25 de noviembre de 2013

Capítulo 15 + DISCULPAS + HE VUELTO♥

“What good is a love song without the love?”

--Demi Lovato, Whitout the love.

Trey

La noche está fría cuando abro la puerta para que Liz pueda salir de mi gran cacharro. Las estrellas brillan como normalmente hacen —aunque confieso que hoy están mucho más lindas, tal vez por la compañía—, y los árboles se mueven lentamente, como si la melodía de una canción los moviera en susurros. Debo decir que amo cuando el ambiente está así, pacífico, como si los que se encontraran cerca fuesen los únicos seres humanos vivos en la Tierra.

Claro, eso no pasaría, porque… ya saben, esto no es una película de terror o lo que sea.

La cosa es que prácticamente todo está perfecto para mi cita con Liz. Además de que se ve preciosa con su vestido rosa, sus mejillas toman ese color sonrojado por el frío y sus ojos se abren todavía más, lo que hace que simplemente quiera abrazarla para que se caliente y sepa que estoy allí para ella. Sin embargo, tengo la sensación de que si lo hago, el rojo no bajará. Es más, eso lo sé, no es difícil saberlo, realmente.
Okay, tal vez sí lo sería si la persona que estuviese aquí no la conociera y…

—Trey —escucho cómo toma aire lentamente—, ¿a dónde me has traído?

Le sonrío lentamente, tomando su mano. Sus grandes ojos miel me miran con asombro, casi sin poder creer nada. Un cabello rojizo se escapa de su oreja y lo acaricio, devolviéndolo a su lugar. Demasiado adorable.

—Es lo que te mereces.

Traga con dolor, posando su mirada en el lugar al que la he traído.

—Se ve demasiado caro.

No puedo discutir a eso, porque lo es. Digamos que lo que Liz está observando en este momento es un gran restaurante de color rojo oscuro, lleno de brocados y ventanales que permiten que lo veas por dentro. Las mesas están ubicadas justo para que tengas una buena vista hacia el exterior y los candelabros dan una iluminación perfecta. Los meseros corren de un lado a otro, buscando alguna forma de atender a toda la gente. Cuando entras, es lo más cliché que puedas encontrar: un hombre vestido de traje con una gran lista de reservaciones. ¡Sin jugar! Es totalmente genial.

Y cuesta un ojo de la cara, también —pero que nadie se lo diga a ella, por favor. Shh—, aunque vale la pena por ver su reacción. Aquí tal vez es donde entran sus dudas “¿cómo pagará esto?” “¿De dónde sacó el dinero?” “¿Cómo rayos puede permitirse traerme aquí teniendo la mierda de carro que tiene?” y, la peor de todas “Dios, por favor, que no haya robado un banco”, sin embargo, ¡vamos! Todas esas preguntas están equivocadas.

Bueno, lo del banco…

No, mentira, ¡já! ¡Cayeron! Debieron ver sus caras cuando…

Dios, ¿¡con quién estoy hablando!?

—¿Trey?

Parpadeo, confundido. Oh, no presté atención.

—Perdona, ángel. ¿Me decías?

Frunce la nariz, incómoda, mientras entramos al lugar. Inmediatamente somos recibidos por la luz brillante y el suave color rojo que adorna las paredes. Música suena por los altavoces, permitiéndole a las parejas bailar en la pista improvisada que hay —algunos demasiado cerca, si quieren detalles. Ya saben a lo que me refiero—. Fuera, una piscina ilumina la noche con su agua, adornada por globos en forma de corazón y cosas rosas que gritan “¡HOY ES SAN VALENTÍN” por todo lados.

—Es todo demasiado elegante, Trey. No veo cómo pudiste pagar todo esto. No tenías qué, ya con los regalos de la mañana era suficiente.

Ruedo mis ojos. Un hombre tiene sus secretos. Cuando queremos gastar en una chica, no es por nada. Significa que ella lo vale.

—Solo relájate, Lizzie. Es tu noche.

Abre sus labios, preparada para protestar, sin embargo, el chico que mencioné que tiene la lista de somos-ricos-y-por-eso-debes-tener-reservación nos analiza de arriba hacia abajo, sus labios curvándose hacia arriba prepotentemente. Já.

—Disculpen… —nos da otra mirada rápida—, jóvenes, pero ocupan reservación.

Alzo mi ceja en un impulso de arrogancia. Una sonrisa se coloca en mi rostro, mientras aprieto la mano de Liz con seguridad. Odio este tipo de estereotipos. Detesto esas personas que te observan como si no fueses nada, fijándose solo en la “portada”. Tan superficiales, tan fáciles de identificar. Tan… poco valerosos de tu tiempo —y lo siento, pero no puedo evitar pensarlo—.

—Tenemos reservación. Petryfork.

Sus ojos se confunden, poniéndose nervioso. Busca en la hoja con ansiedad hasta encontrar con mi apellido, juntando sus cejas. Cuando ve que realmente tenemos campo, traga lentamente. Adiós al orgullo.

Nos sonríe falsamente, tenso.

—Lo siento, señor Petryfork. Puede pasar. La señorita —dice, señalando a una muchacha de cabello marrón con grandes ojos negros y dientes blanquecinos. Debe tener 25 o algo así—, los guiará a su mesa. Disfruten de la noche.

Ambos asentimos, siguiendo tranquilamente a la mesera. La gente nos inspecciona al pasar, igual a cómo lo hizo el chico que nos recibió en la entrada, de arriba hacia abajo. Centímetro por centímetro. Siento a Liz tensarse junto a mí, sonrojándose y bajando la mirada. Le pellizco la espalda, haciendo que se asuste y me vea con el ceño fruncido. Le doy un mensaje de “no son mejores que tú por tener más dinero” y ella me devuelve algo como “déjame jorobarme como la timidez manda”.

Rio, sabiendo que aun así se ha acostumbrado.

Los pasos repiquetean contra la madera de caoba hasta que llegamos a una mesa para dos, llena de pétalos en las esquinas y sillones acolchonados. Vaya, debo darle las gracias a Jason —ni siquiera quiero pensar en cómo conoce un lugar así, en serio.

—Aquí —nos indica la muchacha, dejándonos sentarnos y dándonos los menús correspondientes a la vez. Sonríe hacia mi dirección, con una libreta en mano —, mi nombre es Sharon y seré su servidora esta noche. ¿Qué desearían para tomar?

Sé que me está mirando a mí, aguardando mi respuesta aunque preguntó pluralmente, sin embargo, veo a Liz, esperando a que ella pida. Mamá siempre me dijo que las damas van primero, incluso en estos momentos.

—¿Lizzie?

Parpadea, desconcertada.

—¿Sí?

Le sonrío. Estaba concentrada en algo hace unos segundos.

—¿Qué quieres para tomar?

Abre la boca, lista para contestar, pero se queda callada, razonándolo bien. Sus labios se curvan hacia arriba, poniendo su atención en Sharon, quien no se digna a verla.

Jum.

—¿Tienen batido de fresas? —pregunta emocionada, sin importarle que la señorita solo vea hacia la libreta.

—Ujum.

—¡Ese! —dice, mostrándome una sonrisa que llega hasta sus ojos. Pareciera que está yendo a Disneylandia o algo así.

—¿Y usted, caballero? —ah, y a mí sí me ve. Gah.

—Coca-cola.

Asiente, tratando de decir algo pero siendo interrumpida por uno de sus compañeros, que la llamó impacientemente. Sus manos volaron hasta su cadera, disculpándose para irse con delicadeza.

Casi salto de felicidad. No me gusta la manera en la que ve a Liz, como si fuese nada o algo por el estilo. Lo peor es que cuando la observo, sé que ella ni se dio cuenta, porque me sonríe tímidamente y ve hacia todos lados, asombrada.

—Es precioso aquí, nunca había estado en un lugar así —sus ojos brillan mientras analiza el alrededor—, y siempre he querido un batido de fresa.

La miro confundido.

—¿Sabes que pudimos haber conseguido un batido en un puesto de batidos, no?

Ladea la cabeza, haciendo una mueca.

—Pero entonces, me lo darían en un vaso sin gracia, mientras que aquí lo traerán seguramente con una fresa en el borde —podría jurar que casi chilló la última palabra. No puedo evitar reírme de la forma en que nota las cosas insignificantes que a lo mejor yo ni siquiera notaría. Y debo confesar que el hecho de que nunca haya estado en un lugar como este me hace querer sacar pecho con orgullo. Su primera vez en un restaurante como este conmigo.

Tal vez yo también empiece a chillar…

Bueno, no.

—Así que —le guiño un ojo—, ¿demasiado difícil escaparte de casa?

Sus ojos se abren, paralizada. Esconde su rostro detrás de su cabello, poniéndose del mismo color. Mi ceja se dispara hacia arriba.

—No te escapaste de tu casa, ¿o sí?

Niega con la cabeza, rápidamente.

—No, no, solo —desvía su atención hacia el menú, de pronto muy concentrada—, discutí con mi papá en la noche, eso es todo. Estaba enfadado.

—Pero, ¿no había salido él esta noche? 

Puedo observar cómo muerde su mejilla interna.

—Ajá, solo que fue antes de que saliera.

—Pero…

—¡Oh, hay carne con papás fritas! ¿Sabías que tienen eso? —frunce el ceño, acercándose más a la carta—. ¡Mi Dios, con razón los números son tan pequeños! ¡Mira esos precios!

Suelto una carcajada, tratando de contenerla sin poder hacerlo. Lo dijo tan alto que los meseros nos lanzaron miradas sucias, seguros de que son mejores que nosotros. Solo un chico que parece ser nuevo en el local se rio, ocultándolo por sus compañeros de trabajo.

—Lizzie, puedes pedir lo que quieras. Es tu cumpleaños.

Sus lindos labios se retuercen, incómoda.

—Creo que mejor cambio de opción.

Ruedo mis ojos, sin decir nada. Solo ella puede pensar que la dejaré pedir algo más.

Pasamos unos minutos callados, analizando todo el menú hasta que elijo algo que realmente suena apetitoso. Justo cuando ambos cerramos el menú y estoy por decirle lo hermosa que se ve —porque, tonto de mí, no lo he hecho—, la muchacha llega con nuestras bebidas, lista para que le demos nuestras órdenes.

Y de nuevo, me observa a mí primero. Si no fuera porque lo necesito, le daría la palabra a Liz.

Suspiro, mirándola fijamente.

—La señorita quiere el *baby beef con papás fritas en término cosido —Lizzie toma aire y sus ojos se estrechan sobre mí—, y yo Pollo a la Milanesa, por favor.

Ella asiente, sonriéndome de lado.

—Será un placer —dice, alejándose y yéndose calmadamente. Cuando me centro totalmente en Liz, ella está observándola con interés, pareciendo casi irritada.

Mi cuerpo arde. ¿La hizo sentir mal?

—¿Todo bien, ángel?

Su nariz se contrae, creando arrugas. Ah, qué adorable.

—Le gustas… —susurra, apartando la mirada.

¿Eh?

—¿A quién? ¿La mesera? —asiente, aún sin mirarme. Se distrae a sí misma con su bebida, la cual parece amar. Traga y traga como desaforada, sus ojos brillando de gusto—. No me interesa.

En cuanto digo las palabras, me ve directamente, totalmente anonadada.

—Pero ella era preciosa. ¿Cómo no quieres saber más?

Sonrío ligeramente. Tengo una necesidad increíble de tocarla, de tomar sus manos, acariciar su mejilla. Todo por apreciarla mejor, por mostrarle lo linda que es. Lo preciosa que se ve hoy y lo poco que otras podrían importarme en este momento.

Me acerco lentamente, entrelazando sus dedos con los míos, grandes a comparación, más largos y bronceados que los suyos. La veo a los ojos, esas maravillosas lagunas de miel que me miran con asombro, vergüenza y otro sentimiento que no logro identificar y le sonrío, porque cerca de ella es todo lo que parece que puedo hacer. Con delicadeza beso su mano, logrando la reacción que tal vez ni siquiera debería mencionar por lo habitual que se ha vuelto en nosotros. Y adoro eso.

—Prefiero saber más de otra persona.

Escucho su suspiro tembloroso y traga, procesando todo. Y entonces, observo lentamente cómo un brillo extraño se asienta en sus ojos. No felicidad o ternura, más que todo… Incertidumbre. Esa mirada que llega a una persona cuando no confía en lo que la otra le dice, ¿no? Sus cejas bajan, los labios se elevan de un lado y las pupilas te delatan más de lo que cualquier palabra podría hacer. Cierta desconfianza que me hace caer en la cuenta de que Liz y yo no nos conocemos de hace años. No tenemos ese “tú a tú” que una pareja de amigos que llevan siglos conociéndose. Aún no hemos llegado al momento en el que ella pueda decirme “confío totalmente en ti”, porque nada es rápido en la vida. Tampoco fácil. Y en este momento es en el que me entero de que, nada será sencillo con Elizabeth, porque su esencia tiene una historia tan oculta que me hace ver que no es rápida de desenterrar. Me susurra que es un campo minado en el cual tengo que caminar con cuidado, si quiero seguir en esto.

Y su iris grita que tiene miles de barreras colocadas en sí misma.

—Um… —analiza nuestras manos juntas y se muerde el labio, soltándolas poco a poco—, deberíamos hablar de otra cosa.

—Claro, claro —digo, estirando el brazo inconscientemente. Esta es una de las pocas veces en las que se ha alejado—, ¿de qué quieres charlar?

Hace ruido con sus dedos, pensando. Luego, se ilumina.

—¡Ya sé! ¿Cómo conociste a Jason?

Sonrío, un poco sorprendido por la pregunta. Oh, vaya, la pregunta sería por qué rayos me junté con él.

—Si respondo, ¿vas a contestarme una pregunta que te haga?

Deja de tamborilear con sus uñas, vacilando.

—Depende de la pregunta.

Asiento, estando conforme.

—Me parece bien… —tomo un poco de mi bebida, recordando la historia con mi mejor amigo—, bien, no quiero que creas que todo fue flores y cosas clichés. Tampoco un “hola-soy-un-niño-de-5-años-y-quiero-ser-tu-amigo” y muchísimo menos el típico “choquémonos las manos para ser populares y así seremos amigos”. No, no, es un poco anormal.

Ella se carcajea con mi comienzo, pero yo me mantengo serio, como si fuese un funeral o algo así.

—Cuando estaba en primer grado de la escuela, mi actitud era una mierda —se encoge ante la palabra e inmediatamente lo lamento—, siento eso, ángel. Bueno, como te decía, todo en mí estaba mal. Me sentía resentido con el mundo porque papá se había ido y Rach se llevaba toda la atención de mamá. Además, poco para mí pesar, la culpaba cada día con ello. La trataba mal, me enojaba sin razón y en las clases no era mucho mejor.

Suspiro, lamentablemente rememorando todo.

—Mi genial personalidad resaltaba tanto, que mis compañeros comenzaron a odiarme y, por ende, a golpearme entre recreos. Ahora, no hagas esa cara porque créeme, unos pequeños niños de 7 años pueden ser crueles—rio sin humor—. Y el “líder” de los que me maltrataban tenía un lindo nombre que seguramente sabrás.
Liz toma aire, casi sin creerlo.

—¿Jason? —susurra, anonadada.

—Ajá —le sonrío, tranquilizándola—, creo que él me odiaba de las maneras más terribles posibles, pero nunca le di la oportunidad para que lo hiciera. Realmente ni le hablaba, pero había algo en mí que le molestaba a él, así que se traía a su grupito de amigos y me chocaban contra casilleros y todo eso. No almorzaba para no encontrármelos, si te soy sincero.

Me detengo para tomar un poco de aliento y me atrevo a lanzarle un vistazo, solo para ver que me mira con una comprensión que me golpea de maneras gigantescas. Sé que ella sabe lo es. Sé que lo ha sentido, sin embargo, lo que quisiera demostrarle es que yo lo llevé mil veces más suave de lo que ella lo está llevando ahora.

—Eso no ayudaba mucho a la situación en la que estábamos pasando en mi casa. Llegaba de peor humor,  me encerraba en mi cuarto y prácticamente no veía la luz del sol sin que estuviese obligado a hacerlo. Le hacía todo imposible a mamá, tanto que se desesperó y, con su poco sueldo, decidió llevarme a un psicólogo. El cual, si me permites decirlo, era malditamente escalofriante. Alto, robusto, moreno y grandes ojos azules. Un bigote igual al de una ardilla y dientes torcidos. Desde que conocí a ese hombre, me fijé mucho más en las sonrisas de las personas de lo que me gustaría.

La siento moverse en lo que estoy seguro es una risa silenciosa.

—El señor raro le dijo que lo mejor sería meterme en un deporte en el que pudiese desahogar mi ira y que, “todo era una fase en mi niñez” —agravo mi voz para hacerla parecer a la de él—, así que mamá me buscó una academia de tenis y allí es donde empecé. Conforme pasó el tiempo, gané más fuerza y perdí enojo, por lo que podía defenderme a mí mismo bastante bien, si me permites decir.

—¿Y atacaste a Jason con tus nuevos golpes? —me pregunta, emocionada. Bebe de su batido como loca, aunque supongo que toma poco porque aún le queda demasiado por tomar.

—Exactamente —le digo, sonriendo—, creo que lo humillé en cierta parte, solo que después de mi golpe se levantó, me sonrío, estrechó mi mano y dijo “podríamos ser grandes amigos”. Ahora, seguramente pensarás que yo lo abracé y le dije algo como “vamos a comer” y nos hicimos hermanos del alma, pero no. Lo dejé colgando, porque aún lo odiaba por todo lo que me había hecho y, fue hasta después que supe saber perdonar y olvidar. Sin embargo, con el tiempo me pidió disculpas por todo y, allí fue cuando me di cuenta de que tal vez sí podría ser amigo de ese idiota llamado Jason.

Cuando termino, una lenta sonrisa se forma en sus labios, ladeando la cabeza de un lado para dar mayor énfasis.

—Es una linda historia.

Comienzo a reírme, sonando incrédulo a mis propios oídos.

—No, es una historia divertida, no linda. Ese chico ha sacado lo peor de mí desde hace años.

Frunce el ceño, negando inmediatamente.

—Es linda porque es cómo conociste a tu mejor amigo. La persona en la que más confías en este mundo —hace una mueca, tratando de que se vea de poca importancia—. Es importante en tu vida. Desearía poder tener uno.

Ahora soy yo el que frunce el ceño.

—¿Nunca has tenido un mejor amigo?

Ella alza una ceja, perspicaz.

—¿Eso cuenta como tu pregunta?

Le doy mi mejor sonrisa de medio lado.

—¿No estamos haciendo muchas preguntas?

Entrecierra sus ojos, divertida.

—No lo sé, ¿lo estamos?

Me rio, tomando su mano de nuevo, esperando que no se aleje. Las mira, pero no se aparta, lo que me hace feliz. Mucho.

—Solo responde, sabelotodo.

Se ríe ante mi apodo, aunque luego puedo ver cómo está pensando en la pregunta. Sus ojos vagan por las paredes del restaurante y encima de la gente en otras mesas, que están tal vez en el mismo ambiente que nosotros, haciendo preguntas, conociéndose mejor.

Claro, si queremos ser pesimistas, pueden estar peleando.

—Creo que cuando era más pequeña, como de 5 o 4 años tuve uno… —dice, su mirada entristeciéndose.

—¿Crees? —pregunto, no entendiendo del todo.

Se encoge de hombros, tomando un trago del batido, haciéndome beber un poco de mí coca porque realmente casi ni he tocado el vaso.

—Es solo que, después del accidente de mamá no recuerdo mucho. Es como si mi mente bloqueara pequeñas cosas que no quiere memorizar. Sé que hubo alguien, porque a veces tengo pequeñas imágenes de estar jugando con un niño afuera, pero no mucho más —mueve su mano, despreciando la idea—, ni siquiera sé si sus ojos eran cafés o azules, o si tenía cabello negro o rubio. Solo sé que existió, sin embargo no estuvo más en mi vida después de que todo sucediera.

Acaricio su mano con mi pulgar, compadeciéndome un poco del trauma que pudo haber tenido Liz desde su niñez. Es decir, puedo darme cuenta de que perder a un padre de esa manera es horrible, pero jamás pensé que pudiese tener tanto efecto en un niño. Bloquear recuerdos… que yo sepa, no es algo normal.

—¿Nunca pensaste en ir a un psicólogo, a terapia?

Lizzie ríe sin humor, observándome a los ojos con tanta fuerza que me quedo un poco sin aliento. Juraría que veo las verdades a punto de salir de sus labios.

—No hay posibilidades, Trey. Ni una sola, de que pueda costearme una terapia. Papá es… —se detiene inmediatamente, mientras ambos nos volvemos para observar a la inoportuna mesera, que está parada allí, con nuestros platos.

Siempre me pasa esto, en serio.

—Aquí están sus platos —dice, dejándolo al frente de cada uno. Sonríe cálidamente—, disfruten de su comida.

Asiento, dándole las gracias. Justo cuando se va, puedo sentir que Liz ya no me va a contar lo que iba a decir sobre su padre y quisiera romper algo por ello. No es que me queje, todas estas 3 semanas he conocido de ella más de lo que alguna vez pensé que haría, pero… Si la gente observara más sus ojos. Esa mirada perdida que toma cuando piensa demasiado, sabrían que hay algo en Lizzie que no es normal en cualquier adolescente.

Ella es especial. Tiene una historia detrás de esa fachada dulce y retraída. Hay tanto que no se atreve a soltar, que me lleva a esperar estos momentos, donde pueda confesar la mínima cosa. Solo que tampoco quiero presionar, porque sé que cuando esté lista me dirá.

O bueno, eso es lo que creo.

Por el resto de la comida hablamos de cosas irrelevantes, riendo y disfrutando del ambiente que hay en este lugar. Se ve más pacífica, tranquila y, mucho más a gusto conmigo de lo que alguna vez ha estado. Separa su mano de la mía, pero la vuelve a estrechar algunas veces, me cuenta sobre sus clases y, en ciertos casos, simplemente nos quedamos en silencio, comiendo tranquilamente, con algo cómodo surgiendo entre nosotros.

Cuando la mesera viene hacia nosotros, con la excusa de si queremos algún tipo de postre, tengo que detenerme de nuestra gran conversación y pedirle una buena rebanada de queque de chocolate para Liz. Juro que cuando lo pido, sus ojos se iluminan como fuegos artificiales en año nuevo. Así que sí, me sentí bastante orgulloso con mi decisión de pedir justamente ese sabor.

Con el tiempo, el pastel viene a nosotros y Lizzie lo devora, no sin darme un pedazo aún cuando me negué, porque es su cumpleaños, no el mío, pero bueno. No puedo negar que estaba delicioso. Además, le pusieron esta pequeña vela de colores que no se apaga si no la soplas muchas veces y parecía toda encantada con ella. Nunca la había visto sonreír tanto.

Para las 10:30 de la noche, la velada ya está terminando para nosotros, sin embargo, no quiero que sea así. Las cosas han ido tan bien y ella ha disfrutado tanto que parece injusto que tenga que terminar. Casi me niego a pagar la cuenta cuando la mesera la trajo, pero si lo hacía Liz empezaría a decir cosas tontas de cómo no debería haberla traído aquí, así que pago sin chistar. El defecto en esto es, que cuando me dan mi vuelto, no me levanto para irme. Simplemente quiero un poco de tiempo con ella.

Unos minutos más.

O horas, lo que funcione mejor.

—Trey —llama Liz, dubitativa—, creo que debemos irnos. Ya pagaste.

Hago una mueca, buscando alguna salida que no sea ir a mi carro y dejarla en casa. Tengo aún un pequeño regalo y me niego a dárselo en el cacharro que hago llamar como mío. Escaneo el salón, tratando de hallar mi tiquete de felicidad, hasta que una bombilla se enciende en mi cabeza. La música está sonando con baladas empalagosas y las puertas que dirigen a una piscina llena de luces rojas nos llaman, haciéndome saber que elegí bien.

Muy bien.

—No, ángel, aún nos queda un pequeño recorrido en este lugar. —digo, mientras salgo de mi silla y la tomo de la mano, sonriéndole de forma que vea que no estoy tratando de que explotemos juntos o algo así. Inmediatamente sonríe de vuelta, pero nerviosa.

—¿Podemos hacerlo?

Me acerco a ella, besándola en la mejilla.

—Hoy podemos hacer cualquier cosa.  


Y así como así, su piel ya no es color blanquecino. Sino roja, totalmente roja.

 Elizabeth.

Él me dio chocolate.

Trey Petryfork me regaló un queque de chocolate. Solo. Para. MÍ.

Eso es en la única cosa que he podido pensar desde hace por lo menos 15 minutos, cuando la señorita llegó con esa hermosa tajada de pastel. No pude evitar preguntarme si él sabría. Si sabría lo que había causado con un gesto tan simple y pequeño. Si podría imaginar que al oírlo pedir eso, casi me derrito en medio restaurante. Creo que no, porque siguió hablándome normal, pero… sé que mi mirada cambió. Hay algo en mis ojos cuando lo observo que no es como antes.

Ya nada es como lo era.

Y sí, parecerá raro que haya sentido todo eso por chocolate, pero Dios… Nadie sabe el significado que tiene para mí, ni siquiera Trey. Es como si toda la noche se hubiese desvanecido en esa orden, en el momento en que, sin pensarlo, me regaló algo con más significado que una olla de oro. Ya no hay mariposas en mi estómago, hay rinocerontes, elefantes, mamuts.

Todos los animales grandes existentes están viviendo en mi interior —y no, no me cayó mal el pastel, lo juro—, el solo recuerdo de lo que pasó hace minutos hace que toda yo quiera sonreír y tirar flores en mi camino. Ni siquiera me siento como yo misma.

Estoy segura de que ni estoy hablando como normalmente lo haría. De alguna forma, él ha logrado que olvide absolutamente todo. Papá, el colegio, Derek, Rachel, los años difíciles… Cada cosa está centrada en esta noche, como si no hubiese vida antes de esto, pero tampoco después, porque lo único que puedo desear en este instante es que hoy no se acabe, pues es el mejor cumpleaños que alguna vez pude tener. A lo mejor suene exagerado, cursi, lo que sea, sin embargo, no fue solo el hecho de que él me regalara eso, sino que ha hecho de este día algo inolvidable. Los regalos, la cena…

Su compañía.

Jesús, antes estaba convencida de que era una antisocial. Que hablar con personas era una pérdida de tiempo —después de todo, ¿qué rayos haría charlando con alguien quien solo me ve con disgusto y pena?—, y sonreír a desconocidos era un intento de muerte, porque nunca sabes con qué te encontrarás en la vida, pero Trey. Dios, ha hecho que por lo menos asienta a gente en los pasillos, cosa que jamás he hecho en todos los años que he estado en el colegio. No es como que haya dado un gran resultado; después de todo sigo siendo Elizabeth Sprout: la rara. La pobre, la que se “corta”, la que es fácil de molestar o humillar. La que, según la población estudiantil, no tiene un futuro prometedor. Y sin embargo, todo eso no tiene relevancia con él. Siempre se preocupa por hacerme sentir bien, como si todo lo que he pasado valiese la pena.

Por lo menos, hoy se siente así.

—Por aquí —susurra Trey, guiándome por un camino de grava alrededor del restaurante. Había estado tan sumida pensando en todo que no había tomado el hecho de que prácticamente le habíamos dado vuelta al lugar, yendo a Dios sabe dónde. Solo sé que salimos como si fuésemos a irnos a nuestras casas, despidiéndonos de los meseros y el muchacho que recibía en la entrada, dando las gracias de forma cortés y, de un pronto a otro, estaba siendo llevada como si fuésemos criminales por un largo sendero rodeado de árboles y animales nocturnos.

Quería reír, porque la situación en sí es extraña y divertida. Nunca había ido a una cita, mucho menos salido de casa sin permiso y, por primera vez en mi vida, estaba sintiéndome feliz. Sin papá, recuerdos o… Nada. Era casi irreal. Aún estoy esperando que algo me pellizque para despertarme en medio de mi jardín, observando las nubes pasar con tranquilidad, recibiéndome con un gran sol mañanero.

Por favor Dios, no dejes que esto sea un sueño.

—¿Dónde vamos, Trey? —pregunto, curiosa. Su mano encuentra la mía en la oscuridad, dándome seguridad de que no caeré en algún momento. Y si caigo, lo llevaría a él conmigo.

Percibo una sonrisa cuando habla.

—Vamos a la piscina.

Parpadeo, aturdida. ¿Escuché bien? ¿Realmente dijo algo de una piscina? No puede ser, ¿dónde rayos encontraría una en este lugar? Es tan fino. Dios, no sé nadar. Juro que si trata de tirarme en el agua lo asesinaré. No, correré a casa y no le volveré a hablar. Yo… yo… oh no.

—Dime que bromeas —le ruego, justo cuando capto un poco de luz filtrándose al final del sendero. Se vuelve, tratando de que nuestras miradas se encuentren sin lograrlo, porque estoy bastante confiada en que solo puede ver manchas de mi piel en su visión. Eso me alegra, porque si no podría ver el pánico en mis ojos.

—Bromeo.

Suspiro, aliviada. Caminamos unos segundos más, hasta que me encuentro parada en la parte trasera del restaurante, observando directamente una piscina. Frunzo el ceño. Claro que hay una, es Trey, ¿qué esperaba al decirle “dime que bromeas”? ¿Qué respondiera que lo hacía? Obviamente diría “bromeo” porque yo le dije que lo hiciera.

Cualquiera pensaría que debería acostumbrarme a estas situaciones… Aunque claro, no logro hacerlo.

Siento cómo su mano aprieta la mía.

—No, ángel, no te tiraré dentro. Deja de preocuparte.

Me relajo al oír sus palabras, pero no confío del todo. Conociéndolo, haría la cosa más loca en el segundo menos indicado y yo no lo esperaría. Es demasiado impredecible.

Finalmente nos encontramos con la suficiente luz para poder vernos el uno al otro. Él inmediatamente se vuelve y me sonríe cálidamente, guiñándome un ojo. Susurra algo como un “agáchate” cuando pasamos cerca de las ventanas del local, así que lo hago sin entender muy bien. Puedo oír la música filtrándose a través de las rendijas de las puertas de cristal cerradas mientras pasamos, haciéndome sonreír. Nunca he sido de las que escuchan muchas canciones, pero me gusta cuando se meten en mis oídos.

—Listo —dice Trey, haciéndome señales para que pueda levantarme. Ambos miramos la terraza, la cual está tiernamente adornada. Hay globos rojos por todos lados y te gritan “FELIZ SAN VALENTÍN”, mientras que luces rojas adornan el interior de la piscina. Él inmediatamente se sienta al borde, quitándose sus zapatos y medias, metiendo los pies en el agua. Enseguida me encuentro con sus grandes ojos verdes, de alguna forma viéndome con picardía e inocencia a la vez. Palmea el piso junto a él.

—Te juro que no muerdo. —desvía su mirada hacia el cielo nocturno, pensando—Bueno, solo si tú quieres.

Ruedo mis ojos, sonrojándome levemente. Es otra cosa por la que estoy orgullosa: mis niveles de sonrojamiento han bajado considerablemente. Por lo menos ya no me pongo así con cada cosa que dice.

Eso creo.

—Vamos Lizzie. ¡Ven!

Sonrío, asintiendo. Pronto estoy quitándome mis zapatos, encogiéndome a mí misma para llegar a su lado y dejar a mis pies caer dentro en el agua. Está fría, por lo que no puedo evitar saltar. Obviamente Trey ríe. Y está más que claro que yo estoy totalmente fuera de mí misma cuando lo empujo levemente con mi brazo, jugueteando. Debería decir que me arrepiento cuando veo el brillo llegando a sus ojos, pero no lo hago, porque no es así. A lo mejor, solo hoy quiero tener esa mirada que él casi siempre tiene. Puede que quiera que todo sea diferente esta vez. Ser esa persona que nunca logré ser, pero que, sin embargo, finalmente se me da la oportunidad de interpretar, como si fuese una actriz que ha tenido el papel de su vida durante todos estos años y que, solo hasta ahora, se atreve a leer. A practicar… A actuar.

—Te ves hermosa esta noche —susurra, atrayéndome para que lo vea directamente. Analiza mi rostro, un suave recorrido que hace que me sienta expuesta, pero de una buena manera. Una muy íntima—. Sé que normalmente se le dice eso a la chica al inicio de la cita, solo que entraste tan apresuradamente que me olvidé de todo lo que planeaba hacer o decir. Tú haces que olvide las más simples cosas.

Un gran calor recorre mi pecho, haciéndome respirar hondamente. Normalmente respondería que no soy hermosa, que con costos llego a “adorable”, pero no lo hago, porque con solo mirarlo sé que él cree que lo soy y, en este momento, es todo lo que importa. No me ve como los demás lo harían, nunca lo hizo y creo que nunca lo hará.

—Realmente no estoy muy segura de cómo debe ser una cita —confieso, apartando mi vista de su rostro—, ni siquiera sé cómo debo comportarme, de qué hablar, dónde deben ir las manos. No sé nada… No pensé que fueses a elogiarme. O que tuvieses que hacerlo.

Lo siento tensarse a mi lado y patea mi pie con el suyo, molesto.

—No “tengo” que hacerlo, si te digo que te ves hermosa es porque es así. Jamás le he dicho a una chica algo que no piense o crea, Elizabeth. —se encoge de hombros, concentrándose mucho en el fondo de la piscina. Ahora me doy cuenta de que está apretando fuertemente sus manos—. Además, siempre estoy elogiándote. Eso debería darte fuertes señales de lo que pienso.

Muerdo mi labio, de pronto muy nerviosa. Esto no parecer ser una charla normal. Es algo mucho más grande.

Comienzo a patalear para no ser muy obvia con mi pronto nerviosismo.

—Yo no soy normal, Trey. No me doy cuenta de las cosas y, cuando lo hago, lo echo todo a perder. No quiero… —suspiro, sin saber qué más quería decir. Ni siquiera estoy segura de lo que iba a tratar de convencerle en este momento.

—¿No quieres qué, ángel?

Lo observo unos segundos, decidiendo en si hablar o no.

—No quiero perderte.

Tan pronto como las palabras abandonan mi boca, me arrepiento. Porque, primero, sonó “malditamente cliché” —cosa que él diría—, y segundo, porque puedo sentir cómo dije algo que jamás pensé en decirle a alguien. Son cosas que no se dicen a la ligera, sino cuando realmente crees en ellas. Y lo que me atemoriza es que yo no mentí, sino que le dije la verdad y su reacción es lo que detonaría una bomba en mi interior. He tratado de proteger a mi corazón durante tantos años y, durante estas tres semanas, pude sentir el cristal que lo protegía quebrantándose lentamente, con los simples gestos de un chico que llegó a mi vida en el momento más extraño y oportuno.

No puedo. Debería irme, ya debe pensar que estoy lo suficientemente loca como para seguirme la corriente. Yo…

—Liz —dejo de pensar cuando escucho mi nombre en sus labios. Me atrevo a mirarlo, temerosa. Está sonriendo dulcemente y tal vez ahí, es cuando lo pierdo. Puede que este sea el momento, en el que me dejo ir—, no me vas a perder. No nos vamos a perder porque yo tampoco quiero perderte. No voy a ningún lado.

Respiro, aún sin estar totalmente de acuerdo.

—¿Y si te lastimo…?

Menea su cabeza convencido.

—No lo harás.

Trago, acercándome cada vez más a él. Pronto nuestras piernas se tocan ligeramente.

—¿Y si huyo?

Su brazo se desliza a mi cintura, manteniéndome firme contra él. La calidez de su toque me da descargas eléctricas en todo el cuerpo.

—Te perseguiré.

Lo veo directamente a los ojos, sintiéndome pequeña pero a la vez tan grande a su lado.

—¿Y si me aparto? —mis manos se forman en puños, pensando duramente en todo—, ¿y si descubres todo de mí?

Sus dedos corren rápidamente a mi rostro, sosteniéndolo con delicadeza. Me observa durante segundos, tal vez minutos, pero en lo único que me concentro es en los círculos que forma en mi mejilla. La manera en que las yemas de sus dedos recorren lentamente mis párpados, mi nariz, mis pómulos… Mis labios. Nos analizamos por lo que parecen horas, sin querer romper el contacto y, juro que tomo una fotografía mental para este momento, que él no puede entender lo que significa.

—Si te apartas, haré que vuelvas. Si descubro todo de mí, solo esperaré que ya hayas descubierto todo de mí. No soy perfecto, Lizzie. No solo tú tienes secretos. No solo tú tienes defectos. Yo estoy tan cargado de ellos que se me salen de los poros —sonrío por su expresión y rozo levemente sus dedos con mi cara—, lo único que espero es que me aceptes tal y cómo soy, porque estoy seguro de que yo haré lo mismo contigo. No quiero que seas perfecta, Liz, quiero que seas tú, porque puedo jurarte en este momento que lo que más me gusta de ti son lo que tú consideras “defectos”.

Las lágrimas amenazan con salir de mis ojos, sin embargo no las dejo. No quiero arruinar nada en este instante. Le gusto. Dijo que le gusto.

Entonces, si me siento tan feliz, ¿cómo es que no puedo dejar mis inseguridades a un lado y dejar fluir todo? ¿Por qué me veo obligada a seguir preguntando lo que quiero cuestionar?

¿Por qué me empeño tanto en que se eche hacia atrás?

—Tienes que ser paciente conmigo, Trey —susurro, tocando mi pie con el suyo que ahora está tan arrugado como una pasa—. No soy experimentada. Jamás he besado o sido besada. Nunca había ido a una cita hasta hoy. Soy mala con las amistades, porque no he tenido muchas. Estoy cargada de inexperiencias, cosas por las que tú ya debes haber pasado hace milenios. Soy principiante en tantas cosas…

El brazo que está en mi cintura me acerca más él, haciendo que me atragante en mi propio aliento. La mirada en sus ojos me aterroriza, pero es de una buena manera, porque lo único que veo en él es decisión y ternura.

—Déjame ser el que te haga pasar por todas esas primeras veces, ángel, por favor. Me gustas, mucho. No quiero presionarte, no deseo hacerte sentir encerrada, solo quiero que estés feliz conmigo. Que te sientas cómoda cuando hablamos, que confíes en mí —su nariz roza la mía y no me aparto—, permíteme enseñarte que no soy como los demás, porque si me dejas, seré el caballero que mereces. Dios, a lo mejor ni llegue a eso, porque mereces demasiado, pero haré lo posible para estar a tu altura. Para ser lo suficientemente bueno. Solo… déjame, ángel. Sé que no soy el único que siente esto entre nosotros.

Me quedo en silencio, procesando absolutamente todo lo que acaba de confesarme. Trago cada sílaba que salió de su boca y la disfruto. Siento sus palabras atravesando mi cuerpo y el calor lo invade, dándome señales de que está bien sentirse así y de que, mi corazón estará a salvo con Trey.

Nos miramos una última vez, sus ojos pidiendo permiso, los míos dándoselo. Los cerramos lentamente, casi al mismo tiempo y, cuando su mano se desliza en mi cuello y nuestras narices están a centímetros de separación, sé que no hay marcha atrás, porque ya siento sus labios rozar los míos y respiro, porque así es como todo tiene que sentirse. Como lo que jamás esperé, llegó a mí.

Finalmente, sus labios se unen totalmente a los míos, besándome lentamente. Al principio es algo así como un pico, pero entonces pasan a ser varios y luego, es toda una armonía. Mi estómago se retuerce en grandes golpes de descargas eléctricas cuando la suavidad de su boca se une una y otra vez con la mía. Nuestras caras se tocan de la manera más hermosa e íntima que jamás podría imaginar. Mis manos no se detienen y tengo que acariciar su cabello, porque Dios, adoro su pelo. Y ahí es cuando me acerca todavía más, susurrando mi nombre entre alargados besos.

Segundos pasan y no me canso de él. No podría, porque me trata con tanta delicadeza que duele. La gente nunca podrá describir un beso, eso es imposible. Nadie puede describir lo que yo siento cuando Trey besa mis labios. Es una combinación de emoción, ternura, pero… a la vez hay fuerza, pasión. El primer beso no es algo que puedas contarle a alguien, porque son tantas cosas las que siento que me quedaría sin definiciones.

¿Cómo decir lo bien que siento cuando sus manos se deslizan en mi cintura? ¿Y lo derrite-corazones que es cuando abro un poco más mi boca y él sabe cómo entrar? No hay forma de hablarle a alguien de lo que mi corazón hace cuando me doy cuenta de que, no solo yo disfruto de esto, sino que él también y que ambos estamos sonriendo como tontos y aún así, logramos seguir besándonos.

No, describirlos tendría que ser ilegal, porque la imaginación es tan alejada a la realidad, que nunca esperas esto.

O tal vez no lo esperas a él.

—Ángel —susurra, separándose un poco de mí para verme mejor—, realmente eres un ángel.

Me rio, acurrucándome en el hueco que hay entre su cuello y su hombro. Inmediatamente me rodea con sus largos brazos y besa la coronilla de mi cabeza, haciendo que mi sonrisa se ensanche.

—Ese fue el mejor primer beso de toda la historia.

Lo siento reírse contra mí, apretando su agarre.

—¿Dónde está la chica tímida que conocí hace 1 mes, eh? —bromea, relajándose—. La señorita de aquella época no podría decir algo así sin sonrojarse.

Ruedo mis ojos y lo empujo un poco, lo suficiente para que él haga como que se desbalancea para tirarnos a la piscina. Hace movimientos exagerados que gritan “oh no, voy a caerme”, pero sé que no lo hará, porque estoy segura de que no quiere que nos mojemos.

Y tenía razón, porque obviamente no caemos en el agua.

—¿Sabes? —le digo, girándome para observarlo directamente a sus verdes ojos—. Este ha sido el mejor cumpleaños de toda la vida.

Su mirada sobre mí se suaviza, las comisuras de sus labios alzándose lentamente. Besa mi mejilla, orgulloso.

—Me alegra oír eso, Liz. Realmente me alegra.

Justo cuando estoy por pedirle que me bese de nuevo, las puertas del restaurante se abren, dando paso a una pareja de meseros que vienen riéndose de algo tonto. Justo cuando nos ven, fruncen el ceño, confundidos y luego se alarman, corriendo dentro del local para, seguramente, delatarnos.

—Mierda —murmura Trey, haciendo que me levante con él rápidamente. Cogemos nuestros zapatos de la mejor manera posible y nos los colocamos a cómo podemos. Pronto, escucho un trueno y él hace una mueca, tomando mi mano— Tenemos que correr, Lizzie, como ya.

Abro mis ojos, sintiendo una primera gota de lluvia caer.

—¿Ya ya?

Se encoge de hombros.

—Es eso o llevarnos una paliza.

Así que, sí, corremos como desquiciados por detrás del lugar. Pasamos todo el camino por el que Trey me llevó en un principio y, aunque estamos rebosando de comida en nuestro interior, vamos rápido por el sendero. Ambos escuchamos cómo los meseros gritan y nos persiguen, pero él casi no me da tiempo de pensar. Un momento estamos cerca de los árboles y, al otro nos encontramos cerca del parqueo, con una leve llovizna cayendo encima de nosotros.

—¡Entra al carro, Liz! —dice mientras saca las llaves de su carro. Al instante voy a la puerta, cerrándola fuertemente. Cuando me encuentro dentro, puedo ver cómo los empleados nos van a alcanzar si no le apuramos.

Cuando Trey entra dentro y arranca la ignición, trato de suspirar tranquila, hasta que veo que la puerta de su lado no está.

Uh-oh.

—Um… Trey…

Comienza a conducir, sin fijarse atrás. Veo cómo dejamos en el camino a los meseros del restaurante y me preocupo. No se ha dado cuenta.  

—No hay tiempo, Lizzie.

—Pero Trey…

—Sh —susurra, concentrándose en el parabrisas que ahora está empapado. Justo cuando estoy por decirle que ya no tiene puerta del lado del conductor, frunce el ceño, mirándome con confusión.

—¿No está haciendo mucho frío? ¿Por qué hace tanto frío?

Trato de contener una carcajada.

—No lo sé, ¿puede que sea por el hecho de que no tienes puerta de ese lado?

Alza una ceja, confundido. Le da un leve vistazo a su lado del auto y frena en media carretera. Alterna su mirada entre el espacio vacío que debería estar lleno y yo y comienza a reírse como loco. Sin quererlo, yo también lo hago, porque la situación es demasiado absurda. Escapamos del restaurante, además de dejar la puerta de su coche tirada. En serio, es tan tonto.

Cuando logramos recobrar la compostura, Trey conduce con tranquilidad, porque el camino está realmente mojado y la lluvia entra por su lado. Toma mi mano sin pensarlo y yo lo dejo, porque me hace sentir calmada. Durante todo el camino ninguno dice nada y simplemente observamos la oscuridad cernirse sobre nosotros. Me pregunto qué hora será, pero estoy bastante segura de que no son ni las 12:00. En todo caso, no me permito pensar en papá o sobre cómo estará hasta que llegue a casa, lo cual sería pronto.

Justo cuando estamos en la esquina de mi “dulce dulce hogar”, le digo que se detenga para que no tenga que hacer mucho desvío hacia su casa. Trata de protestar, sin embargo, al final no lo dejo, porque no quiero que la noche se arruine con él encontrándose a papá de alguna forma u otra. Aún así, sale de su carro y corre a abrirme la puerta, lo que agradezco con una gran sonrisa.

Cuando ambos estamos fuera, me mira sonrientemente.

—Espero que la hayas pasado bien, ángel —dice, mientras frota sus manos en mis hombros mojados. Ya no llueve, pero quedé bastante empapada—, y déjame darte mi saco.

Ruedo mis ojos, negando con mi cabeza.

—No tienes que hacerlo…

Ni siquiera he terminado la oración cuando ya siento la suave tela en mi cuerpo, protegiéndome contra el frío. Sus ojos brillan con más de lo que alguna vez podría haber pensado que brillarían para mí y me meto en su chaqueta, porque sé que lo hace feliz. Me pongo de puntillas en un acto de valentía y beso sus labios rápidamente, tratando de transmitirle a través de él lo agradecida que estoy, no solo por la cita, sino por el hecho de que haya entrado a mi vida.

—Gracias Trey.

Sus brazos rodean mi cintura y me besa una última vez, dejándome derretida en la acera.

—Gracias a ti, Lizzie. Ha sido una de las mejores noches que he pasado —vuelve a colocar sus labios sobre los míos y luego en mi nariz, y mejilla… Y en todo mi rostro. No puedo evitar reír—, buenas noches, ángel. Espero que duermas tan bien que sueñes conmigo.

Lo empujo divertidamente, tratando de que vaya hasta su carro.

—Cállate y conduce. Tienes que llegar temprano para decirle a tu mamá qué le pasó a tu coche y que entienda.

Él me guiña un ojo y sonríe, casi sin creerlo.

—Que Dios te oiga, preciosa. Que Dios te oiga.

Nos reímos una última vez y camino sin pensarlo hasta casa, porque sé que no se irá si no me ve entrar por la puerta. Paseo lentamente por la calle, silbando en la penumbra de la noche porque no puedo recordar algún momento en mi vida en el que haya sido tan feliz. Hasta estas horas parecen ser más lindas cuando alguien se siente así.

¿Será que esto es a lo que llaman enamorarse? Porque si fuese así, quiero sentirlo siempre.

Finalmente llego a la entrada y me volteo ligeramente para saludarlo. Observo cómo su mano me saluda desde lo lejos y sonrío, entrando a casa sigilosamente. Hay un búho que suena a lo lejos y me relajo, sabiendo que ya deben ser las 12:00. Justo cuando coloco mis pies en la alfombra que recibe a cualquiera que entre y cierro tras de mí, siento una ráfaga de viento en mi espalda y me tenso. Lentamente me acomodo la chaqueta que me dio Trey y doy la vuelta, esperando ver a papá allí, sin embargo, no está.

Dios, ese fue un gran susto.

Subo con cuidado cada escalón, cuidando que no chille cuando paso encima de ellos. Ni siquiera di un vistazo a la sala, pues me da miedo que él me vea allí.

Al llegar arriba, camino directamente hacia mi cuarto y abro, sin pensar en lo que me encontraría.

—¿Papá? —pregunto, viendo la escena que se despliega ante mí.

Un hombre al cual he conocido como mi padre desde hace años me ve directamente, con sus ojos azules casi brillando en la oscuridad. Pero su mirada ni siquiera es a la que estoy acostumbrada a encontrarme todos estos años. Ya no es esa sobria con la que lo veía en los cumpleaños de mamá. Tampoco la borracha de todas las noches; mucho menos la violenta que se desprende de sus retinas en ataques de agresividad. Es desconocida, es nueva…

Y me aterroriza, al punto de saber que debo correr. 

Ella espera y sueña con que todo estará bien. 
Así que... HOLI:3 ALSJDLAKSJDL, tenistas míos u.u Les escribo rápidamente para DISCULPARME por mi desaparición... En serio me da muchísima pena con ustedes, pero el colegio me agarró duro u.u LO siento, MUCHO, no saben lo que extrañé escribir a Trey y Lizzie, pero ahora han vuelto, porque estoy en vacaciones*---* Oh sí, baby:3 Espero que disfruten del cap y no me abandonen u.u Aunque tienen el derecho de haberse ido D: 

Por otra parte (escribo rápido porque es tarde y debo irme a dormir xD), solo quería informarles que... ejem... HOPE FUE NOMINADO ESTE AÑO EN LOS PREMIOS GATO LIT AWARS. OH SÍ, COMO LA MEJOR BLOG NOVELA DEL AÑO :OOOO Apenas estoy nominada, pero estoy tan feliz que muero alsjdalskdj:3 Así que, si quieren apoyarme y votar por mí, sería genialoso (claro, se los digo porque ustedes leen la novela y todo:3 Y sin ustedes, SHO no sería nada:3), acá está el link donde pueden ver a HOPE NOMINADO ALJSDLAKSJDALSKDJ (perdón, estoy que me lleva la felicidad), hagan clic en USTEDES ROCKEAN \(._.)/ Para ir. 

Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen fin. Espero tener el cap 16 pronto para ustedes♥ Prometo recompensarlos:3

Leeeeeeeeees mando besos y apapachos GIGANTESCOS!
Mel(:

5 comentarios :

  1. !Ohh Mel¡ Me encanto el capitulo espere tanto por el y solo puedo decirte que es perfecto, es que Trey es tan Tan adfcjgfsdg Y Lizzy !oh dios mio¡ no sabes todas las emociones que despertó en mi este capitulo, ese beso niña wao ellos dos son hermosos y la huida del restaurante me reí demasiado Mel, estuvo genial y solo por que escribes genial y no puedo parar de leer tu novela te perdono por demorarte milenios en publicar...

    Sabes me dejaste en ascuas con ese final me estoy comiendo las uñas créeme y eso que las tengo larguísimas y las he cuidado por años y ahora por tu culpa están mochitas jajjajaja Ok no' pero porfa publica pronto no me hagas esperar mujer me muero por volver a leer algo tuyo

    Adiós Nena cuídate mucho y por supuesto que votare por ti sin duda esta es la mejor blog novela' te mereces ese premio' mil besos

    Lanny ;)

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  2. OMG! O.o ¿sabes que me ha encantado el capítulo? Enserio ha sido perfecto, me dejaste con ganas de saber más, así que no nos hagas esto más y traenos el siguiente capítulo cuanto antes (amo a Trey, así como dato)

    Te perdono por la ausencia porque ha merecido la pena esperar para leerlo pero ya... NUNCA MÁS. Queremos capítulos más seguidos (cuando se pueda vaya xD) menuda contradicción.

    Pues eso... ¿Una palabra para el capítulo? PERFECT!! ^^

    Besoos!! :)

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  3. DIOSES!!
    QUÉ BUEN CAPI. POR FIN. POR FIN SE BESARON. Y QUÉ BESO! Sin duda, el mejor primer beso!
    Son taaaan lindos. Y Trey...DIOS. Trey es demasiado bueno para ser cierto.

    Me encantaron tres cosas sobre todo: El beso (duh!), cuando ella dice "Él me dio chocolate" (porque esos pequeños detalles son tan momento-cósmico) y que se hayan ido del restaurante sin la puerta del carro!! (morí de risa!!!)

    En fin, no desaparezcas!!! Necesito saber qué pasó con el padre de Liz. Miedo. Miedo!!!
    Esto es un manejo de suspenso de la putamadre (disculpa la palabra). AJKNDJKASDASL, sos increíble mujer, en serio, tienes que seguir escribiendo lo antes posible!!

    Besos y calma!
    Vale

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  4. Iba por la mitad del capítulo cuando... Espera, cuándo sucedió esto? Y cómo llegaron al restaurante caro? Qué?
    Y ahí fue cuando me di cuenta que no he leído el anterior :S
    Ah, pero ya me pongo al día para acosarte más seguido Melosa.
    Y no se te ocurra desaparecer!!
    Besos :3

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  5. Hola Mel, mucho sin pasar al blog, me da gusto saber que todo va viento en popa, te mandé un correo, creo que no llegó, lo reenviaré.
    aprovecho para comentarte que tienes un premio ene l blog:
    http://rbcbook.blogspot.mx/2013/12/premio-fantastic-blog.html
    besos enormes.
    R.

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