28 de mayo de 2014

Capítulo 18

“So I throw up my fist, throw a punch in the air… And accept the truth that sometimes life isn’t fair”.

--Get it right.

Trey

—Un hombre no llora —susurró un padre a su hijo, sacudiéndolo de los hombros. El niño, recién caído de las escaleras por haberse tropezado, sollozaba con desahogo, sintiendo sus rodillas arder por el golpe. Llamas recorrían sus extremidades mientras pensaba en el miedo de rodar: los sentidos que se pierden cuando vas cayendo al piso. Las personas no temen a la forma en que te deslizas o se te escapa el equilibrio: nos aterroriza la idea de perder el control. La manera en que nuestro cuerpo parece desconectarse de ti y ser vencido por la gravedad. Eso hace a la gente asustarse y a los niños, llorar—, un verdadero hombre no llora jamás.

Unos ojos tan verdes como las hojas de un árbol miraron a su papá con confusión, extrañeza tal vez. El chico de 4 años no parecía captar lo que le decían. ¿No llorar? ¿Cómo se vivía en un mundo donde, al herirse, no podía desahogarse como su cuerpo le mandaba? Si él se lastimaba, quería desparramar lágrimas. No reír, no saltar: sollozar. ¿Qué sentido tenía encerrar lo que más deseabas soltar?

—Pero… —protestó, cuadrándose en cuanto su pequeño cuerpo le permitía.

—No, hijo. No —sentenció el hombre, casi lanzándolo a la pared con una simple mirada. Aún estando arrodillado, sus ojos azulados prometían fuerza, obstinación. Alguien que no acepta objeciones—, tú simplemente no lloras. Eres un hombre y no derramamos lágrimas. Si nos caemos, nos levantamos. Si te golpean, devuelves el golpe. Si te insultan, peleas. Así funcionamos: así somos. Fuertes, duros, como Dios manda.

El joven tragó, su labio inferior temblando.

—¿Y si mi corazón se quiebra? —susurró, envalentonándose para ver directamente al señor que le ordenaba, rebelándose a quien tenía el poder en la casa. Había escuchado a su madre leer en voz alta una revista donde hablaban sobre cómo una persona puede sufrir cuando le rompen su corazón, como una herida física. Le daba terror que le pasara a él—. ¿Qué hago entonces?

El padre se rio de forma sardónica, apartando la mirada de los inocentes y suplicantes ojos del niño. Que él hablara de eso era inaceptable.

—No haces nada —su voz fue clara y dominante cuando lo dijo, haciendo al chiquillo estremecerse—. No hablas de ello, no lo piensas: te pones una máscara y ocultas el dolor. Ni siquiera sé por qué estás preguntándomelo, son mariconadas, cosas que le tocan a las mujeres, pequeño. Los sentimientos no van con el hombre, las lágrimas demuestran debilidad.

Un segundo pasó, luego dos. Cada palabra penetraba en los oídos del infante, grabándose como un mantra que se repite una y otra vez durante la noche. Enseñanzas aprendidas, que no son tan buenas al final.

Y aún así, protestó un poco más.

—Mamá llora —confesó finalmente, ahora más calmado, sus mejillas secas—, ¿significa eso que ella es débil?

Y fue ahí cuando lo supo, ese instante en el que el humano que le dio la vida lo miró directamente a los ojos y le sonrió, que supo que algo estaba mal con la forma de pensar de su propio papá. A lo mejor no tuvo la certeza allí, pero la forma en que su corazón se estrujó le hizo saber que en quien más debía tener fe, no era tan confiable después de todo.

—No, no solo ella —sus labios se curvaron en una sonrisa arrogante, mientras palmeaba su rodilla—, todas las mujeres lo son, Trey.

Y con esas últimas palabras, el recuerdo se desvaneció como humo contra viento, convirtiéndose en un sueño que, desgraciadamente, casi hace llorar al que lo observó todo.

Solo casi.

Mis ojos se abren lentamente, parpadeando contra la luz del sol que comienza a filtrarse por la ventana. No salto por la pesadilla, no lloro por el dolor, tampoco reacciono, simplemente me quedo ahí, inmóvil, con mi mandíbula apretándose cada vez más. Odio ese recuerdo, detesto la manera en la que me hace sentir con su última frase. Si alguien hubiese podido escuchar el desprecio que se desprendía de la voz de mi padre, entendería mi frustración hacia él. La furia que corroe mi cuerpo ante su sola imagen.

Mi madre dice que está mal guardar rencor, pero a veces, es inevitable.

Justo cuando considero levantarme hacia el baño para darme una fría ducha y calmarme a mí mismo, me encuentro con que, ¡hey! No puedo realmente moverme. Miro cuidadosamente hacia abajo —porque, obviamente nunca sabes cuándo será el día en que un ninja entrará por tu ventana y se quedará dormido a tu lado—, y es ahí cuando el entendimiento me golpea: un ángel está acurrucada a mí, con sus brazos descansando en mi pecho y una pierna enredada con la mía. Su cara se muestra en paz y sonríe minuciosamente, como si estuviese teniendo un gran sueño del que no quisiera despertar y su respiración acompasa los tranquilos latidos de su corazón, que inmediatamente logran hacer lo mismo conmigo. Aún cuando posee tonalidades rojizas por los golpes llevados anteriormente, un increíble sosiego se instala en mis entrañas y me siento sonreír sin querer. Es… perfecta, magullada o no.

No creo que los humanos logremos transmitir nunca lo que alguien siente cuando se despierta y lo primero que ve es a la persona que quieres. Es como si las palabras simplemente no alcanzaran. Hay algo sorprendente en abrir tus ojos y observar la forma en que otro duerme, con paz, belleza. Es como si tragase todo lo malo del mundo y te regalase, envuelto preciosamente, lo mejor que tienen de sí mismos. Esa sensación de saber que mientras dormías alguien te sostenía al igual que tú lo sujetabas es indescriptible. Tan nueva, tan… irreal. Hace que nuevos sentimientos —desconocidos—, se expandan dentro de ti. Es raro, pero me llena de adrenalina.

Con delicadeza, beso la frente de Liz, mientras hago ligeros círculos con mis dedos en su hombro. Sé lo que estoy haciendo, son intentos de curar heridas que no podrían sanar con mis caricias, solo con las bandas y medicamentos que mi madre nos proporcionó y sin embargo, soy terco, pues le doy cariño con la esperanza de que mejore tanto interna como físicamente. Tal vez podría quedarme aquí por siempre, disfrutando de lo que solo puede ser paz.

Pero no todo es tan fácil, obviamente. Y por eso es que, justo en el momento en que planeo dejarme caer en los brazos de Morfeo otra vez  recuerdo algo: yo no debería estar actualmente durmiendo con Elizabeth. De hecho, se supone que tendría que estar en el sillón con Jason y mamá con…

Oh mierda. Me quedé dormido. Yo tenía que esperar a que Liz se tranquilizara, descansase y luego, irme de puntillas de mi habitación, pero como es obvio, no fue así.

Gimo, chocando mi cabeza contra el cabecero de la cama. ¿Cómo esperaban a que me fuera? Ella estaba tan desesperanzada, llorando fuertemente y solo quería que se apoyara en mí. No podía dejarla sola, no tengo tanta fuerza de voluntad. Si pudiese hacer una genial escapada y deducir que mi madre no vio nada, estaría genial.

Sin embargo, es ahí donde Liz se despierta, revoloteando sus párpados con pesadez. Bosteza un poco y acaricia mi pecho, acurrucándose más cerca y hace esa cosa de arrugar la nariz que me encanta. Una sonrisa se esparce en mi rostro sin que lo permita y pronto estoy a su altura, protegiéndola contra el frío mañanero.

Un iris miel me observa fijamente durante segundos, un poco soñolientamente. Sus labios se curvan y también hace una mueca de dolor y estoy casi seguro de que me va a decir “buenos días, oh, hermoso y estupendo Trey” —tal vez no con esas palabras, pero podemos soñar—, y es allí cuando, como yo, entra en realidad.
Síp, mierda. Estamos durmiendo en la misma cama. Nada bonito.

—¿Trey? —susurra, frunciendo el ceño. Mira a su alrededor con extrañeza, pasándose las manos por encima de los párpados—. Estoy esperando a que me digas que esto es un sueño, en serio.

Bueno, ya somos dos.

—Si quisieras levantarte con un pellizco que no funcionará, podemos hacerlo.
Su mirada vuela de nuevo hacía mí, aunque en esta ocasión hay más pánico en ella. Casi puedo ver cómo su mente procesa todo.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dice, apretando la camisa que llevo puesta—. ¡Tu mamá va a matarte!

Paso una mano por mi pelo, relajándome sin querer hacerlo realmente. Creo que últimamente he hecho tantas estupideces que ya me he acostumbrado a que mi madre posea fuertes deseos de golpearme con lo primero que tenga en la mano. A lo mejor escoja a Rocky, ¿quién sabe? En todo caso, siempre será un mismo resultado y, bueno, soy un chico. A veces no me preocupo tanto por la situación, sino que improviso al final.

Okay, lo acepto, los hombres somos un tanto complicados. Ni me estoy entendiendo a mí mismo ahora.

—Solo digamos que en el proceso de dejarte a escondidas mientras dormía, yo caí también. No pude evitarlo —hago una mueca, encogiéndome de hombros—, en todo caso, mi madre no te hará nada a ti. Al que degollará para una sopa es a mí.

Frunce el ceño, pero sin quererlo se ríe por lo que dije. Claro, todo lo recurrente a mí siendo cocinado es divertido.

—Bueno, si deseas salvarte, ¿no crees que deberías ir saliendo por esa puerta como ya? —pregunta, mirándome con trazos de risa en ella. Lo primero que se me viene a la cabeza es responderle “oh, mierda, sí. Ya me voy” y salir corriendo, que sería lo más sensato, pero luego… Luego simplemente decido no hacerlo.

—No —le susurro, apretándola más contra mí con cuidado de no lastimarla y escondiéndome en su cuello—, no lo creo.

Un segundo pasa mientras oye bien lo que dije y luego explota.

—¿De qué estás hablando, Trey? —trata de apartarse, pero se detiene al sentir dolor—. ¡Debes irte! ¿Por qué no te has ido?

—¿Por qué? —sé que mi voz retumba en su piel y se estremece, retorciéndose un poco—. No porque sea estúpido o quiera desafiar a mi mamá, sino por el hecho de que quiero disfrutar este momento, Ángel. Grabarlo en mi memoria para después. Las personas tenemos esta mentalidad de “vivir el presente”, de hacer cosas locas y memorables porque solo se vive una vez, sin embargo, muchas veces nos olvidamos de que no es cuestión de vivir, sino de disfrutar. De tomar una simple respiración y decirte a ti mismo “voy a recordar esto”; hacer una imagen mental de lo que sucede. En mi caso, estoy haciendo eso justo ahora. Mi fotografía de ti, acostada a mi lado, sonriéndome cuando despiertas, ya fue capturada. Por eso no me voy aún y no creo que lo haga pronto.

El silencio invade la habitación como una vela desprende su luz en la oscuridad. No me atrevo a salir de la comodidad de su cuello, porque, si debo confesarlo, da un poco de miedo ver su reacción. ¿Eso que dicen de que los hombres no tenemos sentimientos en algunas cosas? Totalmente mentira. ¡Somos seres humanos y nos asustamos, por todos los cielos!

Pero no digan que dije eso. Lo negaré.

—Creo que yo no hice una fotografía mental de lo que acabas de decirme —mueve mi cabeza para que esté a la altura de sus ojos y puedo ver un rosa tiñendo sus mejillas manchadas por marcas—, más bien grabé todo un vídeo.

Creo que el corazón se me va a salir de tanto latir.

Con delicadeza, arrastro mis dedos por sus pómulos y los beso lentamente, dejándome llevar por el ambiente que logramos crear y mis deseos de aliviar su dolor. Sus párpados caen como gotas de lluvia, sintiéndolo también y cuando voy a rozar mis labios con los suyos, la luz invade todo el cuarto y un cuerpo entra sin permiso de nadie.

—¡Buenos días, pequeños tortolitos! Es hora de… Oh —grita Jason, su voz desvaneciéndose poco a poco mientras ve la situación y mata totalmente el aire romántico. Gimo con frustración y me apoyo en contra de Liz, maldiciendo en voz baja. No puedo tener un descanso—. Iba a decir que debían levantarse, pero creo que se adelantaron.

Con rapidez, agarro un almohadón y se lo tiro directamente, dándole en el estómago. Algo como un “uf” sale de su boca y luego se ríe, despertando casi a todo el vecindario de paso. Cuando entró, casi me da un ataque de pánico, porque pensé que no se sorprendería al ver el rostro de Elizabeth, pero entonces recordé que ya lo había observado ayer, cuando la cuidaba.

Gracias a Dios o esto hubiera sido muy desastroso.

—¿Qué estás haciendo aquí, Jason?

Sus ojos azules se posan en nosotros y luego alza la ceja, viendo cómo Elizabeth chilla y logra zafarse de mis brazos, con el rostro en llamas. Se cubre con las mantas con nerviosismo y protección, aún cuando tiene la misma ropa de ayer. Sus manos aprietan con fuerza el edredón.

De pronto, hay al menos 1 metro de distancia entre ella y yo y justo cuando estoy por alcanzarla de nuevo, alguien cae entre nosotros, en un suave golpazo. Siento cómo mi brazo empieza a temblar en un mini-tic temporal cuando observo que Jason está a mi lado, muy serio.

Le creería sino notase que sus ojos están llenos de diversión.

—Tú, maldito desgraciado, me dejaste esperándote toda la noche en la sala, como si fuese un simple amante —lleva una mano a su pecho con dolor, mientras da la vuelta y está casi encima de una muy roja Liz, bromeándola a su vez—. Lo siento, Liz, pero me temo que Trey es un puerco. Mientras estaba contigo, pensaba en mí y cuando no está contigo, ¡me ve a mí! ¡Ya sé, ya sé, no me tienes que decir nada! Todos son iguales.

Su pobre imitación de una mujer —o lo que sea que quiera tratar de hacerse parecer—, me hace reír sin que lo quiera hacer. Sé que debería estar alejándolo de ella, pero es muy cómico. Creo que Elizabeth pronto le ve la gracia también porque una risa bulle de su garganta y cuando nos damos cuenta, todos estamos haciéndolo como si fuésemos unos lunáticos. Apuesto a que si Rocky estuviese aquí, maullaría de felicidad.

Pero ahí es cuando mamá entra y… Todos nos callamos.

Díganme que una chica y dos hombres en la cama no se mira tan mal a cómo yo lo imagino en mi mente. D-i-g-á-n-m-e-l-o.

—¿Trey? ­—la voz seria de mi madre inunda la habitación, como un eco que se expande por un barranco. Estamos inmóviles mientras observamos la manera en que ella se va abriendo paso en el lugar, como si lo poseyera. Sus cejas, antes elevadas con sorpresa, ahora poseen cierto tipo de molestia y curiosidad que conozco bien. Es esa clase de cosas que te hacen saber que, síp, te metiste en problemas—. Creo que necesitamos hablar.

¿La gente nota eso de las mamás? ¿Esa cualidad que tienen de decir algo como si no fuese obligatorio, pero que termina obviamente siéndolo? Porque yo sí y lo siento justamente ahora. Ese “creo que necesitamos hablar” es un código para “más vale que salgas de esa inmunda cama y me sigas sin decir pío”. Cuesta comprender a las mujeres, sin embargo, cuando se trata de la que te dio la vida, con práctica lo logras.

Claro, no me malentiendan. Siempre hay ocasiones en las que, por más vueltas que le doy, no la entiendo, aunque eso podría verse en otros ejemplos. Ahora mismo, estoy totalmente en sintonía con su cerebro.

—Uh, sí. Ahí voy —digo, saltando del colchón. Le echo un vistazo a Elizabeth, quien está pálida como un fantasma y me mira pidiendo ayuda. Articulo un “está bien” para que se tranquilice y descanse un poco más. Me responde con un “lo lamento” arrepentido y niego inmediatamente, porque no hay nada que lamentar. No habría dormido tranquilo sabiendo lo mal que estaba anoche.

Con un ritmo apaciguado sigo a mi madre hasta la puerta, trayendo conmigo a Jason casi de la oreja. Se retuerce bajo mi mano, chillando con “auch auch. Duele, idiota”, y haciendo muecas, pero no se zafa, porque sabe que también está en problemas y que el silencio de su casi-mamá no es bueno. Aún cuando sé que no hicimos nada, se siente bien tener compañía, porque enfrentémoslo, a nadie le gusta ser regañado por sus padres. Es feo —hasta para los adolescentes que dicen que todo les vale mierda—.

Deteniéndose en la puerta del cuarto de Rachel que ahora está sin mi hermana por quién sabe qué, nos invita a pasar con un ademán de su mano. Pareciera que somos unos rehenes listos para ser ahorcados o degollados, porque nuestras caras son de arrepentimiento total.

O una actuación de eso. Sinceramente no me arrepiento de nada.

—Ahora —susurra ella, cerrando la puerta tras de sí y mirándonos penetrantemente—, ¿podrían explicarme por qué, por todos los cielos, lo primero que veo en la mañana es a mi hijo con su novia en una cama, con el mejor amigo de él en el medio? Y no se les ocurra responder con ninguna estupidez, porque juro que sabrán las consecuencias.

Jason y yo compartimos una mirada al instante. En cierta parte quiero decirle que se vaya, porque no hizo nada. Me refiero a que, lo único que quiso hacer fue tirarse en medio de Liz y yo como broma, pero mi otro yo malvado no desea dejarlo ir. Después de todo, pasa molestándome con el hecho de que me guste tanto Elizabeth y este sería un buen tipo de venganza.

Eso creo.

—No pasó nada, mamá —respondo, colocando mis manos en mis caderas para mayor seguridad—. Despertamos y Jason quiso entrar para levantarnos con su… energía matutina. Se tiró en la cama a modo de broma y luego llegaste tú. En serio, no tuvimos nada extraño.

Inmediatamente mi mejor amigo asiente, respaldándome.

—Entiéndame, señora Petryfork. Eran las 9:00 de la mañana y un maldito gato decidió despertarme a esa hora en un sábado. Tenía que molestar a Trey de alguna forma. Después de todo, Rocky le pertenece.

Ella nos mira lentamente de arriba hacia abajo, como si inspeccionara o investigara si somos sinceros. Su escrutinio parece ser interminable, pues cruza sus brazos sobre su pecho defensivamente, chasqueando los dientes. Es divertido cómo una mujer puede imponer respeto en su pijama, con pantuflas de conejitos que Rachel le regaló hace más de 7 años, ya sin un ojo. Irónico el poder que tiene sobre ti.

—Vaya, claro que sé que no hicieron nada malo —ríe mamá, despidiendo la idea como se aleja a una mosca, sorprendiéndonos a ambos. Su pose relajada me hace creer que tal vez no esté tan enojada como creía—, tenía ganas de asustarlos un poco. Más que todo a ti, Jason, que te pusiste más pálido que un fantasma. Confío lo suficiente como para saber que hacen estupideces, pero no una tan grande y descarada bajo mi propio techo. Cálmense.

Siento el aire aligerarse y mis hombros dejan de estar tensos. Sé que a Jase le pasa lo mismo, porque está cerca de mí. Son pocas las veces que mamá bromea así, pero cuando lo hace, vaya que me alegro.

—Sin embargo —sentencia rápidamente, con un dedo señalando para mayor énfasis—, tengo que hablar contigo, Trey. Así que, discúlpame Jason, pero necesito que salgas de la habitación. Hay de tus panqueques favoritos abajo y leche, por lo que supongo que irte no será ningún sacrificio.

Antes de que terminara de pronunciar la palabra “favoritos”, mi mejor amigo ya estaba corriendo hacia la cocina con una velocidad de flash. Grita un “¡gracias, señora!” eufórico y sus pasos resuenan con tanta fuerza en el piso de madera que casi nos hace temblar. Sonrío ligeramente por sus acciones, bajando mi mirada hacia mis pies descalzos para ocultarla. Aún cuando se supone que no me reprenderán, mamá tiene cierto aire estresado que no me deja en paz, que me recomienda permanecer serio, por lo que obviamente lo hago.

—Trey —dice, logrando que levante la mirada para verla mientras habla. Sus ojos destellan con ternura y precaución—, no estás en problemas. Tranquilízate.

Incómodo, paso una mano por mi cabello, suspirando.

—Lo sé, mamá. Simplemente no creo que vayamos a hablar de un tema lleno de flores y arcoíris.

Una risita retumba en su garganta, negando mientras se sienta en el “poof” de mi hermana. Es uno de esos sillones gordos y redondos en los que te puedes hundir en el momento en que te sientas; totalmente geniales. Excepto por el hecho de que es rosado, lo que combina con toda la habitación de Rachel y su estantería para libros. Sí, ella es muy cliché.

En fin, me desvío del tema.

—En efecto, no es así —su rostro pierde todo rastro de risas, la dureza reemplazando sus facciones—, más que todo por el hecho de que dormiste con en la misma cama de tu novia en mi casa, sin mi permiso.

Hago una mueca. Suena mucho peor cuando lo dice ella.

—Lo siento muc…

Me detiene con un gesto antes de que pueda seguir en mis infinitas disculpas.

—No, no quiero que me mientas. Sé que no lamentas nada y eso está bien, porque si lo hicieras, estaría decepcionada de ti como hombre. Tengo un completo conocimiento de lo mal que lo estaba pasando Elizabeth anoche y sé, como mujer, lo mucho que necesitaba un abrazo y consuelo, más una jovencita como ella, que no debe conocer a fondo el cariño y el amor. Si te arrepintieras de haber estado ahí para calmarla en momentos de pánico, dudaría de que seas hijo mío.

Mis labios se curvan levemente con sus palabras, pero mi corazón está latiendo nervioso y desbocado. “Una jovencita como ella, que no debe conocer a fondo el cariño y el amor”. Es obvio que lo sabe, que conoce la situación de Liz, al menos en una parte. Me siento estúpido por tratar de ocultárselo —sobre todo con mis pobres excusas de que había sufrido un pequeño accidente—, pero no puedo decirle nada que no me corresponda confesar. Sería romper una promesa, algo que no hago nunca.

—Pero eso no quita el hecho de que durmieron en la misma cama en mi casa, así que, si crees que va a volver pasar, ni lo sueñes —su mirada penetrante me calla al instante—, solo lo permití anoche por las circunstancias. Además, no creo que quieras que te dé toda la charla de la abejita y los condones, ¿o sí?

Ah mierda. ¿Por qué rayos dice todo tan directamente? Claro que no quiero que pase de nuevo, me estremezco de pensar en ello.

—No mamá, créeme. Eso es lo último que deseo.

Asiente complacida.

—Muy bien,  eso era todo lo que quería decirte —sonríe, al mismo tiempo que tiende su mano para que la ayude a salir del sillón divertido. Lo hago y salta con renovada energía, palmeando mi pecho—. Oh y espero que la cuides muy bien. Debes entender que, aunque seas mi hijo, si le haces algo no estaré de tu lado esta vez.
Mi boca se abre en una “o” perfecta con indignación, justo cuando ella decide irse triunfalmente de la habitación con pasos campantes. ¿En serio? ¿Traicionado por mi propia madre, que al parecer tiene favoritismo por mi novia? ¡Eso es… Já! No lo sé, horrible. Qué barbaridad.

Siempre supe que quería vengarse de mí por haberla hecho pasar 8 horas de parto, con dolor y contracciones. Pobre de mí y mi falta de delicadeza al salir de ella.

Dios, ¿en serio estoy pensando en cómo nací? No puedo creerlo, algo anda mal conmigo hoy.

Ruedo mis ojos y decido que me concentraré en el día, sin distracciones de cosas extrañas rondando por mi mente. Existen asuntos que Liz y yo debemos hacer hoy y por ello, necesito paz y confianza.

Algo que los Petryfork sabemos llevar muy bien.

4 horas más tarde…

—Es horrible, Ángel —digo, contrayendo mi rostro en una mueca de disgusto al ver el objeto que tiene en sus manos. Elizabeth me mira herida y frunce su ceño, lista para combatir.

—¡Es perfecto! Míralo —lo acerca a mi cara para que lo observe mejor, aún cuando prácticamente lo está colocando tan cerca que logra que se vea borroso—, es lo que buscamos. BBB.

Tomo delicadamente sus manos y las envuelvo con las mías, el adefesio interponiéndose entre nosotros. Mis cejas se alzan inmediatamente con curiosidad y un poco de diversión.

—¿BBB?

Asiente emocionada, sonriéndome gigantescamente.

—¡Bueno, bonito y barato! —salta sobre sus propios pies, meneando su cabello con gracia. No puedo creer lo que estoy oyendo—. Es lo que me digo todo el tiempo cuando voy a comprar a la tienda. Así es cómo funciona el mundo.

Miro a Liz fijamente durante unos segundos, tratando de ocultar mi risa, pero finalmente desisto y me carcajeo. Ella palmea mi brazo con indignación, pero no está realmente molesta. Sé que es así.

Todo esto está sucediendo porque, lo que tienen en las manos, es un celular. Oh, pero no cualquier celular: uno viejo. Tan viejo, que es de tapita. Solo sirve como para mandar mensajes y con costos llamar y no me hagan hablar de su diseño, el cual permanece totalmente deteriorado. Es llamativo, eso es verdad, porque posee un color morado bastante pasable, pero, ¿sinceramente?

Es horrible.

—No pienso comprarte eso, Liz. Cuando dije “compraré un celular para ti”, me refería a uno bueno.

Rueda sus ojos, haciendo un puchero.

—¡Pero este es bueno! ¡El dueño de la tienda lo dijo!

—Claro que lo dijo, ¡está tratando de venderlo! Cuesta 20 dólares, ¿por qué crees que sea así?

Observo cómo su mandíbula se aprieta tercamente y entrecierra sus ojos color miel hacia mí. Oh vaya, conozco esa mirada. Está decidida en su propósito.

—Si no lo compras, no permitiré que me des otro celular y pasaremos incomunicados.

Gimo, chocando mi cabeza contra mi mano.

—Pero Ángel…

Un dedo es colocado en mis labios, callándome.

—¡Nada de Ángel! Es este o nada.

Bufo, mordiendo su dedo para que lo quite de ahí en mi frustración. Al hacerlo, grita con sorpresa y luego se ríe, porque sabe que ganó. Hasta me saca la lengua descaradamente en el proceso.

—Lo próximo que morderé será tu lengua si sigues haciendo eso.

Su risa se detiene, quedando mortalmente seria. Ahora soy yo el que ríe, mientras voy al mostrador y le digo al señor del local, con barba y raros anteojos, que ese es el que llevaremos. Hasta él me ve con cara de “¿está seguro? Nadie lo quiere”, pero bueno, ¿qué puedo decir? Liz tiene cierto… gusto, al elegir.

Mírenme sino, me eligió a mí. Obviamente tiene preferencias exquisitas.

Já, hasta podría reírme con mis propias bromas sarcásticas.

En fin, si fuese por lo que yo quisiera comprarle, estaría gastando ahorros en un buen celular actualizado para ella, pero tampoco creo que sea muy lógico —aún si no lo quiero admitir—, pues lo que dice Liz es verdad: nunca ha tenido uno. Lo mejor es comenzar desde 0, analizando bien cómo funciona y los trucos que posee y después, más adelante, llevarnos algo más bonito.

O decente, porque, que me perdone, pero es horroroso.

—Aquí tiene —sentencia el hombre detrás del mostrador, entregándonos una caja gastada con el teléfono dentro—, todo suyo.

Elizabeth chilla, cogiendo el objeto antes de que yo pueda llevarlo. Prácticamente corre a la puerta, lista para irnos con una gran sonrisa en su rostro. Mi corazón se hincha ante el vistazo de la más mínima alegría en sus facciones, no por el hecho de que estoy enamorado, sino porque me costó que estuviera feliz a lo largo del día. Después de la charla con mamá bajamos a desayunar, sin embargo, había perdido toda la tranquilidad que poseía en la mañana al despertar. Su ceño se fruncía cuando veía la hora —seguramente pensando en su padre—, y movía su pie con incomodidad, mirando extrañamente a mamá algunas veces. Pensé en un principio que esto se debía al incidente tempranero, aunque luego pude ver que no era así. En los ojos de Liz se había formado un nuevo sentimiento al observarla. Era… comprensión, o más bien, admiración.

Sé que pasaron tiempo juntas en la noche anterior, pero no puedo imaginar de qué tema hablaron para que el ambiente entre ambas haya cambiado de maneras tan gigantescas. Igual, aún con esas ventajas en el día, me preocupaba el hecho de que Liz se encontraba mal. Triste, melancólica, estresada. Creí que se echaría atrás con el plan que habíamos formado hacía solo horas o que volvería a decirme que no quiere realmente estar conmigo, por lo que me esforcé en transformar esos sentimientos y convertirlos en alegría, o más bien, en un olvido de lo que le espera en su hogar y las heridas que tiene en su cuerpo y cara.

Finalmente, después de un largo lapso con chistes malos para que riera y muecas extrañas, creo que tengo el derecho a decir que lo logré.

—¡Trey! —grita desde afuera, haciendo gestos desde el estacionamiento para que salga—. ¿Qué estás esperando? ¡Vamos!

Sonrío, acatando sus órdenes y saliendo rápidamente del local. Me despido del empleado con un asentimiento de cabeza y lo devuelve levemente, aunque su mirada está fijada en mi Ángel. Sé lo que ve: una chica tan golpeada que te hace preguntar si fui yo el que la maltrató de esa manera, pero no sabe nada. Es como todas las personas —me incluyo—, que tenemos esta manía de creer que por una fachada conocemos todo de otros y nos dedicamos a juzgar como si fuésemos un dios, cuando la verdad no se acerca ni en lo más mínimo a lo que nuestras mundanas mentes desean suponer.

Debería reprenderle con un “hey, métete en tus asuntos”, o “por favor, deja de hacer lo que sé que estás haciendo”, pero rehúyo mis instintos y lo dejo pasar, porque no creo que esté en el poder de criticarlo a él también.

Cuando llego al lado de Liz —quien, por cierto, ya abrió la caja y está analizando los cables del cargador como si fuesen extraterrestres—, la asusto por detrás, pasando mis brazos alrededor de su cintura y dándole un sonoro beso en la mejilla. Grita complacida y se relaja, riéndose por nada en específico, lo que me hace hacerlo también. Damos un par de vueltas porque estamos felices y los carros nos pitan, pues al parecer estorbamos en el camino y aún cuando estamos fuera de peligro, sigo abrazándola, besándola tantas veces en la cabeza que sé que se mareará, pero eso no importa, porque la alegría nos invade y eso se parece mucho a la libertad.

—Eres hermosa —le susurro en un arrebato de cariño, formando pequeños círculos en su cintura—, y sé que no lo crees, pero un día, lo harás.

Es ahí cuando se vuelve para verme, que noto algo nuevo en sus ojos también: amor. Uno ya iniciado, que crece con rapidez. Sus mejillas rojas la delatan todavía más, pero lo que me convence es que esta vez ella me besa a mí, pequeño y tímido y sin embargo tan lleno de esperanza que asustaría a cualquiera.

Pero no a mí.

—Realmente eres el mejor, Trey —concluye en un suspiro, apartándose.

Justo cuando voy a contestarle de una forma bastante empalagosa —qué novedad—,  la sonrisa que tenía en mi cara se desvanece poco a poco con el vistazo de algo en una esquina. Más bien alguien. Al principio, pensé en dejarlo pasar, porque no parecía algo relevante, solo una persona haciendo compras como nosotros, sin embargo, es ahora cuando analizo que un cabello negro esponjado se asoma por la  ventana de una tienda, con un hombre alto como portador de éste. Sus gestos bruscos y certeros me paralizan, aún a la distancia. Habla elocuentemente con una señorita que seguramente le está atendiendo y creo que carga un bebé en brazos. Está de espaldas, por lo que mis suposiciones podrían ser erróneas, pero...

Mierda, juraría que es mi papá.

 Elizabeth

Cuando tenía 13 años, tuve una maestra de español que poseía cierto favoritismo sobre mí. Me ayudaba en demasía con las tareas y comenzó a regalarme un cariño que, en mi opinión, era infundamentado y extraño. No estaba acostumbrada a recibir ese tipo de cuidados de mi padre, mucho menos de alguien “desconocido”, por lo que en un principio, rehuí su encanto para conmigo.

En ese momento no llegué a imaginar lo mucho que llegaría a querer a esa profesora, pues con el paso de los meses, empecé a devolver su afecto. Me acompañaba en los recreos y a veces me traía sandwichs solo para mí, pues se dio cuenta de que no traía almuerzo. Creo que sabía que mi situación en casa no era la mejor, así que sentía un poco de pena por mí y mi poca suerte con las amistades. No analicé eso cuando era más pequeña, pero una parte profunda de mí lo sabía.

La cosa es que, a finales de año, tuvo que cambiarse de colegio, ya que el contrato se le vencía. Cuando me enteré, estaba en shock, por lo que no reaccioné, pero siempre recordaré que me regaló la cosa más rara y preciada que tengo hasta hoy: un diccionario.

Al dármelo —y sin ella estando más presente—, comencé a leer las definiciones de miles de palabras cuando estaba aburrida. Buscaba aquellas que me parecían divertidas o interesantes, sin embargo, la que se me quedó grabada fue una en especial.

Día.

Según mi libro, un día es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta sobre su eje o, para mayor comprensión, una base de tiempo civil, que se divide en 24 horas, 60 minutos de 60 segundos y dura, en total, 86 400 segundos. Hasta leí en una nota por allí, que suele ser algo corto y rápido, que los humanos vemos pasar con facilidad.

Recuerdo que al leer todo esto me deprimí, no por su definición, sino porque comprendí que había algo mal en mi forma de ver avanzar el día. Cuando estoy en clases, las horas pasan tan lento que un minuto se transforma en unas 3 horas. Y la gente pensará “vamos, eso nos sucede a todos cuando recibimos lecciones”, pero es que a mí no me molesta eso.

Lo que siempre me ha afectado es el ambiente en el que me encuentro, el temor de preguntarme minuto a minuto qué desgracia o burla realizarían contra mí. Mi mente no se ocupaba en agradecer por el sol o porque lloviese —o hasta nevase—, sino por preocuparse en cuándo terminaría el día. No soñaba como los otros, en llegar a sus casas o salir a comer. No contaba los segundos antes de que sonase la campana para irme corriendo a mi casa y dormir, simplemente deseaba que terminara. Rezaba porque fuese de noche y estuviese lo suficientemente cansada como para dormir y olvidarme de todo. Jamás anhelé una fecha cercana o me quedé despierta ansiando un acontecimiento exacto. Lo único que quería era estar en el vacío, vivir en un mundo de fantasías que solo yo podía crear, pero entonces, ¿cómo lograría eso, si hasta mi propia cabeza me ataca con pesadillas y recuerdos reprimidos? Imposible. Llegué a hartarme de esa constante pelea conmigo misma, odiándome y compadeciéndome a la vez, por algo que nunca pude comprender bien. Me contradecía, pues aún cuando odiaba el hecho de despertar y tener que vivir, no podía dejar esta vida.

Nunca deseé desaparecer o morir.

Estos pensamientos fueron desvaneciéndose desde que Trey apareció. De pronto, me encontré esperando que fuesen las 7:00 de la mañana para poder verlo o hablar con él; eufórica, veía el reloj de la clase avanzar con lentitud antes de los recreos. Su sonrisa hacía que delirase en ilusiones y, aún cuando no quería aceptarlo, sabía que su presencia me estaba dando una esperanza peligrosa de que la vida a la que tan desapegada me encontraba, sí valía la pena. Y ni siquiera sé por qué estoy hablando de esto último en pasado, cuando ahora mismo estoy sintiendo todo lo que acabo de describir.

Gracias a Trey, puedo decir que entiendo lo que el diccionario decía en sus hojas. Es cierto que las horas pasan rápido y cortas ante los ojos del ser humano, pero es mucho más acertado el dicho “El tiempo pasa volando cuando te diviertes”. Hoy, por ejemplo, me sorprendo al ver que ya es de noche y que tengo que entrar a casa. Todo pasó en cuestión de casi segundos y eso fue gracias a lo divertido y lindo que fue la ocasión. La forma en que logra hacerme reír con tanta facilidad hace que lo quiera más y que olvide a esos demonios que, por lo general, me atormentan cuando estoy sola.

A lo mejor sueno muy empalagosa o enamorada ­—sé que es así—, pero siento que me he estado conteniendo en cuando a mis sentimientos por Trey, con el temor de no ser aceptada o engañada por él. Su afecto hacia mí comenzó como el de mi maestra, infundamentado y extraño, por lo que mi primer instinto fue rechazarlo, sin embargo, con el tiempo pasó lo mismo que aquella vez. Empecé a devolver su cariño con pequeños gestos y, finalmente, me permito afirmar que lo quiero. No lo amo, ya que decir eso sería muy apresurado, aunque mi corazón me dice que estoy en proceso de…

—Me voy a bajar —concluye cuando aparca su carro frente a mi casa, las luces encendidas indicándome que papá ya llegó—, no dejaré que estés ahí sola.
Ruedo mis ojos, frotando mis brazos contra el frío que corroe mi piel al pensar en entrar y volver a la realidad.

—No puedes, Trey. Te dije que una condición era que no se conocieran frente a frente.

Su mandíbula se aprieta con terquedad, observando asesinamente mi hogar como si pudiese quemarlo con la mirada. No me extrañaría que quisiera hacer eso.

—¿Y si te golpea?

Suspiro mientras trato de relajarme en el asiento de pasajero. Amaría decirle que no se preocupe, que estaré bien y pronto se dormirá, pero papá es tan imprevisible cuando está borracho que no puedo tener una idea clara de lo que hará esta noche.

Sin embargo, omito eso y digo una pequeña mentira blanca.

—No lo hará. Se está sintiendo bastante culpable por esto —digo, señalando mi rostro y mi cuerpo magullado—, por lo que con costos me ve.

Sus ojos se entrecierran hacia mí, el iris verde resplandeciendo con la luz de la luna. Dios, odio que haga eso, siento como si me traspasara con rayos X o algo así.

—Mientes.

Sí.

—No, no lo hago.

Bufa, dejando caer su cabeza contra el volante. El pito suena y nos sobresalta a ambos, aligerando el ambiente. Me rio por lo sucedido y él también, aunque la sonrisa no llega a sus ojos. Sé que está angustiado porque conoce lo que he pasado durante toda mi vida y podría atribuir su extrañeza a lo largo del día con eso, pero… Algo le pasó. No sé qué o cómo, sin embargo, vio alguna cosa que no le gustó, porque desde que salimos del estacionamiento en la tienda de celulares, su mirada se apagó un poco. Fue como si una tormenta nublara un gran bosque encantado y estuviese ocupándose de colocar truenos y rayos dentro. Intentó disimular, de hecho lo logró durante unos minutos, mas fue en vano. Es notorio el cambio que sus facciones sufrieron desde la tarde.

Nerviosa, muerdo mi labio, observándolo con temor.

—¿Estás bien? —pregunto, mi corazón latiendo desbocado. Siento como si estuviese invadiendo su privacidad, debido a que son asuntos que aún no me ha querido contar, pero también tengo la necesidad de hacerlo, porque hay algo que me dice que sería una mala novia si no lo hiciera.

Su mirada perpleja ante mi cuestionamiento me da ternura. Pareciera que esperase que solo quiero que se preocupe por mí y ya. Obviamente eso no es así, deseo conocer todo aquello que lo atormente, porque creo que para eso son las parejas, para apoyarse en momentos difíciles y angustiosos, por más tontos o estúpidos que parezcan, no solo para besuquearse o restregar a otros que tienen novio. En mi opinión, el concepto de una relación es ese.

—¿Por qué lo preguntas?

Mis labios se curvan levemente y sé que un rosa se está apoderando de mis pómulos.

—Porque tus ojos no sonríen.

Un silencio se apodera del auto en los próximos segundos en los que Trey se dedica a ver hacia la nada, perdido en sus propios pensamientos. Pasa una mano por su cabello, un gesto que normalmente hace cuando está nervioso y forma una mueca con su nariz. Cierra los ojos por lo que parecen horas y, finalmente cuando los abre, puedo ver que también hay una batalla sucediendo en su interior. Una de esas que te dan insomnio y te hacen ver el amanecer sin querer mirarlo. Conozco bien ese tipo de guerras; son las peores. Esas que los adultos piensan que los jóvenes no conocen, cuando realmente en la actualidad, es más frecuente en nosotros de lo que piensan.

—No puedo creer que estés llegando a conocerme tan bien.

Sonrío y tomo valor para agarrar su mano y sostenerla.

—Debería decir lo mismo.

Una sonrisa sardónica me indica que no le hace gracia mi chiste, pero a la vez sí. Entrelaza sus dedos con los míos y los atrae hacia sí para besarlos, evadiendo mi mirada para contarme lo que sucede.

—Me parece que vi a mi papá hoy —confiesa en un tono de voz tan bajo que me parece que lo oí mal. ¿Dijo “papá” no es así? ¿Me estoy equivocando? No, escuché bien. Sé que lo hice.

—¿A tu papá? —parpadeo con rapidez sin poder evitarlo, curiosa—, ¿el mismo que se fue cuando tenías 5?

Traga, pareciendo cansado.

—Bueno, a menos de que tenga un gemelo, sí, era el mismo.

Pues claro, qué pregunta más estúpida hice.

—¿Cómo estás tan seguro?

Comienza a hacer cosas extrañas con mis dedos, tratando de distraerse a sí mismo con la excusa de no tocar el tema, pero si cree que daré mi brazo a torcer está muy equivocado.

—Cuando estábamos en el estacionamiento, vi una mancha en una ventana de un local. Al principio, pensé que era algún tipo de bicho, por lo que volví a ver bien y fue ahí cuando su cabello negro me llamó la atención —finalmente me observa fijamente, la sinceridad brillando en sus ojos—. Era tan parecido al de mi padre. Su contextura, todo… Aunque estábamos lejos y puede que haya visto mal, Liz.

Inhalo un poco de aire y lo suelto lentamente, acercándome más a él.

—Y si crees que viste mal, ¿por qué te pones tan abatido?

Se encoge de hombros, desviando su punto de interés a la calle. Creo que lo hace para que no pueda ver la vulnerabilidad que está mostrando, esa pequeña puerta que se está abriendo lentamente para que yo pueda entrar e indagar sobre todo lo que me permita ver.

—¿Nunca te ha pasado Liz, que recuerdas a tu madre de un pronto a otro, sin razón aparente?

Su pregunta me sorprende y mi corazón se aprieta ante la mención de ella, pero lo dejo pasar y asiento, aún si no me está mirando.

—Sí, claro que sí.

Cruza sus piernas con incomodidad, concentrado en las estrellas que adornan el cielo hoy. Es un perfecto día para ir al jardín y dormir ahí, ahora que lo pienso.

—Y cuando lo haces, ¿no te pasa que comienzan a aparecer ante ti imágenes de momentos pasados juntas? ¿Risas y llantos compartidos, que aunque son borrosos, siguen en tu cabeza? ¿Qué a pesar de que a lo mejor no quieres rememorarlo, tu subconsiente te obliga a hacerlo?

Lágrimas pican con sus palabras. Sé a lo que se refiere, lo comprendo bien.

—Me pasa, es verdad.

—Entonces —susurra, su voz quebrada por la emoción cuando me vuelve a ver, sus ojos llenos de anhelo y dolor—, entiendes perfectamente por qué estoy pasándola mal en este momento, Ángel.

La gente siempre describe los corazones rotos como algo que llega a lastimar hasta físicamente. Afirman que hay un dolor en tu pecho tan grande que es como si te estuvieran golpeando allí una y otra vez; es insoportable y lo único que quieres hacer es sanarlo, pero siempre lo relacionan con rupturas de relaciones o traiciones y engaños de parejas. Cuando pensamos en ello, lo primero que viene a nuestras mentes es una mujer o un hombre llorando, con la foto de su amado en sus brazos, porque se nos ha inculcado que así es, sin embargo, pienso que todos se equivocan.
Un corazón roto es cuando algo te afecta de maneras tan grandes que sientes algo en ti quebrándose, una pequeña barrera o pared que nos encargamos de construir a lo largo de la vida se derrumba y nos hace quedar indefensos, como gatos recién nacidos sin su madre para ser defendidos. Inseguridad, eso provoca y sentimientos fuertes y agonizantes que sabes que no se lo desearías ni a tu peor enemigo.

Es eso lo que creo que sucede cuando Trey piensa en su padre en este mismo instante, es lo que veo en él cuando termina de hablar. Las murallas edificadas con tanto esmero a lo largo de su vida pueden ser fácilmente destruidas con el recuerdo de su padre, esa persona que se fue y los dejó solos. Entiendo lo que es perder un ser querido, no lo niego, mas nunca podré comprender qué significa para alguien saber que aquel que te dio la vida, decidió dejarte.

Mi mamá se fue porque no le quedó de otra, sin embargo, el papá de Trey tenía todas las posibilidades de quedarse y criar a un gran hombre y quiso retirarse, como si fuese algo tan sencillo de hacer.

Al ver esto, sé que debo vencer mi timidez y es por ello que, con bastante pena, me salto las marchas en un acto de intrepidez y lo abrazo, acurrucándome en su regazo y acariciando su cabello sedoso. Se apoya con debilidad contra mí y me aprieta tan duro que temo que crea que me iré. Podría quedarme aquí para siempre si con eso lo hago feliz.

—Trey… —digo, mientras me escondo en su cuello.

—¿Sí, Ángel?

Trago un poco, decidiendo que debo hacerlo sentir mejor.

—Hace unos días leí una historia muy curiosa, ¿sabes? —comienzo a trazar un corazón en su pecho, sin tener idea de por qué hago esto—. Se trataba de un maestro de escuela, que le estaba dando clases a sus alumnos. De un pronto a otro, sacó un billete de 20 dólares y les preguntó con mucha seguridad, que quién deseaba el dinero. Obviamente todos levantaron la mano.

Trey sonrío levemente, respirando con más lentitud.

—Obviamente.

Asiento, siguiendo con la historia.

—Al ver que todos hicieron lo mismo, tiró el billete al suelo y volvió a preguntar si seguían queriéndolo y los niños, tenaces, volvieron a decir que sí. El señor estaba encantado, por lo que, como acto final, pisoteó el dinero y lo pasó por toda el aula. Luego lo recogió y, aunque estaba sucio y medio desgarrado, cuestionó si seguían con ganas de tenerlo y, ¿cómo no? Los chicos volvieron a decir que sí.

Lo siento relajarse cada vez más contra mí, acariciando mi hombro.

—¿Y todos vivieron felices para siempre?

Ruedo mis ojos, desesperada.

—No he terminado —le digo enfadada, sabiendo que le gustará la historia—. Resulta que el señor estaba muy complacido con la respuesta de los niños y les confesó que habían aprendido una gran lección ese día, porque, como el billete, ellos debían saber que por más pisoteados o humillados que fuesen en la vida, las personas que realmente los quisieran, seguirían sabiendo lo valiosos que son. Creo, Trey, que esto aplica para ti. Sé que sientes que tu papá es aquel que te pasó por encima y te arrastró por todo un piso con desprecio, para luego alejarse, pero eso no significa que seas menos valioso. Son cosas que pasan, sin embargo, estoy segura de que en un futuro te servirá de mucho.

Inmediatamente al terminar, los brazos fuertes de Trey me voltean sobre mí misma y me besa con tanta fiereza que casi me deja sin aliento. Sus labios llevan un compás diferente a otras ocasiones: hay desesperación, pero también un cariño tan gigantesco que me hincha el corazón. Es como si tratase de agradecerme a través de él lo que acabo de decirle, como si hubiese ayudado a sanar una parte de su corazón.

Realmente espero que así fuese, porque era lo que intentaba hacer.

Arrastrando mis brazos alrededor de su cuello, le devuelvo el beso con lo mismo que él quiera darme. No sé si lo consolaré, si lo haré sentir mejor, mas me parece que la sola idea que le acabo de dar lo ha calmado de sobremanera. Su corazón late contra el mío y van casi al mismo ritmo. Me gusta eso. Me tranquiliza también.

Cuando nos separamos, sus ojos brillan con ternura y agradecimiento. Con el reverso de su mano acaricia mi rostro con adoración y besa mi frente, haciéndome estremecer.

—No sé lo que haya hecho para merecerte, pero Dios sabe que no dejaré que te vayas.

Frunzo mi ceño, confundida.

—No tengo planes de irme.

Rueda sus ojos, divertido y juguetón de nuevo.

—No me mientas, sé que ya conociste bien a mamá. No entiendo cómo no te has ido por esa puerta.

Me rio, meneando mi cabeza ante su ignorancia. Si tan solo supiese lo que he hablado con ella.

—No me iré por ningún lado. Deja de hacer planes macabros con una supuesta huida mía.

Acaricia su nariz con la mía, sonriendo.

—El que va a tener que huir soy yo, porque ya son las 10:00 de la noche.

Tomo aire, sorprendida y en shock. ¿Qué rayos?

—¿¡Son las 10 de la noche!? —ni siquiera he terminado de hablar cuando estoy volviendo a mi asiento, lista para irme—. Oh por Dios, debo irme. Papá me matar…

Al ver mi decisión de palabras, me callo. No es bueno decir eso, en serio.

—Um, papá va a estar fúrico —salgo del carro con rapidez, volando al otro lado del conductor para despedirme—. Lo siento por irme así, pero debiste haberme dicho la hora antes.

Ahora él frunce su ceño, no muy contento con la situación.

—Bueno, estabas consolándome y tenía una chica hermosa encima de mi regazo, ¿en serio esperabas que te lo dijera?

Sonrío por lo dulce que fue eso y lo beso una última vez, antes de salir corriendo hacia el porche.

—¡Te escribiré en cuanto vaya a dormir! —le grito, casi sin aliento por la velocidad que llevo. Puedo observar la manera en que sus ojos me siguen con desconfianza y un deseo de protección inimaginable.

—Más vale que lo hagas, Ángel. ¡Buenas noches!

Rio como una adolescente tonta enamorada y cojo las llaves con agilidad, tratando de balancear la caja para poder entrar. Cuando logro hacerlo, entro con una sonrisa en la cara y termino borrándola al ver a papá en la sala, con 4 nuevas botellas de cerveza tiradas en el piso y su barriga flotando en el sillón. Gracias a Dios está roncando como loco, por lo que no tendré que enfrentarme a él, pero no puedo evitar el instinto de recoger lo que dejó y limpiar un poco, porque todo está hecho una pocilga.

Hay unos cuantos vasos derramados por la cocina y un plato recién usado. El desastre que logró formar en el refrigerador me dice que hizo las compras, sin embargo, se encargó de traer lo esencial: leche, huevos y cerveza. Ah, naranjas, hay naranjas, aunque no sé por qué rayos las trajo —odia las frutas.

Me encargo de dejar todo reluciente para que cuando despierte no esté enojado y paso silenciosamente a su lado, esperando a no arrebatarlo de los brazos de Morfeo. De puntillas, subo las escaleras de dos en dos, pues sé que si no lo hago así sonarán demasiado.

Al pasar por el pasillo que lleva a mi habitación observo que no durmió aquí hoy, pues la cama está totalmente hecha a cómo la había dejado el viernes. Prefiero que sea así, porque seguramente piensa que estuve en casa todo el día, lo que solo me beneficia.

Finalmente y después de días exhaustos y llenos de una montaña rusa de emociones, me tiro en mi cama, con la puerta cerrada y un nuevo celular en mis manos. Respiro y aunque me duele, me doy cuenta de que soy medianamente feliz. Ni siquiera voy a ponerme pijama, estoy muy cansada como para hacerlo.

Agarro el teléfono nuevo que totalmente amo y le envío un mensaje a Trey que va más o menos como: ¡Ya estoy en mi cama(:! ¡ ¡Y aprendí que esto tiene caritas! Te dije que era genial.

Lo que a mí me costó escribir en 4 minutos, él lo responde en 10 segundos.

“Me alegra que sea así, Ángel. Sigo pensando que es horrible. Ahora ve a dormir ya, ha sido un largo día. Buenas noches, preciosa.”

Sonrío ante su último cumplido, pero hay algo que me oprime el corazón. Hasta ahora he estado muy feliz, pero haber visto a Trey tan mal y a papá tirado me hace sentir cansada. No porque él haya estado angustiado, sino más que todo por mi padre, que aún habiendo tenido todas las posibilidades para recuperarse después de la muerte de mamá, me dejó toda la carga a mí. Es aquí cuando veo que hoy no quiero llorar, hoy quiero… Escribir. Finalmente, después de años de no hacerlo porque mi maestra se fue, quiero hacerlo de nuevo.

Corro hacia mi bulto y tomo un cuaderno, un lapicero y toda mi rabia y la descargo con palabras y tinta en un papel y mientras escribo y me desahogo, me doy cuenta de que mancho las páginas con mis lágrimas —sí y eso que dije que no lloraría—, pero no me importa. Hoy, estoy decidida a cambiar. Hoy, comenzaré a ver el mundo de una manera diferente.

A partir de hoy, una nueva Elizabeth luchará y ni mi padre ni nadie me detendrá.

Texto escrito por Elizabeth:

Querido tú

Quisiera verte llorar. No, querer es poco: deseo que lo hagas. Me fascinaría tener la oportunidad de observar una sola lágrima rodando por tu rostro, de que me mostrases que te duele a ti también.

¿Sabes qué? Yo entiendo. Lo entiendo bien. Sé qué es guardar dolor tras otro en tu cuerpo, sin dejarlo salir. Estoy consciente de la sensación de estar atrapada en un alma que no puede desatarse frente a alguien. He sentido en mis huesos el fuego que invade al corazón cuando se quiebra en pedazos, partiéndose uno a uno. Lo he vivido. Me lo he inculcado.

Te confieso que he pasado noche tras noche repitiéndome a mí misma “no llores por esto. Es inútil hacerlo. ¿Cuántas personas con razones MUCHO MÁS fuertes están en pie, sin derramar una gota? Y tú estás aquí, llorando tras una charla desastrosa”. No mentiría si  te dijese que me he forzado millones de veces a NO soltar ni una lágrima. Sinceramente, odio hacerlo frente a alguien: me hace sentir vulnerable, débil… Idiota. Y es por ello que cada vez corro a un baño, me escondo en mis regazos y grito a un desconocido, al que llamo oscuridad. Pero… Rompí mis reglas por ti.

¿¡Dime si no te grité!? ¿Acaso es falso que lloré, al punto de no tener voz? ¡No puedes alegar que no te mostré todo lo que sentía, cuando terminaste de hablar! Te quedaste sin argumentos en mi contra, como un abogado que pierde un caso. Y sin embargo, sabiendo todo esto, me dejaste allí: sola, desnuda interiormente, porque tus sentimientos se desvanecieron ya hace un tiempo inminente.

No quiero que pienses que creo que llorar muestra todas tus emociones, no. Tampoco digas que amaría que derramases lágrimas días y noches, jamás. Lo único que me hubiese complacido hubiese sido que arrancaras esa máscara por unos segundos, esa faceta de frialdad que siempre estuvo ahí para marcharte con un poco de dignidad. Para hacerme ver, que en algún segundo, te importé.

Es por ello que desearía que hubieses llorado. Por esto te digo que me encantaría haberte visto derrumbado. ¡Y es verdad, sueno malditamente egoísta! ¡Estoy escuchándome como una loca sadomasoquista! Pero, ¿qué quieres que haga, si me llevaste a este punto? ¿Qué planeas que grite, si me dejaste sin voz? ¿Cómo deseas que no corra, si tú me enseñaste a hacerlo? ¿Y en qué forma me pides que me quite la máscara, cuando el que me ayudó a colocármela, fuiste tú en primera instancia? No tienes derecho a volver. Ya no hay manera en que te deje venir. Sinceramente, para de buscar, porque ya no existe la chica que alguna vez dejaste sola sin pensar. Hoy está otra, la que tú no construiste. Acá se encuentra la nueva, que sonríe sin parar. Estás viendo a una joven, que no teme mostrar lo que siente.

Observas a la muchacha, que finalmente es real.

No llores, no llores, ¡mierda, no llores!
Sé que soy una malvada escritora que no actualizó por más de 2 meses.
Sé que me odian por eso.
Sé que tal vez perdí seguidores por mi falta de actualización...
Pero, señoras y señores, no por ello dejaré esta historia. En serio espero que los que realmente amen esta historia la sigan, a pesar de mis retrasos. Lo lectores siempre serán los que me dan vida<3

Les mando besos y apapachos<3
Mel(:

2 comentarios :

  1. sdgsdadklgdkjfhsdjkbhafsdbl;shjgwohbfhjdsgjklwrh *.* Así me he quedado cuando he visto que habías publicado cap. Yo tan tranquila, mirando las entradas de blogger de los blogs que sigo cuando veo capítulo 18, me he preguntado ¿de quién es? y cuando he visto que era de eso ha sido...¡ASGFSBGSHSGBSG! Y aquí te estoy comentando lo asfadfg que me ha parecido el cap porque ha sido muy adasgad, enserio. Y, por lo menos yo, esperaré cuanto haga falta solo para leer más de estos dos tortolitos que tanto me gustan!!^^

    #PonUnTreyEnTuVida, #TodasQueremosATrey... valeee.. mejor me voy porque voy a empezar con la tontería y no es plan...Espero el siguiente (cuando sea)

    Besoos!!^^

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  2. AHOJFBNRP3KVJ'Ò3JÑLFMDPW3O`RGJOL
    ¡POR FIIIIIIN!
    Dios, me ha encantado. ¡Me ha encantado! ¡Me ha encantado!
    De verdad, escribes maravillosamente bien. Todos los recuerdos los entrelazas a la perfección. Y son preciosos y te explican muchas cosas y ¡lo del diccionario me ha encantado!
    Y el relato ya lo había leído y es perfecto, ¡está perfecto ahí!
    Me encanta esta historia.

    Esperaré ansiosa.

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Y recuerda, sonríe siempre :3!