ellos, mi puño cerrándose sin querer—. Tan indefensa y sucia.

Podría decirse que eso es lo último que logra decir antes de que me acerque y lo lance contra la pared de metal, haciendo eco por el pasillo. Sus ojos me miran, desconcertado, hasta que puede ver bien quién es el que lo acaba de hacer y el reconocimiento lo rodea, preparándose conmigo. Mi mano vuela a su mandíbula, chocando gravemente en algún hueso del que no tengo conocimiento. Él aúlla y se retuerce, pero cuando trato de atestarle un puñetazo en el estómago me detiene rápidamente, volteándome en una llave, quedando al revés con nuestras posiciones. Patea cerca de mi ingle, solo que no lo suficiente, ya que aunque me duele bastante tomo su distracción para codearlo en la costilla.

—Mierda —susurra, una mueca formándose en sus detestables labios. Puedo escuchar a Liz gritando algo, sin embargo no estoy muy consiente ahora mismo. Mi único propósito es enseñarle a este imbécil que con ella, nadie se mete.

Intenta darme un golpe en la nariz, lo que logra a medias antes de que mis dedos vayan por su garganta, llevándolo conmigo hasta el otro extremo del lugar. Lo aprieto contra él, sus ojos azules observándome con ira y algo más que no reconozco bien. Soy un poco más alto, pero aun así estamos muy parejos. Puedo sentir la tensión en todos sus tendones, igual que los míos.

—¿Qué estabas haciendo, eh Derek? —digo, mi voz extrañamente calmada, cada palabra pronunciada con determinación—. ¿De nuevo en tus andanzas de matón?

Su cara comienza a ponerse roja, por lo que suelto un poco mi agarre, pero no lo suficiente como para que se vaya.

—Ella lo merece.

Mi otra mano choca contra los casilleros, haciéndolo saltar. La ira está bullendo muy mal dentro de mí.

—Nadie lo merece —nos observamos directamente el uno al otro, una amenaza en todo mi rostro—. Ninguna mujer lo hace, tampoco un hombre, mucho menos un niño. Simplemente esto no debería existir…

Respiro, controlando mis impulsos de pegarle un poco más. Ya siento algunas partes de mi cuerpo doler.

—Personas como tú no deberían existir —susurro, analizando la manera en que todo él se transforma, el dolor en su cuerpo. Hay algo en su expresión que cambia, como si las palabras que le acabo de decir lo hubiesen lastimado realmente. Espero que lo hagan, tanto como cada insulto y cosa que le ha hecho a Elizabeth. Si fuese por mí, no permitiría que se volviesen a cruzar nunca más—. Y quiero que quede claro que si vuelves a decir, golpear o hacer algo contra Liz, no importa lo que sea, te las verás conmigo, chico, porque la cosa es pelear con alguien de tu tamaño, no desquitarte con el más débil. Porque esto que haces —señalo alrededor, refiriéndome al colegio en sí—, se llama bullying y es una de las causas de suicidio en Estados Unidos. Por idiotas como tú, muchos pierden los deseos de vivir.

Me detengo para que cale mis palabras, mis hombros relajándose mientras lo suelto y dejo que me vea, anonadado por todo lo que acaba de oír.

—Por matones así, la palabra “autoestima” se extingue. ¿Realmente quieres seguir siendo uno de ellos?

El silencio invade el lugar, haciéndonos mirar el uno al otro con odio, ira y, ¿tristeza? No lo sé, pero cuando abre la boca para hablar, alguien toca mi hombro por detrás, haciéndonos saber que estamos en problemas, porque el director nos mira fijamente, enojado como la mierda.

Oh vaya. Esto no puede estar bien.

—Ustedes dos —grita, sacando un dedo para señalarnos y luego a su oficina, lejos de aquí—, quiero que marchen a mi oficina ahora mismo.

Trago, asintiendo con formalidad y dirigiéndome inmediatamente en su dirección al igual que Derek, sin embargo no puedo evitar buscar a Lizzie, pero pronto me doy cuenta de que ella no está aquí, ni siquiera un rastro.

Me tenso de nuevo, aun entendiendo menos de lo que entendí en la mañana. ¿Qué rayos estaba haciendo fuera de clases, siendo amenazada por Derek? ¿Y por qué no pudo quedarse para hablar aunque sea conmigo? ¿Acaso hice algo tan mal, en serio?

No, estoy harto. Apuesto a que no tendré almuerzo por ser regañado como loco, además de tener que ir a las lecciones más aburridas del planeta, pero esto no se queda así. La buscaré y tendrá que charlar conmigo, viéndome directamente a los ojos.


Le guste o no.

                                           Elizabeth.

Un paso, dos de él. Cuatro distracciones, tres de sus llegadas.

Corre, no dejes que te atrape. Escapa, porque está acercándose. No, él está tras de ti. Sí, está en tu espalda.

Pero ya no tienes espalda, porque te golpeó con algo. ¿Un cinturón? ¿Su mano? ¿El zapato? ¿Qué es? Nada, pero a la vez tanto.

Duele, sin embargo lastima más la forma en que lo hace. La manera en la que sientes a tu alma desgarrarse lentamente, pedazo a pedazo. Tengo que irme, no estar a su alcance, pero ¿cómo hago eso, si esta casa es tan pequeña?

La puerta: enciérrate. Ya casi llegas, solo acelera. Si logras hacerlo, te habrás salvado.

Llega, llega, llega…

Pero no lo hiciste. No llegaste.

No te salvaste.

Me despierto inmediatamente, sudando como nunca antes lo he hecho en mi vida. Mi respiración está acelerada y jadeo por aire, mientras reviso la habitación con temor. Mis manos están temblando como si las hubiese metido en hielo, frías y pálidas y tengo que llevar una a mi corazón para asegurarme de que estoy viva, despierta.

Era una pesadilla, solo eso. Un mal sueño.

Agarro mi cabello con fuerza, calmándome a mí misma. El cuarto está oscuro, pero es mío, con sus ventanas en los lugares adecuados y la cama hecha porque me acosté sobre el colchón. Aún hay luz del sol, aunque deben ser como las 4:30 pm ya. Estoy completa, tranquila y segura en mi hogar.

Sí, claro: segura.

Por lo menos ahora sí lo estoy, porque cuando llegué del colegio antes de tiempo papá no estaba. Me fui con la excusa de que estaba un poco enferma —la misma que utilicé para dar una razón lógica de por qué no había ido en los últimos 3 días—, así que me dejaron ir temprano, para evitar tener que enfrentarme con Trey y sus hermosos ojos verdes.

Él no podía verme así: nadie podría.

Suspiro, levantándome lentamente de mi cama con el impulso de mis brazos que todavía parecen responder. Hay un pinchazo cuando los fuerzo mucho, pero no están tan mal como otras cosas en mí.

Mi cara, por ejemplo.

Me encantaría poder explicar todo mejor, pero realmente no recuerdo mucho de la noche del viernes anterior. Es como si mi mente hubiese bloqueado todo lo traumático —cosa a la que estoy acostumbrada a que haga—, para protegerme contra la sorpresa e indignación de sea lo que sea que haya pasado. Lo único de lo que estoy realmente segura es que, cuando desperté el sábado por la mañana yo no estaba en mi habitación, sino en el jardín, el lugar al cual voy a calmarme. Por lo que sí, deduzco que pasó algo malo, sin embargo no quiero recordarlo aún.

Todavía no.

Después de toparme con el sol en mi rostro y uno que otro bicho encima de mí, corrí hasta la casa, sintiendo la molestia en mis extremidades y, extrañamente, mi cara. Mis mejillas ardían y no del tipo de sonrojo, más bien algo como… sensibilidad. Estaban muy sensibles.

Al entrar, papá dormía en un sillón, botella en mano, todo desparramado en el lugar, con su camisa medio levantada y barba incipiente en su mandíbula. Como es usual lo ignoré, pero no al desastre que se cernía a su alrededor, todo sucio y remolcado. Hasta hice una mueca de lo grave que era.

Subí las escaleras tranquilamente, yendo directamente al baño que ya tenía la puerta abierta y fue ahí donde me vi.

El espejo me enseñó un rostro que no reconocí, totalmente diferente al que había vislumbrado sonriendo en la noche, con un poco de maquillaje bonito sobre sí. En ese instante estaba corrido, como si hubiese llorado y debo decir que se confundía con las diferentes tonalidades de colores que ahora acaparaban la mayoría de mi cara. Hematomas por doquier, verdes, morados, los más graves rojos. Todo magullado.

Recuerdo que cerré los ojos y mordí mis labios, deseando que fuese un sueño, que la realidad era que había llegado de mi cita con Trey y me había ido a dormir, sin ser descubierta. Deseé con tantas ganas que cuando los abriera estuviese viendo el techo de mi casa, pensando: es hora de levantarme. Finalmente tengo 18 años.

Todo, menos esto.

Comencé a desvestirme, mi vestido rasgado con manchas de sangre, temblando en todo el proceso, no permitiendo que las lágrimas se derramaran más de lo que normalmente hacen. Y conforme mis brazos se veían descubiertos y mis piernas estaban desnudas, jadeé con dolor. Yo observé, analicé y toqué cada morete, rasguño… cortadas, y las apreté con fuerza para sentir dolor. Para estar realmente segura de que estaba viva.

Y lo estaba.

No voy a mentir: no era la primera vez que eso pasaba. Muchas ocasiones tenía este tipo de lesiones, porque él no se controlaba si tomaba demasiado, pero había algo diferente, porque nunca olvidé lo que me hacía. Jamás caí inconsciente o borré de mi memoria lo que pasaba. Normalmente recordaba.

Sin embargo, esto era inusual, porque todo dolía más. Cada movimiento tironeaba con fuerza y me abstenía de gritar. Creo que pocas partes de mi cuerpo no tenían alguna prueba de lo que había hecho.

Pero entonces, la pregunta final era: ¿qué fue lo que realmente hizo?

Busqué en mi cabeza todo el día sobre qué había pasado, pero nada llegó. Y evité todo contacto con él, encerrándome en mi habitación hasta altas horas de la noche. Lo único que pude obtener de lo que podría haber sucedido fue en mis sueños y desgraciadamente lo odiaba, porque eran pesadillas, tal y como la que acababa de vivir.

No fui a clases el lunes, mucho menos a las de tenis, no quería arriesgarme a Trey viéndome así. El martes me sentía demasiado mal como para moverme, así que tampoco me presenté. Y el miércoles, en un ataque de pánico decidí no ir.

Pero entonces, el ataque contenía algunas cosas bastante malas: como Trey dándose cuenta de todo. Y allí es cuando comencé a pensar demasiado las cosas. No podría dejar que él se enterara, porque comenzaría a ver qué era lo que pasaba en casa, cosa que no quería. Además, ¿por qué cargarlo con todos mis problemas? ¿Realmente quiero involucrarlo y preocuparlo? ¡Solo llevamos poco más de un mes conociéndonos! Y justo hace pocos días me dio mi primer beso. Simplemente le gusto: no soy algo más profundo como para que pueda llevar la… carga que soy yo.

Podía imaginarlo entrando al colegio, listo para saludarme en el casillero. Abrazándome, besándome, sin darse cuenta de que mi rostro estaba totalmente diferente a como él alguna vez lo ha visto. Y entonces levantaría la mirada y me vería fijamente, sorprendido y asqueado, preguntando qué pasó, cómo, por qué. Demasiadas preguntas a las que ni siquiera tengo respuesta, para luego… ¿qué? ¿Qué haría él? Apartarse, irse, como cualquier persona cuerda. No lo culparía realmente, pero ¿para qué permitir que vea todo de mí si se largará como los demás? ¿Por qué no simplemente dejarlo ir yo mucho antes? Evitaría un montón de sufrimiento y drama. A Trey.

A mí.

Por lo que, el jueves, cuando descubrí que si no iba seguramente llamarían a casa, fui a clases, pero tenía todo un plan: mi pelo es lo suficientemente largo como para tapar toda mi cara, así que lo único que tenía que hacer era pasar encorvada todo el día, aún cuando Trey llegó y trató de que lo viera a los ojos.

Malditos verdes ojos.

Debo confesar que casi caigo en la trampa. Estaba a segundo de alzar un poco la mirada y observarlo durante unos minutos, pero me abstuve a todo. No podía hacerme eso, no quería que se involucrara. No es algo por lo que él deba preocuparse a estas alturas, así que me fui y sé que me vio irme, seguramente preguntando qué hizo mal, cuando no fue así. Hizo todo bien.

Suspiro. Esto es muy complicado.

Me dirijo a la sala, solo para estar completamente afirmativa en que papá no está en casa. Por lo que veo estoy bien, debido a que sigue ordenada, a diferencia de cuando llega y coloca todo al revés. Una que otra botella está tirada, pero no es tanto como para llamarlo desorden. No es impedimento para dejarme caer sobre el sillón con un largo hundimiento, mirando todo a mí alrededor.

¿Cómo sería si mamá no hubiese muerto? ¿Si enamorase a papá cada día de su vida como antes? ¿Si ella… estuviese aquí?

A lo mejor tendríamos un perrito, o yo un hermanito menor. Mi padre tomaría en fiestas y moderadamente, porque nunca le gustó tomar mucho enfrente del amor de su vida. ¡Puede que la casa no fuese tan echada a perder! Sería tan bonita y reluciente.

Hago una mueca. Dios, odio hacer eso: imaginar cosas que no pueden suceder. Es estúpido. No es como si fuese a venir todo a mí por soñar con sucesos imposibles, más bien me traen desdichas, como las de hoy.

Oh sí, soy tan inteligente que le pedí permiso de ir al baño al profesor en las lecciones antes del almuerzo porque simplemente no podía concentrarme. Pensé que si salía un poco, me despejaría y podría prestar más atención, porque lo único que me faltaba era que me fuese mal en el colegio, por lo que salí y caminé bastante. Tanto, que me desvié un poco acerca de lo que pensaba y tuve que fantasear sobre cosas sin sentido. Para el momento en el que llegué al pasillo cerca de la cafetería, ni siquiera estaba notando que alguien caminaba a mi lado, con cautela.

Todo fue muy rápido, si tuviese que decirlo. De un pronto a otro ya no estaba sobre mí, sino atrapada entre Derek y los casilleros en mi espalda. Gracias a Dios recordé bajar la cabeza o podría haberme visto, solo para recibir otra cantidad de burlas a las que no tenía ganas de responder.

Aún estoy tratando de averiguar por qué me atacó de esa manera, cuando ni contacto visual había hecho con él. Es como si simplemente le hubiesen entrado ganas de bajarme la moral, para entretenerse por un rato antes de entrar a recibir lecciones. Tal vez es que me tomó en un mal día o en una pésima hora, pero tuve que golpearlo en el pecho. Duro, sin embargo no en exageración para evitarme problemas.

Claro, si quisiese esto no lo habría lastimado por ninguna razón y en cambio lo provoqué, dándole razones para seguir con su “divertida” hazaña.

—Já, Elizabeth se hizo fuertecita, ¿eh? —dijo, acercándose cada vez más a mí. Sentí su colonia, un exceso de olor para mi gusto. Me asqueé, porque olía a maldad. A podrido—. Tan, tan indefensa y haciendo intentos de defenderse.

Una pierna se clavó entre las mías, pulsándome contra la pared. Chillé y me removí, intentando escapar, sin éxito alguno. Sus palabras siempre herían, aunque nunca he entendido por qué. Ya no deberían hacerlo, simplemente tendría que entrarme en un oído y salir por el otro, solo que no es así.

Todos los días pinchan y se repiten en tu cabeza como grabadoras, recordándote lo poco que vales y lo mucho que otros desean que no estés aquí. Lo bien que estarían sin ti.

—¿Qué pensaste? ¿Qué por no venir unos días te salvarías de todo? ¿Qué me olvidaría de ti? —su voz es grave y desafiante, escuchándose cada vez más cerca. Estoy segura de que sus labios también lo están—. Tan indefensa y sucia.

Me encogí, cerrando mis ojos fuertemente para hacer un pésimo intento de desaparición. No sabía lo que iba a hacer, pero fuese lo que fuese no parecía bonito. Hasta que…

Ya no estaba encima de mí.

Tardé algunos segundos en reaccionar, no muy segura de lo que estaba sucediendo. Los casilleros se movían con fuerza, cimbrando debido al metal. Un “mierda” salió de la boca de alguien. Abrí los ojos lentamente, observando con calma cómo Trey estaba encima de Derek, sus facciones bronceadas y luminosas llenas de ira. Apretaba la mandíbula tan duro que temí que se le fuese a romper. Lo rojo en sus mejillas me atemorizaba. No quería que pusiese así, no él.

—¡Trey! —grito, acercándome a ellos con temor—. ¡Déjalo en paz! No vale la pena.

Un puñetazo voló hacia su nariz, chocando levemente contra su rostro y obviamente ignorando mis súplicas. En un segundo ellos estaban a mi lado y al otro, ya lo tenía en el lugar opuesto del pasillo, haciendo un horrendo eco por la agresividad.

No pude evitarlo: tuve que correr a la oficina del director para avisar. Sé que lo metería en problemas, pero prefería eso a que le hiciesen algo grave o terminase lastimado, así que sí: mis pies iban a tanta rapidez que casi me caigo dos veces, sin embargo lo logré y cuando la secretaria me preguntó que qué pasaba, lo único que pude hacer fue ignorarla, entrar sin permiso a la sala y jadear.

—Hay —respiré, tratando de recuperar aire mientras el hombre de ojos cafés y cabello rubio de unos treinta y tantos me veía anonadado, con teléfono en mano—, una pelea en el pasillo.

Bufó, levantándose con velocidad como si estuviese totalmente acostumbrado a estas situaciones. Supuse que era así, porque, ¡Vamos! En los colegios siempre hay algo así. No sin público y entre clases, pero suceden.

Seguí al director desde atrás, asegurándome de que llegara al lugar indicado, pero no me quedé para ver lo que hacía. Me fui en otra dirección para esconderme durante un rato en la biblioteca, así que no tendría que ver a Trey mirarme de la forma en la que siempre ha hecho. Analizando si estoy bien, si no le estoy mintiendo, si puede hacerme reír para que me sienta mejor.

Me estremezco. ¿Por qué tiene que ser tan dulce? ¿Por qué no podía ser un idiota imbécil como la mayoría de mi colegio? Así no sería nada difícil dejarlo ir. Más bien tendría que ser totalmente fácil rechazarlo.

Pero claro, a cómo cuenta cosas sobre su madre, ni con miles de burros a su alrededor podría ser un estúpido. Estoy segura de que se habría encargado de regañarlo y jalarlo de las orejas para que recobrara la consciencia y siguiera siendo el hombre de bien que la hace orgullosa.

Sonreí, relajándome un poco más. La señora era muy dulce, pero estricta a la vez. Era casi una combinación perfecta de lo que una madre llega a ser. Las veces que pude verla se me salían los ojos del anhelo, porque sé que mamá habría sido así. Consejera y amorosa.

Dios, he estado pensando demasiado en ella últimamente. Lo peor de todo es que estoy olvidando cosas esenciales: la forma de sus labios, su rostro, su piel. Su toque… ya no tengo la memoria tan clara. Todo es más borroso y extraño. Lo único que tengo son fotos viejas que hay en un álbum, pero están en el cuarto de papá y no me atrevo a entrar. Algún día lo haré, sin embargo, porque ya me lo he prometido.
No me permitiré olvidarla, aún si lo único que puedo recordar bien es su olor  y su voz.

Una vez leí en un artículo que cuando dejas de ver a una persona, ya sea porque se fue o murió, con el tiempo comienzas a no memorizar cosas que antes se te hacían fáciles de visualizar: el color de su cabello, su cuerpo, las manos que a lo mejor siempre veías. Es como si la mente, al notar que ya no está a su alcance, te obligase a dejarla lentamente, en un proceso de autoprotección. Pero, según lo que decía, hay una cosa que nunca podrás olvidar de ese alguien.

Su olor.

Ya sea si oliese a vainilla, a pinos, hasta a basura, si hueles algo igual a eso la recuerdas. Su imagen viene a ti inmediatamente. Es por eso que hay escenas de películas en las que la chica guarda con mucho amor el perfume de su hermana muerta o un padre que las dejó. Es nuestra manera de no soltar a esa persona, sino de mantenerla —aunque sea un poquito—, con nosotros.

Yo soy cliché, la verdad, porque cuando mamá murió, lo primero que hice fue buscar su perfume. Obviamente aún no sabía de ese artículo, pero había algo que me llamaba a que lo conservara, como si las otras cosas no importaran: solo esa.

Es difícil que lo use, aunque lo hago cuando siento nostalgia de ella y necesito tenerla conmigo. Es mi forma de saber que sigue allí o que está en un mejor lugar ahora.

De tenerla aquí.

—¿Mamá? —susurro, acercándome lentamente a su espalda para envolverla con mis pequeños brazos—. ¿Podemos jugar?

Se vuelve con calma, sonriendo. Sus dientes blancos brillan en la oscuridad del cuarto y el dulzón de manzana me llena la nariz, haciendo que la apriete un poco más. Su iris verde me mira con diversión, mientras se agacha y me observa con suma seriedad.

—¿Y qué quiere jugar mi pequeña? —pregunta, alzando las cejas con curiosidad. Ahora que estamos frente a frente sé qué es.

—Juguemos al escondite.

Asiente, muy segura de sí misma. Estrecha sus manos entre las mías y las besa, dándome vueltas con delicadeza.

—Muy bien, jugaremos al escondite entonces —comienza a moverme como si bailásemos, tarareando una canción—, pero si yo gano, me ayudarás a limpiar esta tarde, ¿trato?

Le hago un puchero, tratando de convencerla de que no sea así. Se ríe, pero no cede, así que al final acepto, porque realmente es algo que me conviene. Quiero jugar, es totalmente aburrido por aquí.

—Y si yo gano… —la miro perspicaz, las comisuras de mis labios levantándose con audacia—, ¡me darán un hermanito!

Me observa con ojos grandes, como si no estuviese muy segura. Luego muerde su labio y arruga la nariz, no muy convencida. Casi estoy a punto de rogarle cuando ella se carcajea, haciéndome cosquillas.

—¡Claro que sí! Pero para eso tenemos que jugar, ¿o no? —asiento con vehemencia, separándome de ella para prepararme. Inmediatamente se dirige a la pared de la habitación —la cual sé bien cuál es—, y se tapa los ojos con un brazo, observándome con emoción.

Empiezo a correr, lista para buscar algún escondite que me ayude a ganar.

—¡Uno! —grita, mientras yo zapateo por toda la casa. ¿Dónde podré ir? ¿A mi habitación? ¿Debajo de la cama?

No, muy obvio. Buscará ahí. Mi cuarto está descartado.

—¡Cinco! —dice, lo que me hace apresurarme. Bajo las escaleras de forma rápida y desesperada, sin evitar reírme por esto. Es demasiado divertido.

Me meto en la sala, buscando debajo de los colchones. Trato de meterme bajo uno, pero es muy pesado y creo que si lo hago en algún momento dejaría de respirar. Mis pies se sienten fríos contra la madera ya que estoy descalza, solo que eso no es relevante: lo importante es esconderme.

Voy hasta las cortinas, encerrándome en una. Obviamente veo hacia abajo para asegurarme de que mis dedos no se vean, pero ¡sí lo hacen!

Ruedo mis ojos. Ugh, esto es imposible.

—¡Once! —escucho, lo que hace que jadee. Ya casi termina, debo hallar algún lugar bueno.

Subo las escaleras de madera otra vez, que suenan infinitamente. Chirrían tanto que dan ganas de quedarte quedito para que no sea así. Papá ha dicho que las arreglará pronto, aunque parece que “pronto” es “mentira, tardaré”.

Finalmente opto por el baño, tratando de tomar aire para no hiperventilar. Busco en todas partes allí, pero es tan pequeño que no creo que sirva… Y ahí es cuando me choca.

¡La ducha! ¡Es el lugar perfecto! Solo te agachas y quedas en el piso, así no se verá la sombra.

Tratando de no reír y hacer el menor ruido posible entro, cerrando con cuidado la puerta de vidrio. Me acuesto en las baldosas que aún están un tanto mojadas de la última que se bañó, sin embargo no importa: debo ganar. En serio quiero un hermano menor.

—¡Veinte! —su voz se escucha por toda la casa y puedo ver su sonrisa—. ¡Listos o no, ahí voy!

Oigo cómo corre, sus pisadas resonando en el piso de aquí. Se ríe de vez en cuando, como si estuviésemos haciendo una travesura y yo me contengo, porque sé que me descubrirá si rio. Amo este juego.

—Oh, ¡Elizabeth! ¿Dónde estás, angelito? —pregunta, bajando las escaleras. Cierro los ojos, muerta de risa. ¡Ella no tiene idea de dónde estoy!

Algunas cortinas se abren y también muchas puertas. Cuando se da cuenta de que no estoy allí, sube y vuelve a comenzar, fijándose en mi cuarto.

¡Já, lo sabía! ¡Iría allí!

—Mmm… ¿será que me ganarás? —grita, paseándose en los alrededores. Pronto, escucho cómo la puerta del baño comienza a abrirse, sonando en el proceso.

No, no, no, ¡va a verme!

Trato de moverme lo menos posible, estándome quietecita. Todo está tan silencioso que podría jurar que se fue, pero sé que sigue ahí porque siento su presencia.

Finalmente la puerta se descorre y alguien grita, pero no es mamá la que me atrapa y sonríe.

Es papá y él simplemente me mira, sus ojos azules muertos y rojos, susurrando con voz áspera repetidas veces lo mismo.

—Ella ya no está —susurra, acercándose para tomarme en brazos—. Ya no más.

Abro mis ojos con el sonido del timbre, mi corazón igual de acelerado que hace minutos cuando desperté. El sudor está corriendo en mis mejillas, mi boca totalmente seca. Esos ojos verdes: son iguales a los de Trey. ¿Cómo nunca lo vi antes? ¡Es por eso que me fascinan tanto! Mamá tenía ojos verdes, como esmeraldas. ¿En serio lo olvidé?

Y mierda, ¿qué fue eso? ¡Era un recuerdo, no tenía que convertirse en una pesadilla! ¿Qué rayos? ¿Ahora también tenía que meterse con mis memorias?

Gruño, levantándome con cuidado del sillón. Ahora a papá se le olvidaron las llaves de nuevo y tengo que abrirle, para variar. No puede ser, ¿por qué no puede recordar llevárselas? ¿Cómo es que sí se acuerda de las cervezas, pero no de las llaves de su casa? ¡Dios mío!

Frustrada, llego hasta le puerta, abriendo con seguridad. Cuando la brisa de la tarde golpea mi rostro suspiro, molesta.

—Realmente tienes que recordar las llaves, pap… —me detengo justo en el momento exacto, cuando puedo ver que no es mi padre el que está mirándome en este instante. No es él quien está viendo todo mi rostro desfigurado con golpes. No, jamás podría ser él quien me observa con tanta preocupación y sorpresa. Con tanto… shock.

Es Trey. Y me estremezco al saber que no puedo huir: no esta vez.


Por favor, no te vayas. 

¡Hola, hola mis amados tenistas*---*! ¡FELIZ NAVIDAD! OH SÍ (Ya sé: para muchos de ustedes ya pasó navidad, pero acá, en Costa Rica NO, así que sí, este es mi regalito de navidad :3) Espero que la hayan pasado excelentemente con su familia y amigos y que les hayan dado muchos regalitos (O SEA, LIBROS). Ah, pero no solo eso, sino que hayan compartido y disfrutado, porque se lo merecen :3 No puedo explayarme mucho hoy porque es tarde y debo ir a dormir, pero quería traerles el capítulo nuevo para navidad como mi regalo por ser TAN BUENOS SEGUIDORES Y LECTORES. Gracias por leerme todo este año y por ser así de excelentes con sus comentarios y cosas lindas, no saben lo feliz que me han hecho y me hacen Sin ustedes (repito) la historia no sería NADA. ¡N-A-D-A! Así que sí, rockean DEMASIADÍSIMO y espero que este capítulo les guste. Déjenme sus opiniones, que son lo que más me impulsa a seguir *-*

¡HO-HO-HO! MERRY CHRISTMAS! A PARRANDEAR, CHICOS SEXYS♥ Jajaja :3

Leeeeeeeeeeeeeeees mando besos y apapachos GIGANTES
Mel(:

Santa, en serio ¡PUEDO EXPLICARLO! Jajajajaja♥ No me traigas carbón :c

4 comentarios :

  1. oye preciosa!!! Feliz navidad!!! xD
    kañfdberalfjdk no sé que decirte… jfdbkas espero que no te hayan traido carbon (?
    oufadkjbsjehfcd estoy retrasada con esta historia… pero me pondré al corriente… ya verás… ya verás! :3
    lhkafbcsgrefjkwadb
    beeesos y apapachos de Mexico! LoL

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    1. ETZIAAAAAAAAA♥ Feliz navidad, guapa*---* Aljslkdfjslkdfjdlksfjdslf.
      Alsjdlfkjsd, no sé qué decirte, porque.. ME TRAJERON CARBÓN TT^TT JAJAJA nah, mentira, soy un ángel ._.
      Ponte al corriente, amo tus comentarios♥ Será un honor que me leas aljsdl:3

      Teeeeeeeeee mando besos y apapachos GIGANTES♥
      Mel(:

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  2. LA VIOLÓ! LA VIOLÓ! YA ESTÁ! MATEN A ESE VIEJO, PANZÓN, ALCOHÓLICO, PERVERTIDO, VIOLADOR DE POPO -.-! Lo voy a matar yo en un universo paralelo -.-

    MALDITO DEREK (perdón :3)...No... ¿¡CUÁL PERDÓN!? ESE HIJO DE SU MADRE -.-! POR QUÉ RAYOS NO DEJA A LIZZIE EN PAZ!? Uy...¡IDIOTA ESE -.-! ...Por dicha llegó SÚPER TREY Y SALVÓ EL DÍA :D! Ojalá le hubiera volado los dientes -.-
    Owwww me rompió el corazón Trey, en serio TT_TT

    Y lo de Lizzie D: Yisus fue tan traumante que ni se acuerda ya D:!!!!! Ay pobre, Dios mío... ESE VIEJO ASQUEROSO LA VIOLÓ -.-! Hijo de **** -.-! Ya, me puse eufórica :c
    NO SALIÓ JASON TT_TT! Te amo Jason rico/sexy/violable/papi Hawkins :3

    En fin... El recuerdo de la mamá D:! Lo del papá por un momento pensé que sí había pasado y que ella de niña veía fantasmas XDDD Pero no :c Ay pobrecita, en serio! Me rompió el heart TT_TT Me imaginé toda esa parte como la de una película jaja :3 Bueno, todo el capítulo en sí, pero esa parte en especial O.O

    TREY ESTÁ AHÍ! Oh por Dios, no me imagino la reacción del pobre TT_TT! Pero que llegue el papá borracho y Trey le dé CON SU SÚPER PUÑO :DDDD! -.-
    Oh God D: Hay demasiado tensión :c
    Y bueno, lo de tu escritura like always perfecta :D Sos la mejor :3

    XOXO y más XOXO

    PD: Tu fan número 1 *guiño al estilo Fabi*

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    1. JAJAJAJAJAJAJAJAJA FABI xDD ¿Qué rayos son esas suposiciones? JAJAJA Dios mío, qué cosas x'D

      LO HACE PORQUE... PORQUE... PORQUE... No sé, ahí veremos *chan chan chaaaaaaaaaaaaan* Pero Trey llegó :3 Y no le vuela los dientes porque es muy noble :3 jajaja
      A él también se le rompió(?)

      Siento que no saliera Jason! Al principio dije que sí saldría, pero al final cuando me di cuenta... di... no salió O.o En el otro de fijo, ¿sí :3?

      Ehhhhhhhhh no JAJA. Aunque bueno, si lo ponés así... sí puede verse como eso jajaja.
      Qué cosi Fabi jajaja.

      CHI, AHÍ ESTÁ O.O ALSJDLKASJDLKASJDLA, te dije que estaba intenso **guiñoguiño** jajajaja^^
      AWWWWWWWWWN GRACIAS♥ I love you*----*

      Besos y apapachos GIGANTES♥
      Mel(:

      PD: *Muere por el guiño*

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